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Un gran misterio



Cuando se casaron debían tener más de treinta años. Fue un noviazgo rápido. Él había vivido mucho, se podría decir que era un hombre de mundo. Dedicado a pequeños negocios, ganaba lo suficiente para tener una vida desahogada. Era de temperamento fuerte, que con el tiempo fue empeorando, hasta convertirse en una persona de trato difícil. Llego un momento en que pocos, por no decir ninguno, lo aguantaban.
Ella venía de una familia acomodada. Había recibido muy buena formación humana y cristiana, que practicaba con sinceridad. Tenía una profunda vida de oración y de intimidad con Dios. Conoció a su marido después de una vocación frustrada, pero se había casado enamorada.
No tuvieron hijos. Unos negocios mal llevados los dejo casi arruinados. Con el paso de los años, la relación se hizo cada vez más difícil. Había desprecio y humillación. Ella quería vivir su fe. Él se tomaba a risa la religión, pensaba que era un engaño; algo ridículo; un cuento para niños. El sufrimiento que padecía aquella mujer era cada día mayor. Se planteó entonces abandonarlo. Pensaba que ya no podía aguantar más. Si lo hubiera hecho, ¿quién podría habérselo reprochado? ¿quién la habría condenado? Es más, posiblemente hubiera tenido toda la razón del mundo.
Sin embargo, no lo hizo. Y un día llegó la enfermedad. A él le detectaron un cáncer en estado avanzado y con metástasis. Quedaba poco tiempo. Llegó el momento de la verdad. Ella permaneció a su lado y lo cuidó con un cariño increíble. Aquello le abrió los ojos a aquel hombre. Se confesó y recibió la unción de enfermos. Cuando murió, en su rostro ya no había tristeza ni amargura. Había paz y felicidad. Se había encontrado de nuevo con Dios.
Alguna vez me he preguntado, ¿qué habría pasado si aquella mujer se hubiese marchado? No lo sabremos nunca. Si sabemos que decidió libremente quedarse, igual que un día, también libremente, prometió amor y fidelidad. Dios los había unido para que fueran de la mano al cielo. Ella era frágil, pero su amor y su entrega sacrificial, imagen de Cristo, fue más fuerte y redimió a un hombre que estaba perdido.
En el consentimiento matrimonial los novios se llaman con el propio nombre: ‘Yo, ... te quiero a ti, ... como esposa (como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte fiel... todos los días de mi vida’. Semejante entrega obliga mucho más intensa y profundamente que todo lo que puede ser ‘comprado’ a cualquier precio. Doblando las rodillas ante el Padre, del cual proviene toda paternidad y maternidad, los futuros padres se hacen conscientes de haber sido ‘redimidos’. En efecto, han sido comprados a un precio elevado, al precio de la entrega más sincera posible, la sangre de Cristo, en la que participan por medio del sacramento[1].
Padre Andrés Martínes Esteban 


[1] Juan Pablo II, Carta a las familias 11.

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