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Vocación sacerdotal: fuente de alegría y esperanza

Homilía de Mons. José María Arancibia en la Misa Crismal celebrada en la Catedral de Loreto. Martes 3 de abril de 2012
"Nuestra identidad tiene su fuente última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la acción del Espíritu Santo, estamos unidos sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida" (Mensaje Sínodo: PDV 18,5).

Texto completo del Mensaje

1.
 El pueblo de Dios está llamado a vivir en la esperanza. Y nosotros, los pastores, a caminar con él. Si este pueblo de Mendoza hoy tiene pastores que lo guíen, para seguir andando con una fe confiada, es porque Dios cumple su palabra. A través del profeta Jeremías, ha prometido: "les daré pastores según mi corazón (Jer 3,15). Así lo reconocemos hoy como creyentes, y damos gracias, alegres y confiados (PDV 1,2). Jesucristo es el cumplimiento supremo y definitivo de aquella promesa. La Iglesia canta agradecida, en la liturgia de esta Misa Crismal: "Constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna... ".

Al preparar ahora la renovación de las promesas sacerdotales, conviene hacer memoria de nuestra vocación, que ha de ser fuente de alegría y de esperanza: "Nuestra identidad tiene su fuente última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la acción del Espíritu Santo, estamos unidos sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida" (Mensaje Sínodo: PDV 18,5).

2. Como padre, hermano y pastor, he intentado acompañarlos en cada Misa Crismal, a lo largo de estos años. Siempre deseoso de llegar a cada uno de ustedes, con una palabra de gratitud y de aliento. Es probable que no siempre lo haya logrado. Pero puedo asegurarles, que nunca ha faltado el respeto sincero y el afecto fraterno por todos.

El año pasado, pedí y recogí algunos testimonios, para meditar juntos en la alegría de ser sacerdotes. Tanto entonces como ahora, he rogado y sigo rogando a Dios, para que nos conceda el don de una vida llena de confianza y de felicidad. Aunque, soy plenamente conciente, de la prueba y el desafío que vivimos hoy, en esta común vocación sacerdotal.

Han seguido resonando en mi interior algunos pasajes bíblicos sobre la alegría del pastor. Esta vez, he preferido convertirlos en una súplica a partir del ejemplo y las expresiones del apóstol Pablo. Permítame, entonces, elevar esta oración a nuestro Dios, Trinidad Santa. Está redactada en primera persona, para que mejor salga del corazón. Pero quiero rezarla, en nombre y en favor, de todo nuestro presbiterio de Mendoza. Nos unimos en la doxología final. 
3. OREMOS A DIOS: PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO, 
que nos conceda ser pastores alegres, siguiendo las huellas de san Pablo:

Al repasar las cartas de san Pablo,
te doy gracias, DIOS PADRE nuestro,
con ayuda de sus mismas palabras inspiradas;
porque: 


me has llamado a ser servidor de Jesucristo y apóstol,
para anunciar la Buena Noticia de Dios; (Rom 1,1)
a ser ministro de una nueva Alianza,
que no reside en la letra sino en el Espíritu; (2 Cor 3,6)
ministro del Evangelio, por tu gracia y poder, aunque me siento el menor, de los que haces santos. (Ef 3,7-8)

Estoy enviado a predicar tu Reino,
que es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Rom 14,17
He de recomendar a todos,
que estén siempre contentos; (1 Tes 5,16)
que se alegren con los que están alegres,
y lloren con los que lloran. (Rom 12,15)
Por ser apóstol, estoy y estaré siempre
metido entre sus tristezas y alegrías. (2 Cor 2,2)
¿Cómo podré mantener un ánimo bien dispuesto?

Señor JESUCRISTO, gran Pastor de las ovejas: (Hebr 13,20)
te ruego, me concedas un corazón grande como el tuyo;
ungido, marcado, con el sello del Espíritu. (2 Cor 1,22)
Un corazón que se alegre por la fe de mi pueblo,
y por la armonía que hay entre ellos; (Col 2,5)
que se alegre de ayudarlos a ser
hábiles para el bien y sencillos para el mal. (Rom 16,19)
Hasta poder sentirlos como: mi esperanza,
mi gozo, mi corona, y mi gloria. (1 Tes 2,19-20)
Y seré cada vez más dichoso,
cuando los encuentre bien unidos. (Flp 2,2)
Aunque a veces tenga la impresión
de haber trabajado en vano. (Gal 4,11)
Contento aún de mi debilidad,
si puedo hacer que otros sean fuertes. (2 Cor 13,9)

Quiero vivir la alegría de ir a visitarlos,
aunque no los conozca todavía. (Rom 15,32)
Me alegro por los colaboradores del Evangelio,
por quienes rezo siempre, (Flp 1,4-5)
y en quienes pongo mi confianza. (2 Cor 7,16)
Me dispongo a acompañar al hermano que sufre
para tener el gozo de consolarlo. (2 Tim 1,4)
Por encima de todo, quiero, alegrarme,
porque el Evangelio es predicado de cualquier manera
y aún más allá de diferencias y dificultades. (Flp 1,18)

Señor: me hace bien, y me pone muy feliz,
cuando mis fieles me manifiestan su afecto. (Flp 4,10)
Sus gestos concretos de amor,
me alegran y reconfortan. (Flp 7)
De mi parte, quiero entregarles no sólo el Evangelio,
sino aún mi propia vida,
porque los quiero con un gran afecto. (1 Tes 2,8)
Comprendo que no debo dominar sobre ellos,
sino ayudarlos a crecer en una fe gozosa. (2 Cor 1,24)
Tú sabes, Señor, que no faltan dificultades, (1 Tes 3,7)
tanto ahora, como en los últimos tiempos. (2 Tim 3,1)
Necesito, entonces tu divino poder,
para ser -de verdad-:
constante en las adversidades y tribulaciones,
fuerte en las fatigas y privaciones,
sincero, aún ante los mentirosos;
siempre alegre en medio de la tristeza;
y capaz de ayudar a muchos desde mi pobreza. (2 Cor 6,3-20)
Con tu gracia poderosa,
podré entregar con gozo mi vida en sacrificio, (Flp 2,17)
compartiendo ese gozo con todos mis fieles. (Flp 2,18)
Hasta sentirme feliz de sufrir por ellos,
completando en mi cuerpo,
lo que falta, Señor, a tus padecimientos. (Col 1,24)

Mi mayor consuelo y esperanza,
radica en que sé bien en quien he confiado. (2 Tim 1,12)
Por eso completo mi súplica,
invocando al ESPÍRITU SANTO:
renueva y reaviva en mi
el don que he recibido un día,
por imposición de las manos. (2 Tim 1,6)
Confío plenamente que de ti
provienen los dones de la alegría, el amor y la paz. (Gal 5,22)
Tú mismo alegras a los fieles cristianos,
por medio de la Palabra aceptada,
aún en medio de las dificultades. (1 Tes 1,6)

"¡A aquel, que es capaz de hacer infinitamente más
de lo que podemos pedir o pensar,
por el poder que obra en nosotros,
a él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús,
por todas las generaciones y para siempre! Amén".
 (Ef 3,20-21)

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