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El decálogo de la Unción de enfermos, un seguro de vida

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Acabamos de conocer el mensaje de Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, en el que reflexiona sobre los sacramentos de curación. En este bello y profundo documento, el Santo Padre, al referirse al Sacramento de la Unción, dice de él que se merece una mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral con los enfermos. 
Pues bien, al leer esto, me he sentido invitado a poner mi granito de arena, al menos en lo que se refiere a la animación pastoral de este sacramento en nuestra diócesis. Lo haré a modo de decálogo, para así ajustarme al espacio que yo mismo me he impuesto en las cartas que habitualmente os escribo. Pero, antes de ir sumando del uno al diez, quiero aportar un criterio común que recorra las ideas y sugerencias posteriores: promover pastoralmente el Sacramento de la Unción de enfermos es de gran valor en la nueva evangelización. En efecto, este sacramento renueva la fe del que lo recibe y, además convierte al enfermo en un testigo de la presencia compasiva y sanante de Dios en su vida, es decir, hace de él un auténtico evangelizador.
Pero vayamos ya al prometido decálogo:
1. El sacramento de la Unción de enfermos necesita la fe para ser acogido y valorado, al tiempo que también cultiva la fe del enfermo, la fortalece y es un foco luminoso que ilumina con la luz de Cristo a quienes le cuidan, en cualquiera de los entornos que todo enfermo suele y debe tener. El enfermo que pide y acepta este precioso sacramento, también escucha estas palabras de consuelo de Cristo: “tu fe te ha salvado”.
2. Los sacramentos de la Unción de Enfermos y el de la Penitencia o Reconciliación -los dos de curación- están estrechamente unidos, ambos curan en cuerpo y alma. Con los dos se produce la renovación del alma, y por la Unción, además, si es su voluntad, también el Señor concede la salud corporal. Por eso, difícilmente se puede valorar y desear el sacramento de la Unción, si no nos acercamos con asiduidad y gratitud al sacramento que nos restituye la gracia y nos une a Dios con profunda amistad. Es más, la Unción debería ir acompañada de una confesión general.
3. La Unción de enfermos es un sacramento de esperanza, en el que se alivian las penas, se percibe la mano salvadora del Señor y en el que se produce un encuentro espiritual con Cristo, especialmente en su pasión, su muerte y su resurrección. La misma materia sacramental, el óleo, convierte la unción en medicina de Dios, que fortalece y consuela al enfermo, lo sana y siempre remite a la curación definitiva en la vida eterna.
4. La Unción es un sacramento necesario en el proceso vital de los seres humanos, cuando llega el momento de la enfermedad, venga en la edad que venga. El hecho de que ya los primeros cristianos lo consideraran un sacramento específico, con el que encomendaban los enfermos al Señor sufriente y glorificado, como atestigua Santiago (5,14-16), hace que la Unción no sea un sacramento menor respecto a los otros. Por eso la Iglesia continúa con la misma sensibilidad y los mismos gestos de Jesús en su solicitud por los enfermos, sus verdaderos predilectos.

5. La Unción de enfermos es un sacramento de la Iglesia, es decir, pertenece a la solicitud pastoral permanente de la comunidad cristiana hacia los enfermos: de todos los que hacen la pastoral de la salud, incluidos los profesionales de la sanidad y los familiares. Todos son ministros de los enfermos y signo e instrumento de la compasión de Cristo con el hermano sufriente. Por eso, la celebración de la Unción de enfermos ha de ser eclesial y comunitaria, incluso cuando tiene lugar en familia o en la habitación de un hospital.
6. El Sacramento de la Unción no es un remedio extremo que hay que posponer lo más posible. No es la “extremaunción”. Es un don que nos da el Señor, Médico celeste, que nos socorre en la enfermedad. En efecto se ha de pedir este sacramento -puede ser recibido cuantas veces sea necesario- cuando las condiciones de edad y necesidad hacen al fiel particularmente necesitado de ayuda de la gracia divina; es decir, “cuando experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o a la vejez”.
7. Se trata de un sacramento que ha de ser siempre facilitado, porque con él se acerca el amor de Dios en la hora del dolor y la enfermedad. Nunca, por tanto, debería ser obstaculizado, especialmente por los familiares, los cuales, quizás por no estar en la honda de fe del enfermo, proyectan sobre este sacramento sus propios miedos y prejuicios, y a veces son un obstáculo para que los sacerdotes puedan administrarlo.
8. La propuesta del Sacramento de la Unción ha de hacerse siempre con criterios de fe, pues, como ya se ha dicho, requiere la fe para reconocer la bondad divina en medio de la enfermedad. Por eso, para hacer este sacramento más comprensible y menos temido, no se puede recurrir a propuestas que lo banalicen, como por ejemplo invitar a todos los que se quieran acercar sin hacer un discernimiento personalizado sobre la edad o la gravedad de la enfermedad de los que van a recibirlo. Tampoco ha de disimularse en sus palabras y en sus ritos o gestos.
9. Al ser la Unción un sacramento que se recibe en una situación en la que los seres humanos se hacen muchas reflexiones y preguntas, el enfermo tiene derecho a que se le ayude a encontrar las respuestas que le ofrece la fe, aunque por las circunstancias que fuere, a lo largo de su vida la hubieran puesto entre paréntesis. La cuestión de Dios no falta nunca, siempre vuelve, especialmente en esos momentos cruciales, del mismo modo que también está presente en la enfermedad, de un modo más o menos explícito, la cruz de Cristo y la esperanza en el Resucitado.
10. El Sacramento de la Unción nunca se recibe aislado del clima religioso que vive el enfermo. Por eso, además del ya aludido sacramento de la Reconciliación, no debe faltar el Viático, cuando haya llegado su momento, ya que éste es la sagrada comunión que recibe una persona cuando se dispone a terminar su vida terrena. Tampoco puede faltarle al enfermo el consuelo de sus devociones, de sus imágenes queridas y, sobre todo, de las oraciones, especialmente a la Santísima Virgen: el ángelus, el rosario y otras oraciones marianas son de gran consuelo en la enfermedad.
Seguramente consideras incompleta esta reflexión; pero estoy seguro de que con estas diez motivaciones podemos hablar bien de este “seguro de vida” que en realidad es la Unción de los Enfermos.
Con todo mi afecto.
+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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