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"Recen por mí". No lo olvides. Ave María...

Vía Crucis de los enfermos


 Todos tenemos nuestro propio Vía Crucis que andar.  Todos tenemos nuestro camino personal de seguir a Jesús.  Es un mismo camino y es también un camino diferente para todos, porque cada uno estamos llamados a seguirle desde nuestra propia realidad. 
          Nos da miedo el Vía Crucis, porque todos tenemos miedo al dolor.  Todos sentimos nuestros rechazos a la Cruz.  Sin embargo, el camino de la Cruz, más que un camino de dolor y sufrimiento debiera ser un camino de esperanza.  La Cruz de Jesús no es la Cruz que invita a la muerte sino la Cruz que invita a la vida.  Es el camino de lo nuevo.  Juan Pablo II llama a la Cruz “la cuna del cristiano”.  Y las cunas, más que de muerte hablan de vida, de futuro, de esperanzas.
          Nadie como el que sufre comprende la realidad del camino de la Cruz, porque nadie como él sabe cuanto pesa el madero del dolor y de la enfermedad.  Nadie como él vive colgado de la esperanza de que esto termine.  Pero también nadie como el enfermo sabe comprender la realidad de Jesús camino del Calvario.  Mientras los sanos miramos, desde la acera, a Jesús caminando bajo la Cruz, el enfermo lo ve desde su propia experiencia.
          El Vía Crucis que ofrecemos a nuestros enfermos no quiere ser una llamada a la pasividad frente al dolor.  No quiere ser una resignación sin esperanza.  Al contrario, quiere llevar un poco de luz, allí donde el sufrimiento ha cubierto con sombras su vida.  Este Vía Crucis quiere ayudar al enfermo a poner luz donde hay oscuridad, a poner esperanza donde el cansancio de la enfermedad invita a la desesperanza.  Y sobre todo, quiere ser una invitación a sufrir, no en la soledad, sino en compañía de Jesús.  Jesús se hace enfermo con el enfermo y el enfermo se siente identificado con Jesús.
          Querido enfermo, no soy yo quien debo darte consejos en tu enfermedad.  Pero si puedo poner en tu camino a Alguien que si sabe mucho de dolores y es capaz de comprenderte mejor que nadie:  Jesús crucificado.  No te fijes tanto en sus dolores, fijate más bien en cuánto amor y cuánta vida brotan de ese dolor.  La Pasión de Jesús, como decía San Pablo de la Cruz, es un “mar de dolor”, pero inmediatamente, en ese mar de dolor él veía “un mar infinito de amor”.  La Pasión como la revelación del amor de Dios al hombre.  Querido amigo enfermo:  No te digo que hagas este Vía Crucis, tú ya lo estás recorriendo.  Sólo te pido que lo vivas y como Jesús reveles en tu enfermedad el amor de Dios a los hombres.
Por: P. Clemente Sobrado, C. P. - Pasionista

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 Primera Estación
Jesús condenado a muerte

“El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser condenado a muerte y resucitar, al tercer día”. (Lc 9, 22)

          Señor:  Nos parecemos.  Recién me doy cuenta de que en algo somos iguales tú y yo.  Tú condenado a muerte.  Yo condenado a vivir con esta enfermedad en mi cuerpo, que también me duele en el alma.  Los dos corremos la misma suerte y andamos el mismo camino.  Desde que te veo a ti condenado a muerte, ya no me atrevo a preguntarle más a Dios sobre el porqué de mi enfermedad. Yo me creía bueno, y por tanto con derecho a una buena salud.  Pero al verte a ti, inocente, condenado a la muerte, ¿qué derechos me asisten a mí para quejarme de mi dolor? Quiero compartir junto contigo la misma suerte y también la misma misión. Señor, te pido que me des la capacidad de decir sí a mis sufrimientos, como tú dijiste sí a tu condena a muerte. 

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Segunda Estación
Jesús carga con la Cruz

“Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevó y nuestros dolores los que soportó.  Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.  El ha sido herido por nuestros pecados, molido por nuestras culpas”.
 (Is 53, 4-5)

          También aquí nos parecemos tú y yo, Señor.  Tú llevas la Cruz sobre tus espaldas.  Yo pongo mis espaldas sobre esta mi cruz.  Tú llevas la Cruz.  A mí me lleva mi cruz.  Y los dos caminantes por la vida pegados a la cruz. A veces quisiera desapegarme de ella, tirarla lejos, no volver a verla más.  Pero cuanto más la rechazo más me duele.  Pienso que la única manera de hacerla menos pesada es quererla, abrazarla, convertirla en mi propio camino. Estoy convencido que el dolor no se vence dándole de patadas, sino luchando por superarlo, y si no se puede, aceptarlo como tú lo aceptaste. Señor, te pido que me des la gracia de ser más fuerte que la cruz que llevo en mi cuerpo de enfermo.

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Tercera Estación
Jesús cae por primera vez bajo la Cruz

“Fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca.  Como un cordero al deguello fue llevado, y como oveja ante los que la trasquilan está muda, tampoco abrió la boca”.  (Is 53, 7)

          Señor, pensaba que solamente yo era débil.  No siento alegría por tu debilidad.  Pero sí siento la alegría espiritual de verte a ti tan parecido a mí. Tampoco tú quisiste aparentar ser un forzudo a quien la Cruz no le duele.  Veo que también tu eres tan humano como nosotros.  La verdadera fortaleza ante el dolor es no dejarse aplastar por él sino ser capaz de cargar con él. Cuando sienta que el desaliento, el cansancio y el aburrimiento o la impotencia quieran adueñarse de mí, tu caída bajo la Cruz será para mí un aliento para luchar y salir de mi depresión. Señor, quiero pedirte por todos mis hermanos enfermos, por todos aquellos que como yo se cansan de su enfermedad, para que encuentren en ti una palabra de aliento.

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Cuarta Estación
Jesús se encuentra con su Madre

“Y a ti misma una espada te atravesará el alma”.  (Lc 2, 35)

          Señor, a veces uno no sufre tanto por el hecho mismo de sufrir, sino porque se siente estorbo y fastidio que hace sufrir a los demás.  Yo creía que eso sólo me pasaba a mí.  Ahora veo que esa fue también tu historia. No sólo sufrías tú, cargado con tu Cruz, sino que eras ocasión de dolor para el corazón de tu Madre.  Tu dolor, de alguna manera también hería y santificaba el corazón de la Madre. Pareciera que esto me alivia un poco.  Yo no quiero sentirme un estorbo.  Prefiero pensar que en mis sufrimientos, también los demás encuentran su propio camino de gracia.  Si yo me parezco a ti en mi dolor, quiero que los demás se vean a sí mismos como los representantes de tu Madre. Señor, te pido por aquellos que me cuidan y atienden.  Que en mis sufrimientos encuentren ellos el camino que los lleva a ti.


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Quinta Estación
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz

“Cuando lo llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la Cruz para que la llevara detrás de Jesús”. 
(Lc 23, 36)

          Un hombre cansado, ayudando a llevar la Cruz a otro más débil aún.  El camino de la vida no es competencia de fuertes, sino solidaridad de los débiles.  Ahora veo claro que el camino de la vida no es competencia de poderes, sin comunión en las debilidades. Es maravilloso descubrir que los débiles, los que nos consideramos ya inútiles, también servimos para algo. También los enfermos podemos ser una ayuda para otros que como nosotros llevan una vida de sufrimiento y nos necesitan.  También los enfermos podemos ser apoyo para los sanos. Señor, ¿cómo podría yo hoy prestar mi ayuda a otros tan débiles como yo?  Que hoy pueda sonreír a los demás, para hacerles más llevadera su carga. 

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Sexta Estación
La Verónica limpia el rostro de Jesús

“Nosotros los fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado”.  (Rom 15, 1) 

          A veces, las cosas sencillas tienen un gran valor.  La Verónica limpió tu rostro sucio por la sangre y el polvo.  Cuántas veces la gente que me atiende viene y lava mi rostro, me quita el sudor.  Casi nada.  Y sin embargo siento que mi cara queda más fresca, y como que la fiebre se aligera. Tú dejaste estampado tu rostro en aquella tela con que la caridad de una mujer limpiaba tu cara.  Yo quisiera que cuantos vengan a hacerme algún servicio regresen con más paz en su corazón y con más alegría en el alma.  Que cuantos me visitan, al irse, lleven en su corazón el don de mi sonrisa agradecida y un poco más de paz en su espíritu. Señor: que cuantos sirven a los enfermos te reconozcan a ti en nuestros sufrimientos.


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Séptima Estación
Jesús cae por segunda vez bajo la Cruz

“Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, más no aniquilados.  Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. 
(2 Cor 4, 8-10)

          Señor el camino se hace largo y las fuerzas son cada vez más débiles.  El tiempo para el que sufre es un sufrimiento más.  Uno se va cansando de todo.  El cuerpo ya no da para más.  Todas las posturas son incómodas.  La Cruz nos parece cada vez más dura. Tú besas por segunda vez el polvo del camino.  Y yo una vez más siento que algo me grita dentro:  ¡hasta cuándo voy a estar así!  Comienzo a perder la fe en las medicinas y en los médicos y hasta siento una rebeldía contra Dios. Señor, te admiro porque tú no protestas contra  los que te cargan la Cruz ni tampoco contra tu debilidad.  Que yo no proteste contra mis sufrimientos, ni contra los que me atienden.  Y sobre todo, que no proteste contra ti.


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Octava Estación
Jesús consuela a las piadosas mujeres 

“Le seguía una multitud de pueblo y de mujeres, que se dolían y se lamentaban por él”.  (Lc 23, 27-32)

          Señor, eres maravilloso, incluso cargado con la Cruz.  Eres capaz de olvidarte de ti, olvidarte del peso de la Cruz, olvidarte de tus flaquezas y debilidades, para preocuparte de los demás. ¿Crees que es el momento de pensar en esas mujeres que se quedan a la vera del camino?  ¿Crees que es el momento de consolar a los que sufren a tu lado? Una de mis grandes tentaciones, es utilizar mi dolor para que todo el mundo se preocupe de mí, piense en mí, esté a mi servicio.  Es la tentación del egoísmo.  Es la tentación de convertir mi dolor en mi carta de derechos frente a los demás.  Yo sé que mi único derecho es ayudar y servir a los demás. Señor, dame la gracia de no caer en la tentación del egoísmo de utilizar a los demás a mi servicio.  Dame la gracia de olvidarme de mí y preocuparme de los demás.


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Novena Estación
Jesús cae por tercera vez bajo la Cruz

“Pues llevamos este tesoro en vasos de barro para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros”.
(2 Cor 4, 7)

          Señor, muchas veces siento rabia conmigo mismo, porque me siento dependiente de todos.  Los necesito para todo.  Y eso me hace sentir muy mal.  Sé que en el fondo es mi orgullo que me grita dentro porque no quiero aceptar mis limitaciones de enfermo. Y ahora te veo a ti, caído en tierra, una vez más.  Una vez más tienen que ayudarte a levantarte, a ponerte en pie.  Una vez más, necesitas de los otros para poder andar tu camino.  Una vez más necesitas de la mano y la fuerza de los otros para no quedarte en el camino.  Y no protestas ni gritas contra tu impotencia y flaqueza.  Al contrario, agradeces la mano que se tiende. Señor, que sepa aceptar con cariño, con amor los servicios que con tanta generosidad me brindan los míos.  Que sienta más su amor que mi propia necesidad.

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Décima Estación
Jesús es despojado de sus vestidos

“Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de injusticia al servicio del pecado; sino mas bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida, y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios”.  (Rom 6, 13-14)

          ¡Despojado de todo!  Despojado de tus derechos.  Despojado de tu inocencia.  Despojado de tu vida.  Y ahora, despojado hasta de los trapos polvorientos que cubren tu cuerpo.  A la muerte no se lleva nada.  Para morir todo estorba.  Estorban las fuerzas.  Estorba el poder.  Estorba la riqueza.  Hasta los trapos estorban. Cada día que se prolonga esta mi enfermedad tú, Señor, me vas despojando de todo.  Ya no mando en mi casa.  Otros administran lo mío por mí.  Ya no tomo las decisiones, otros las toman por mí.  Cada día me van sobrando más las cosas de que disponía.  Señor, que mis sufrimientos que no me dejan, me vayan despojando de mí mismo, de mis orgullos, de mis pecados, de mis rebeldías, para que cada día esté más dispuesto a lo que tú quieras de mí.

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Undécima Estación
Jesús clavado en la Cruz

“Con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.  (Gál 2, 20)

          Señor, ya no eres tú quien lleva la Cruz.  Ahora te han clavado a ella.  Irás a donde te lleve tu Cruz.  Clavadas las manos, que ya no pueden extenderse a otras manos para estrecharlas.  Clavados los pies, que ya no pueden caminar a ninguna parte.  Unos clavos y unos maderos son los únicos dueños de tu cuerpo y de tu vida.  ¡Qué poca cosa basta para crucificarnos! Ya no sé cuánto tiempo llevo clavado en esta cama.  Ya he olvidado el tiempo que llevo clavado a esta silla de ruedas.  Mis manos ya no tienen fuerza para nada.  Y mis pies casi ya no me sirven de nada.  Ya no voy a ninguna parte por mí mismo sino que me llevan.  Todo me lo tienen que hacer los demás.  Total que estoy crucificado como tú. Señor, gracias porque esta cama no se queja y me aguanta tanto tiempo.  Gracias por esta silla de ruedas que es la que camina por mí y no se queja.  Tú crucificado en mí y yo crucificado contigo.

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Duodécima Estación
Jesús muere en la Cruz

“O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? … Porque si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante”. (Rom 6, 3-5)

          Señor, llegaste al final del camino.  Un final inesperado y que no te corresponde.  Tú te merecías otra muerte.  No la de un crucificado.  Y sin embargo, es tu única muerte.  La muerte por fidelidad al Padre.  La muerte por fidelidad al Reino.  La muerte por fidelidad a la causa del hombre. Yo no sé si esta mi enfermedad será de muerte.  A uno nunca le dicen la verdad.  Prefieren tenerle a uno engañado.  ¿Engañado de qué?  ¿Engañarle a uno para que muera sin enterarse?  Quiero parecerme a ti también en el morir.  Si ha llegado mi hora, que se haga la voluntad del Padre.  ¿Qué más da morir de esta o aquella enfermedad? Lo único que te pido, Señor, es que también mi muerte sea signo de fidelidad a mi fe bautismal, signo de mi fidelidad a la Iglesia.


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Décimotercera Estación
Jesús bajado de la Cruz a los brazos de su Madre

“Hijo, ¿porqué nos has hecho esto?  Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.  Y El les dijo:  ¿Y por que me buscábais?  ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”.  (Lc 2, 48-49)

          Señor, a la hora de tu muerte no estabas solo.  Allí estuvo ella.  Tu Madre.  Ella te recibió en sus entrañas de virgen por obra del Espíritu Santo, en la encarnación.  Y ella te recibe ahora en sus brazos, bajado muerto de la Cruz.  Es tan bello que alguien nos ame hasta darnos la vida…  Y es tan bello que alguien nos ame hasta recibir nuestros despojos de muertos en sus brazos calientes de Madre… Que cuando yo muera, Señor, tenga la dicha de morrir en brazos de mi Madre María y de esta otra mi Madre que es la Iglesia.  Quiero que también entonces mi Madre la Iglesia que me concibió en su seno por el Bautismo, ahora me arrope con su fe, su amor y su esperanza.  Señor, a la hora de mi muerte que mi último suspiro sea un acto de fe en ti, un acto de fe en mi Madre la Iglesia.


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Décimocuarta Estación
Jesús puesto en el Santo Sepulcro

“Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, … su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios”.  
(Rom 6, 8-11)

          Ahora recuerdo lo que tú mismo dijiste un día:  “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo y no da fruto, pero si muere dará mucho fruto”.  Tú eres ese grano sepultado en la tierra.  Un grano que ya está brotando en nueva vida.  El domingo por la mañana, cuando las piadosas mujeres vayan a tu sepulcro, ya habrás brotado.  La muerte se habrá hecho vida y el crucificado habrá resucitado. Me cuesta morir.  Me cuesta ser grano, porque aún estoy creyendo que esta vida que vivo es la única y verdadera vida.  Pero quiero pedirte que me hagas tú mismo, grano que muere, para que sea grano que brota y vive la nueva vida de resucitado contigo. Señor, que mi esperanza sea más fuerte que mis miedos.  Que mi deseo de resurrección sea más grande que mis miedos a morir.

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Décimoquinta Estación
Resucitó.  El que había muerto está vivo.

“Mujer, ¿por qué lloras?  ¿a quién buscas?”  (Jn 20, 15)

          Señor, hoy siento una alegría muy grande.  Muchas veces me encierro en mi dolor, me lleno de preguntas.  Me ahogo yo mismo encerrándome en mí mismo.  Los que sufrimos tenemos ese peligro.  Meternos en nuestro sufrimiento y ahí dentro, como que nos intoxicamos de nosotros mismos. Ahora que te contemplo a ti resucitado, pienso que el dolor y el sufrimiento no pueden ser lo definitivo en mi vida.  Sé que más allá del dolor humano está la vida.  Mi dolor es mi Viernes Santo.  Pero el Viernes Santo no es lo definitivo.  El Viernes Santo no es sino el camino de paso a la alegría y la felicidad del domingo de Pascua.  Me quiero buscar a mí mismo llorando sobre mis sufrimientos.  Y las lágrimas me resultan un estorbo para poder ver claro.  Las lágrimas pueden ser un desahogo, pero dificultan la visión.  Hoy prefiero tener ojos de Pascua.  Prefiero los ojos de la alegría.  Ya sé que la alegría no suprimirá mi dolor y mi sufrimiento.  Pero sí me ayudarán a llevarlo mejor.   La Pascua, Señor Jesús, es lo nuestro.  Lo tuyo y lo mío.  La Pascua es el día de los que sabemos de dolor, de oscuridad y de sufrimiento.  Porque la Pascua es como la mañana de los que sufrimos.  La Pascua es la esperanza de los que ya no tenemos esperanza.  La Pascua es el día de los que han sabido ser más grandes que su sufrimiento. Por eso, Señor, ya no quiero andar buscándote más en mis dolencias.  Quiero buscarte allí donde la vida es el triunfo sobre todo lo que habla de muerte.  Señor, Tú eres mi Pascua.  Por eso, Tú eres mi esperanza. Señor, que mi esperanza sea más grande que mi Viernes Santo.  Señor, que  mi esperanza me haga vivir anticipadamente la mañana gozosa de tu Pascua que quiero sea también Pascua mía. 

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Oración

          Señor, Jesús, caminando contigo el mismo camino del sufrimiento, uno se siente más aliviado.  El dolor sigue siendo el mismo.  Pero tu presencia lo hace más llevadero.  Al teminar mi Via Crucis, yo sigo clavado en mi cruz de la enfermedad, pero siento que me duele menos.  Porque tu presencia y tu compañía ponen luz y esperanza en mi camino.  Sé que tú no me descolgarás de mi cruz, como tampoco tú quisiste bajar de la tuya.  Pero ya es bastante saber que mi dolor no te es ajeno sino que tú mismo has querido compartirlo.  Te pido, Señor, que así como tú compartes mi dolor me enseñes a compartir tu esperanza pascual.  Juntos los dos por el mismo camino de la Cruz, pero juntos también los dos camino de la pascua.  Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amen.

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