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El Dolor y el Valor de la Vida


Curiosamente es natural a la Vida la Muerte y el Dolor, sin embargo nuestra Sociedad evita la evidencia más allá que sus implicancias. Clara manifestación de esto son los Cementerios Parque que atenúan el dramatismo de la pérdida de los Seres queridos, o los Asilos de Ancianos que al igual que las poblaciones marginales son establecidos en la periferia de nuestro entorno inmediato. Pareciera que el Dolor no tiene un sentido, que ocultarlo, maquillarlo es la mejor forma colectiva para que desaparezca. Pero el Dolor no desaparece, la gente muere, sufre, hay pobreza, hay injusticia. Nos enfrentamos a entender el sentido del Dolor, no sólo desde la resignación sino también desde nuestra capacidad para acoger al que lo sufre, para mitigar sus verdaderas causas, para expresar en plenitud nuestra dignidad humana.

El Dolor que sufrimos permite comprender el Dolor que sufren los demás, esto mismo es en parte alivio del otro a quien se acompaña desde un mismo lugar y no desde la vereda de enfrente. Hay por cierto un sentido positivo que se verifica en la empatía y la solidaridad que desde las raíces mismas del sufrimiento una sociedad puede desarrollar, por el contrario estigmatizar esta realidad, ocultarla nos convierte en una Sociedad cada vez más individualista y hedonista que establece una ficción de felicidad.

El equilibrio en esta ecuación está dado por cómo hacemos legítimamente que el Dolor entre en nuestra Vida, adquiera un sentido, entendamos que es nuestro deber ir a la causa de él y acompañemos a los que sufren. Cuántas veces hemos valorado a nuestra familia y amigos en medio de pérdidas y angustias, cuántas veces nos hemos conmovido y actuado para reparar o tan sólo estar al lado de quien desprovisto de salud nos pide auxilio.

El ejercicio en sociedad del Hombre implica reconocerse y reconocer a otros, nos lleva a entender y querer, a usar nuestra inteligencia y darnos cuenta de nuestra libertad. Como seres inteligentes y libres descubrimos que existe un bien comunicable a todos y que no se agota en si mismo por cuanto finalmente trasciende y da forma a la Dignidad Humana, ella es la antesala de la felicidad, no entendida como una expresión de mera alegría sino como aquélla que nos hace plenos en nuestra naturaleza.

Reconocemos la Dignidad Humana en nosotros y en los demás pero no somos su dueño, nos trasciende y en consecuencia no podemos darla ni privarla sino que todos somos parte de ella. En este mismo sentido y aun comprendiendo el inmenso dolor físico que sufren los enfermos en condición terminal, no es lícito privarlos de la vida, ni aún por su voluntad o por compasión ya que este Derecho está vinculado inexorablemente a la Dignidad Humana y como valor trascendente no nos pertenece.

Desde luego entonces no puede hablarse del Derecho a la muerte, pues no sobreviene un Derecho ante algo evidente: Todos vamos a Morir. Por lo tanto el Derecho a la Muerte no puede argumentarse como contraposición al Derecho a la Vida, no es equivalente, el último es un Derecho el primero solo consecuencia de existir. También se reviste de un Derecho a la Muerte digna como pretexto de privar del dolor al paciente y su entorno, pero sabiendo que no es un derecho, la dignidad de la muerte no supera el Derecho a la Vida sino que se le subordina.

Cabe ahondar que aún entendiendo la legitimidad ética de privar de medios artificiales para prolongar la Vida o la utilización de analgésicos y calmantes, no puede aducirse el Dolor como fuente de indignidad y razón fundamental para el Homicidio o suicidio asistido. Tampoco lo es la expresión de voluntad pues el afectado está claramente en una condición en que el ejercicio de su libertad es limitado envuelto en los efectos del sufrimiento propio y de su grupo familiar y acompañado la mayor parte de las veces por depresión o angustia.

La Eutanasia en una sociedad es la manifestación más clara de un deterioro progresivo de la lucha por hacer de nuestro mundo un espacio de solidaridad. Es la respuesta fácil para no hacerse cargo de mitigar con legitimidad el dolor y nutrir de verdadera compasión el acompañamiento en este proceso. Con eutanasia nuestros biólogos no tendrán incentivos para investigar, buscar soluciones para apoyar la buena muerte, o para evitar enfermedades terminales, los hijos no descubrirán la grandeza de su amor y la gratitud hacia sus padres débiles y enfermos, nosotros no nos sentiremos queridos precisamente en las peores circunstancias, tomaremos una decisión irreversible en medio de la privación de nuestra voluntad. Es pertinente recordar los primeros antecedentes apologéticos de la Eutanasia en 1920 cuando Hoche y Binding establecen el derecho de matar aquellos que su vida ya no tiene “valor” en el libro "La destrucción de la vida carente de valor", en que pregonan la economía de la muerte de aquéllos que definieron “parásitos a la sociedad” antecedente angular de la Eugenesia Nazi.

Comprendiendo la necesidad de seguir avanzando en cómo ayudamos al buen morir, con afecto, compañía pero también con una ortotanasia, ética, que mitigue con legitimidad el dolor físico, debemos estar conscientes que la eutanasia es en si misma una contradicción una mentira desde su etimología hasta su finalidad.

Finalmente un último comentario desde mi convicción como Cristiano, más allá de la ética que todos compartimos como Seres Humanos. Su Santidad Juan Pablo Segundo dijo''la verdadera compasión nos lleva a compartir el dolor del otro, no a matar a la persona cuyo sufrimiento no podemos soportar'' (EV 66). Qué haría el buen samaritano en nuestro tiempo al lado del afligido o del moribundo. Observo una implicancia adicional de la Eutanasia al hipotecar la salud espiritual por una muerte rápida y en apariencia indolora, en perspectiva de vida eterna sin duda me parece que es un precio enorme.



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