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Los Servicios Sacerdotales de Urgencia del país se reunieron en asamblea

Mar del Plata (Buenos Aires) (AICA): Durante los días 26, 27 y 28 de octubre se realizó en la Villa Marista de Mar del Plata la trigésima Asamblea Nacional de los Servicios Sacerdotales y Nocturnos de Urgencia de la República Argentina. Los participantes compartieron sus experiencias locales a fin de que sirvan de ejemplo para mejorar el servicio apostólico y se interiorizaron en asuntos de bioética. Monseñor Antonio Marino, obispo de la diócesis anfitriona, celebró el domingo la misa para los concurrentes. (De Mendoza concurrió nuestro Presidente, Eduardo Gobbi, acompañado por su esposa)



Del viernes 26 al domingo 28 de octubre, los 17 servicios sacerdotales de urgencia del país se reunieron en la Villa Marista de Mar del Plata para participar de la trigésima asamblea anual de la entidad, preparada con el lema “Tu fe te ha salvado”. Seminarios, charlas y conferencias sirvieron para reflexionar y compartir la tarea que desarrollan los laicos de todo el país.

En el primer espacio abierto a discusión, el presidente de la Federación de Servicios Sacerdotales y Nocturnos de Urgencia, Héctor Varela, comenzó a tratar los temas inherentes a la actividad que desarrollan los equipos de todo el país.

La asamblea elevó una terna de asesores eclesiales a consideración de la Conferencia Episcopal Argentina, para que acompañen a los integrantes en este servicio dirigido al enfermo, anciano o moribundo.

Después de recibir las cartas de salutación de todos los obispos propulsores del servicio en la Argentina, se recibieron los informes locales de cada diócesis: guardias constituidas, servicios efectivos, financiamiento y otras novedades generales de cada realidad diocesana. Los informes buscaron compartir las experiencias a fin de que sirvan como modelo para los demás y, de este modo, para mejorar su atención al prójimo.

Durante la jornada del sábado 27 se agotaron los temas que estaban programados en el orden del Día: las asambleas se extendieron desde las 9 a las 12 y desde las 15 a las 20, para luego participar de la misa en la capilla de la villa, presidida por los asesores eclesiales de Lomas de Zamora y Salta.

También hubo charlas y conferencias ofrecidas sobre el aborto, la eutanasia y la eugenesia. Durante la noche del sábado se llevó adelante la “gran cena de la amistad”, en la que se intercambiaron obsequios y placas conmemorativas.

El domingo al mediodía, el obispo de Mar del Plata, monseñor Antonio Marino, presidió para los agentes del SSU la celebración eucarística en la catedral de san Pedro y santa Cecilia, de la ciudad balnearia. La misa fue concelebrada por el asesor eclesial de Lomas de Zamora y futuro viceasesor nacional, padre Jorge Schroëder, y saludó uno por uno a todos los guardianes presentes.

El retorno a las ciudades de origen se produjo el domingo después de una visita turística por la ciudad. Los organizadores informaron que quedó pendiente definir el lugar de encuentro para la asamblea de 2013, aunque se ratificó que será entre octubre y noviembre de ese año. La asamblea de 2014, en tanto, será en la ciudad de Mendoza. 

QUE IMPORTANTE ES LLEVAR UN SACERDOTE EN LOS ÚLTIMOS DÍAS DE UN MORIBUNDO

Compartimos con ustedes la siguiente reflexión que nos han enviado



Muchedumbres de almas en todas las generaciones se condenan por no querer poner nada de su parte en lo que a salvarse se refiere, y así, pasaron la vida tonta, como autómatas, envueltos en una apatía o desidia tal que su misma indiferencia le llevaron al abismo eterno, cuando hubiera sido muy fácil para sus almas salvarse.



Nunca nombraron el Santo Nombre de Jesús con amor. Nunca dieron gracias a Dios por sus bienes y su existencia. Nunca se preocuparon del sufrimiento ajeno y vivieron su vida tan personalmente que pasaron la misma sin hacer ni el bien, ni el mal, pero sin un ápice de fe. Yo, Jesús, os hablo.

De esas muchedumbres algunos se salvaron en el último instante al preocuparse sus familiares de darles la Unción de Enfermos y, con la gracia del Sacramento, en el instante final de su vida, hicieron que interiormente fijaran sus mirada en Dios Todopoderoso y le dijeran “perdón Dios Mío” ”ten misericordia de mí”.

Por eso, hijos Míos, hijos de Dios Altísimo, ved que importante es llevar un sacerdote en los últimos días de un moribundo, y sobre todo, en los últimos momentos, porque aunque haya pasado una vida baldía en lo que se refiere al Reino de los Cielos, si en el último instante vuelven su mirada a Dios, ese instante les puede cambiar el destino eterno, que ya luego Mi misericordia los purificará en el Purgatorio el tiempo que sea necesario, aunque si ofrecéis sufragios, indulgencias y sobre todo Misas, adelantareis la hora de la liberación de esas almas. Yo, Jesús, os hablo.

Mi Corazón Divino lo que más desea es que os salvéis, porque la eternidad no tiene fin, y una vez en ella, no se puede salir del estado en que entréis, sea dichoso o de reprobación. Así que hijos, llevad a vuestros enfermos y ancianos a los sacerdotes. Ayudadles para bien morir, no tengáis reparo, y si ellos no pueden ir porque están impedidos, llevadles al sacerdote a casa de en vez en cuando, pero antes preparadles vosotros para que lo reciban con alegría y no con rechazo o miedo. Yo, Jesús, os hablo.

Hijos, amad en Mi Corazón a vuestros enfermos y agonizantes, no solo los atendáis físicamente. No os olvidéis de sus almas y encomendadlos a Mi Santa Madre una y otra vez. Yo, Jesús, os hablo y os bendigo.

La fe de los sacerdotes


Padre Miguel Lopez Dambola, Parroco de Santa Bernardita

La Epístola a los hebreos dedica un capítulo a alabar la fe de varios personajes del Antiguo Testamento. Son muchos los ejemplos de fe que el autor sagrado encuentra, tantos que debe afirmar: «Me faltaría tiempo si tuviera que hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los Profetas, que por la fe sometieron reinos, hicieron justicia, alcanzaron las promesas, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, curaron de sus enfermedades, fueron valientes en la guerra y abatieron ejércitos extranjeros». Y reconoce conmovido: «¡el mundo no era digno de ellos!» (Hb 11, 32-38).
¿Son solo ejemplos de la antigüedad, o los encontramos hoy? Pienso que en nuestros días podríamos citar muchos ejemplos de fe inquebrantable. Entre ellos destaca el de los sacerdotes. También ellos son campeones de la fe. Y a ellos se le puede aplicar que el mundo no es digno de ellos.
Porque ¿qué es, sino un ejemplo de fe, la vida entregada de tantos miles de sacerdotes que viven su vocación callada y silenciosamente sin esperar nada como compensación? ¿O el de esos sacerdotes que ejercen la caridad ante tantos necesitados, y a cambio reciben insultos o faltas de respeto en la calle sin que les importe demasiado? Muchos sacerdotes han visto flaquear a sus compañeros con los que quizá coincidieron en los mejores años de su seminario, pero eso les sirvió para hacer propósitos de mayor fidelidad a la gracia recibida de Dios. ¿Qué más ejemplos podría mostrar? Como le ocurrió al autor de la Epístola a los Hebreos, me faltaría tiempo para poner por escrito las virtudes de los sacerdotes.
Es cierto que hay sacerdotes que han traicionado sus compromisos ante Dios y la Iglesia, pero ello no hace sino aumentar el ejemplo de la fe de los demás sacerdotes (la inmensa mayoría) que son fieles a sus compromisos, a pesar de que reciben ante la opinión pública las salpicaduras de faltas que ellos no cometieron.
Podemos afirmar que el mundo no es digno de ellos: no es digno de tanta grandeza de ánimo, de tanta generosidad, de tanta entrega; y sin embargo, el mundo necesita sacerdotes. Necesita que haya hombres que administren los sacramentos, que hagan presente entre sus hermanos los hombres a Cristo en cada Misa, que consuelen a tantas almas destrozadas por el pecado y les otorguen el perdón en nombre de Dios. El mundo necesita a los sacerdotes y ellos lo saben. Por eso, seguirán en el mundo administrando los dones de Dios.
El mundo no es digno de los sacerdotes, pero ellos saben que no se debe a razones personales, sino a que ningún hombre es digno de recibir el don del sacerdocio. Ellos se sienten poca cosa. Pero esta consideración aumenta su fe recia, porque se sienten instrumentos de Dios, y saben que hacen mucho bien no por méritos propios sino por concesión gratuita de Él. Y piden cada día a Jesucristo ser más eficaces sin lucimientos personales, de manera que sea Dios quien aparezca.
Están en el mundo, aunque no pertenecen al mundo (cf. Jn 17, 14). Y son conscientes de que su misión es llevar al mundo la gracia de Dios. Saben que el mundo –no solo la entera humanidad, sino el pueblo o el barrio concreto donde ejercen su ministerio– no sería el mismo sin la presencia de los sacerdotes. Por eso no huyen ante los lobos que intentan arrebatar el rebaño.
Su meta no es el reconocimiento de los hombres, sino el cielo. Cuando Dios vuelva en su gloria y retribuya a cada uno por sus méritos, ellos serán exaltados. Entonces verán el fruto de su fe. Pero es justo que mientras llegue ese día los tengamos presentes.
Quien escribe estas líneas es sacerdote. Y se siente orgulloso de la fe de sus hermanos sacerdotes. Muchas veces me siento indigno de verme entre los demás sacerdotes, al ver la fe que ellos demuestran tener. Dios quiera que seamos fieles al don del sacerdocio.

Padre Pedro María Reyes Vizcaíno
Editor de iuscanonicum.org

Un gran misterio



Cuando se casaron debían tener más de treinta años. Fue un noviazgo rápido. Él había vivido mucho, se podría decir que era un hombre de mundo. Dedicado a pequeños negocios, ganaba lo suficiente para tener una vida desahogada. Era de temperamento fuerte, que con el tiempo fue empeorando, hasta convertirse en una persona de trato difícil. Llego un momento en que pocos, por no decir ninguno, lo aguantaban.
Ella venía de una familia acomodada. Había recibido muy buena formación humana y cristiana, que practicaba con sinceridad. Tenía una profunda vida de oración y de intimidad con Dios. Conoció a su marido después de una vocación frustrada, pero se había casado enamorada.
No tuvieron hijos. Unos negocios mal llevados los dejo casi arruinados. Con el paso de los años, la relación se hizo cada vez más difícil. Había desprecio y humillación. Ella quería vivir su fe. Él se tomaba a risa la religión, pensaba que era un engaño; algo ridículo; un cuento para niños. El sufrimiento que padecía aquella mujer era cada día mayor. Se planteó entonces abandonarlo. Pensaba que ya no podía aguantar más. Si lo hubiera hecho, ¿quién podría habérselo reprochado? ¿quién la habría condenado? Es más, posiblemente hubiera tenido toda la razón del mundo.
Sin embargo, no lo hizo. Y un día llegó la enfermedad. A él le detectaron un cáncer en estado avanzado y con metástasis. Quedaba poco tiempo. Llegó el momento de la verdad. Ella permaneció a su lado y lo cuidó con un cariño increíble. Aquello le abrió los ojos a aquel hombre. Se confesó y recibió la unción de enfermos. Cuando murió, en su rostro ya no había tristeza ni amargura. Había paz y felicidad. Se había encontrado de nuevo con Dios.
Alguna vez me he preguntado, ¿qué habría pasado si aquella mujer se hubiese marchado? No lo sabremos nunca. Si sabemos que decidió libremente quedarse, igual que un día, también libremente, prometió amor y fidelidad. Dios los había unido para que fueran de la mano al cielo. Ella era frágil, pero su amor y su entrega sacrificial, imagen de Cristo, fue más fuerte y redimió a un hombre que estaba perdido.
En el consentimiento matrimonial los novios se llaman con el propio nombre: ‘Yo, ... te quiero a ti, ... como esposa (como esposo) y me entrego a ti, y prometo serte fiel... todos los días de mi vida’. Semejante entrega obliga mucho más intensa y profundamente que todo lo que puede ser ‘comprado’ a cualquier precio. Doblando las rodillas ante el Padre, del cual proviene toda paternidad y maternidad, los futuros padres se hacen conscientes de haber sido ‘redimidos’. En efecto, han sido comprados a un precio elevado, al precio de la entrega más sincera posible, la sangre de Cristo, en la que participan por medio del sacramento[1].
Padre Andrés Martínes Esteban 


[1] Juan Pablo II, Carta a las familias 11.