¿Has orado hoy por el Papa Francisco?
"Recen por mí". No lo olvides. Ave María...

La etapa final de la vida y la vida eterna

Cuando visito en sus casas a personas mayores que están enfermas, una vez que les he confesado y dada la Sagrada Comunión y la Unción de los Enfermos, me suelo detener un rato con ellos para prepararlos para la etapa final de sus vidas. Sin apenas darse ellos cuenta, les voy introduciendo en un tema que si no se hiciera de ese modo produciría angustia y probablemente desesperación. Hecho de este modo y siguiendo un criterio regulado por la prudencia, comienzo a hablarles del cielo, del gozo de estar allí junto a Dios, la Virgen y los santos…, para de modo imperceptible decirles que si su alma es pura, en poco tiempo también ellos estarán gozando de esa dicha para toda la eternidad. A lo largo de toda mi experiencia sacerdotal no me he encontrado a nadie que se haya turbado ni desasosegado ante estas palabras; todo lo contrario, acabada la conversación, sus almas se han encontrado en paz y con deseos de ofrecerse a Dios en un último acto de amor y de entrega cuando Dios así lo estime oportuno.

La fe que tenemos los cristianos en la resurrección de los muertos y en la vida en un mundo futuro lleno de gloria y paz, es lo que nos aporta gran consuelo en esta vida ante los miles de sufrimientos que todos y cada uno hemos de padecer antes de encontrarnos cara a cara con Dios nuestro Creador.

Por todo ello, una de las cosas que más me entristecen como sacerdote, es ver el rechazo de los familiares de la persona enferma a la que deseo visitar. Con mucha frecuencia les he tenido que presentar serios argumentos para que hagan ese acto de caridad con sus padres. La respuesta de la gran mayoría es la manifestación de la falta de fe en la que se vive: “Si viene usted a mi casa, mi madre se va a asustar, pues se va a pensar que se va a morir”. Yo les digo que sólo en dos casos he sido rechazado directamente por el enfermo, casos en los que probablemente la persona estaba endemoniada, pues cuando supieron que estaba en el hogar comenzaron a gritar y a pronunciar blasfemias. En el resto de los casos, después de pasar por la primera barrera que me ponen los familiares, y que en ciertas ocasiones me impide acceder a los enfermos, cuando he dejado la casa, tanto los familiares como los enfermos quedaron profundamente consolados, fortalecidos y preparados para la prueba final.

La resurrección de los cuerpos
 
Con el nombre de resurrección de los muertos, o también llamada de los cuerpos o de la carne, se designa uno de los acontecimientos finales y culminantes de la historia: al final de los tiempos, cuando Dios intervendrá con todo su poder y Cristo vendrá en gloria y majestad para juzgar a todos los hombres, los cuerpos resucitarán, es decir, los hombres recuperarán su corporeidad y las almas se unirán de nuevo a sus cuerpos, y en este estado permanecerán por toda la eternidad. Esta verdad revelada es uno de los artículos básicos de la fe, y objeto de la esperanza cristiana, ya que es entonces, en la resurrección de los cuerpos o liberación de la sujeción a la muerte, cuando será llevado a su último cumplimiento la obra de redención de Cristo.

San Pablo lo dice con palabras claras: “si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe” (1 Cor 15: 13.14). Entonces no estaríamos redimidos, pues redención significa precisamente unión, comunión con el espíritu y vida de Cristo que habiendo padecido y habiendo sido glorificado, ha vencido al pecado y a la muerte.

1.- Doctrina de la Iglesia

El tema de la resurrección de los muertos ha sido objeto de predicación constante por la Iglesia. Doctrina que resumimos así:

Francisco: "La misericordia no puede permanecer indiferente frente al sufrimiento "

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
 
En la Sagrada Escritura, la misericordia de Dios está presente a lo largo de toda la historia del pueblo de Israel.

Con su misericordia, el Señor acompaña el camino de los patriarcas, les dona hijos a pesar de la condición de esterilidad, les conduce por caminos de gracia y de reconciliación, como muestra la historia de de José y sus hermanos (cfr Gen 37-50). Y pienso en tantos hermanos que están alejados en una familia y no se hablan.

Pero este Año de la Misericordia es una buena ocasión para reencontrarse, abrazarse y perdonarse, ¡eh! Olvidar las cosas feas. Pero, como sabemos, en Egipto la vida para el pueblo se hizo dura. Y es precisamente cuando los israelitas van a sucumbir, que el Señor interviene y da la salvación.

Se lee en el Libro del Éxodo: “Pasó mucho tiempo y, mientras tanto, murió el rey de Egipto. Los israelitas, que gemían en la esclavitud, hicieron oír su clamor, y ese clamor llegó hasta Dios, desde el fondo de su esclavitud. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta (2,23-25).

La misericordia no puede permanecer indiferente frente al sufrimiento de los oprimidos, al grito de quien está sometido a la violencia, reducido a la esclavitud, condenado a muerte. Es una dolorosa realidad que aflige a todas las épocas, incluida la nuestra, y que hace sentir a menudo impotentes, tentados a endurecer el corazón y pensar en otra cosa. Dios sin embargo, no es indiferente (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2016, 1), no quita nunca la mirada del dolor humano.

El Dios de misericordia responde y cuida de los pobres, de los que gritan su desesperación. Dios escucha e interviene para salvar, suscitando hombres capaces de sentir el gemido del sufrimiento y de trabajar a favor de los oprimidos.

Es así como comienza la historia de Moisés como mediador de liberación para el pueblo. Él se enfrenta al Faraón para convencerlo de que deje salir a Israel; y después guiará al pueblo a través del Mar Rojo y el desierto, hacia la libertad. Moisés, que la misericordia divina lo ha salvado de la muerte apenas nacido en las aguas del Nilo, se hace mediador de esa misma misericordia, permitiendo al pueblo nacer a la libertad salvado de las aguas del Mar Rojo.

Y también nosotros en este Año de la Misericordia podemos hacer este trabajo de ser mediadores de misericordia con las obras de misericordia para acercarnos, para dar alivio, para hacer unidad. Tantas cosas buenas se pueden hacer.

La misericordia de Dios actúa siempre para salvar. Es todo lo contrario de las obras de aquellos que actúan siempre para matar: por ejemplo aquellos que hacen las guerras. El Señor, mediante su siervo Moisés, guía a Israel en el desierto como si fuera un hijo, lo educa en la fe y realiza la alianza con él, creando una relación de amor fuerte, como el del padre con el hijo y el del esposo con la esposa.

A tanto llega la misericordia divina. Dios propone una relación de amor particular, exclusiva, privilegiada. Cuando da instrucciones a Moisés a cerca de la alianza, dice: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6).

Cierto, Dios posee ya toda la tierra porque lo ha creado; pero el pueblo se convierte para Él en una posesión diversa, especial: es su personal “reserva de oro y plata” como aquella que el rey David afirmaba haber donado para la construcción del Templo.

Por lo tanto, en esto nos convertimos para Dios acogiendo su alianza y dejándonos salvar por Él. La misericordia del Señor hace al hombre precioso, como una riqueza personal que le pertenece, que Él custodia y en la cual se complace.

Son estas las maravillas de la misericordia divina, que llega a pleno cumplimiento en el Señor Jesús, en esa “nueva y eterna alianza” consumada con su sangre, que con el perdón destruye nuestro pecado y nos hace definitivamente hijos de Dios (Cfr. 1 Jn 3,1), joyas preciosas en las manos del Padre bueno y misericordioso.

Y si nosotros somos hijos de Dios, tenemos la posibilidad de tener esta herencia – aquella de la bondad y de la misericordia – en relación con los demás. Pidamos al Señor que en este Año de la Misericordia también nosotros hagamos cosas de misericordia; abramos nuestro corazón para llegar a todos con las obras de misericordia, la herencia misericordiosa que Dios Padre ha tenido con nosotros. Gracias.



Audiencia general del 27/01/2016
(Texto traducido desde el audio por ZENIT )

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2016: "Misericordia quiero no sacrificios"

1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada
En la Bula de convocación del Jubileo invité a que »la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» . Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa »24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.
María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.
2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia
El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares como en el caso de Oseas las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.
Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la »Misericordia encarnada» . En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: »Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.
Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es »la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado», el primer anuncio que »siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» . La Misericordia entonces »expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» , restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.
3. Las obras de misericordia
La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que »el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» . En el pobre, en efecto, la carne de Cristo »se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado». Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias; más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.
Ante este amor fuerte como la muerte, el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa, y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco »seréis como Dios» que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.
La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los »soberbios», los »poderosos» y los »ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre ?engañándose? cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: »Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen». Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.
No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez, reconociéndose como la humilde esclava del Señor.

Un anciano chino ha atendido a su esposa en la cama durante los 56 años que llevan casados


El diario británico Daily Mail introduce la historia de Du y Zhu, que recoge del diario chino People´s Daily Online, afirmando que "en ocasiones, la gente más normal es capaz de demostrar el amor más grande".

Es el caso de su protagonista, Du Yuanfa, un granjero de la pequeña aldea de Sunjiayu, en la provincia de Shandong, al este de China. Tiene 84 años y lleva 56 cuidando de su esposa Zhou Yu´ai, de 76, en una emocionante peripecia vital que deja así de ser conocida sólo para sus vecinos.

Prácticamente toda su vida matrimonial

Du y Zhou contrajeron matrimonio en 1959, él con 28, ella con 20. Pero sólo llevaban cinco meses casados cuando la joven se quedó repentinamente paralizada a consecuencia de una enfermedad de muy mal pronóstico.

Du trabajaba en las minas de carbón de la cercana localidad de Tai´an cuando un día recibió carta de su familia: "Tu mujer está enferma y obligada a estar en cama". Regresó y comprobó, efectivamente, la parálisis total de Zhou, que le impedía realizar cualquier tarea personal o doméstica. Tenía el cuerpo agarrotado, las cosas se le caían de las manos y había que alimentarla en la boca.
Fotos: Du Yubao.

A partir de entonces Du comenzó un duro recorrido de un hospital a otro, llevando a Zhou en silla de ruedas, por ver si había solución para su problema, pero fue en vano. Les dijeron que estaría de por vida obligada a estar en cama, y además no podría quedarse embarazada.

Una determinación inquebrantable


Fue entonces cuando algunos amigos sugirieron al hombre que se divorciase de ella para empezar una nueva vida, pero Du se negó y le dijo a su mujer: "No te preocupes, te cuidaré siempre".

Lo primero que hizo fue dejar su trabajo como minero para instalarse por su cuenta,trabajar en el campo y poder atenderla cada día a tiempo pleno en el lecho al que la joven quedó atada.
Fotos: Du Yubao.

Desde entonces y hasta hoy han vivido en una casa de piedra de mobiliario muy simple y donde Du hace todas las tareas del hogar, desde la cocina a la cama donde, bien envuelta por el frío, yace Zhou.

La felicidad de la entrega


Y Du no se da por vencido en cuanto a encontrar una cura para su mujer, o al menos un alivio a sus padecimientos. Si se entera de alguna nueva receta basada en hierbas, sale a la montaña, recoge los ingredientes, la prepara... y la prueba él antes, por si acaso es venenosa.

La generosidad de los vecinos de la zona, conocedores de su dedicación, les ha ayudado todos estos años, pues les facilitan comida y medicinas.

Pero Du reserva para sí la labor más amorosa: lavar, alimentar y masajear la carne de Zhou para que se mantenga viva. Es la historia de un matrimonio que se aproxima ya a los sesenta años y les hace a ambos tremendamente felices.

Resurrección, nueva creación



La resurrección de Jesucristo, centro del cristianismo, es el factor último que inicia la nueva creación que esperamos. Con Él todo empieza, todo es nuevo, todo es renovado.
La creación del cielo y de la tierra, de todo cuanto existe, de los seres vivientes, es leída, interpretada y recreada por la Pascua del Señor. Pensemos, por ejemplo, en la primera lectura de la Vigilia pascual: el relato de la creación inaugura la larga liturgia de la Palabra que culmina en el evangelio de la Resurrección y es interpretada por la bellísima oración de san León Magno, "oh Dios, que de manera admirable creaste al hombre y de manera más admirable aún lo redimiste...". Pensemos, también, como en las Laudes dominicales entonamos el canto de las criaturas de Daniel, alabando la creación al Señor por su santa resurrección.
 
Todo lo que ha sido creado, ha sido redimido. Entonces, por la Pascua del Señor, han comenzado ya los cielos nuevos y la tierra nueva porque algo creado, la materia, el cuerpo de nuestro Señor ha entrado ya en la nueva creación y atrae a todo hacia Él.

Pensemos teológicamente, y así reforzamos nuestro contenido doctrinal, en la resurrección de Cristo, en su corporalidad glorificada y en el cielo nuevo y tierra nueva, la nueva creación. Es un largo texto de Von Balthasar que pide varias lecturas para asimilarlo.
 
[El Resucitado] "no vino como proyección de la fe viva de sus discípulos, porque vino cuando ninguno de ellos creía lo más mínimo en esta posibilidad, e incluso él emprendió una dura controversia contra su casi tan dura incredulidad.
 
Este Uno vino y trajo así para todos la esperanza, sí, la certeza de la vida eterna, salida con él del reino de los muertos. Y trae precisamente lo que necesitamos, aunque no acertemos a ver ningún camino para poder conseguirla: la vida más allá de la muerte, que no es simplemente la continuación de la vida antigua -¡esto no, por favor, esto en ningún caso!, proque de ella hemos tenido bastante aquí abajo-; seguir viviendo, pero tampoco como algo completamente nuevo, diferente, por ejemplo, en un planeta distinto un nuevo comienzo de vida cósmica: esto no sería una solución, porque ya no seríamos nosotros mismos. En resumen, incomprensiblemente, las dos cosas a la vez: paso a la eternidad de Dios y, a la vez, plenitud transfigurada de todo aquello que quedó, sin esperanza, inacabado, incompleto en la tierra.
 
Esta vida terrenal, maravillosa, única, purificada de todas las impurezas y miserias, elevada a la eterna. Posibilidad inconcebible, que entre todas las religiones sólo la ofrece el cristianismo, tan hermosa, que muchos se atascan aquí y, como los discípulos de Jesús, "no acaban de creer por la alegría", porque aparentemente es demasiado hermosa para ser verdadera.
 
Que es verdadera, nos lo testimonian los mensajeros de la resurrección. Dejemos que sea verdadera: es nuestra única posibilidad. Únicamente aquí está la salida de la cárcel cósmica del tiempo, el espacio y la muerte. Únicamente aquí está la posibilidad de darle anticipadamente un sentido y un resplandor de vida eterna a la vida cotidiana... 
 
Nuestras obras, el mundo transformado por nosotros, nos acompañarán sin duda en la eternidad (Ap 14,13). La nueva Tierra, que vendrá un día, será tanto la conseguida por el hombre como, al mismo tiempo, la elevada por Dios a definitiva" (VON BALTHASAR, H.U., Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997, pp. 86-87).