¿Has orado hoy por el Papa Francisco?
"Recen por mí". No lo olvides. Ave María...

Nuestro hermano guardian Luis Malah ya está con el Señor


Tradicionalmente se ha dicho de muchos cristianos que han muerto en olor de santidad en referencia a sus virtudes y ejemplos de vida. Podemos decir lo mismo de Luis, sin dudarlo. 

En la mañana del 24 de diciembre de 2013, casi en vísperas de la Celebración de la Navidad y tomado de la mano de su amada esposa, el Señor lo llamó a su presencia. En la Fiesta de la Vida y la Salvación, Luis nos dejó para unirse al Amor de los Amores.

Son incontables los testimonios de aquellos que pudimos compartir momentos y horas con el. Pero hay algo en común entre todos: todos salimos reconfortados con su ejemplo.

Luis era Guardián del Servicio Sacerdotal Nocturno de Mendoza desde muy joven. Los días 6 de cada mes era su cita junto al Santísimo para esperar los llamados de familiares de enfermos para asistirlos llevando a un Sacerdote para administrar los Sacramentos, principalmente la Unción de los enfermos. Luis acudía sin dudarlo y puntualmente a la cita cada mes. Y cuando por su trabajo no podía hacerlo a horario, llegaba a la hora que pudiera. Siempre su presencia era reconfortante por su natural alegría y la firmeza de sus convicciones.

El 2013 comenzó con algunas preocupaciones pero de ninguna manera se preveía la Cruz que marcaría su vida y sellaría su eternidad. Desde mediados de año una llaga que molestaba en su lengua se definió allá por agosto en un cáncer de lengua. Con el auxilio de un primo médico pudo consultar a expertos que rápidamente lo diagnosticaron.

Con mucha fortaleza inició en septiembre tres series semanales de quimioterapia con internación. En esas noches en el hospital tuvimos las charlas más espirituales que hayamos tenido con Luis. Todos los que compartimos esas horas con el hermano, aprendimos lo que significa cargar la cruz de cada día y seguir a Jesús. Nunca podremos olvidar la alegría que llenaba su alma cada vez que un Sacerdote le acercaba la Eucaristía. Comulgaba de rodillas cuando le era posible y desbordaba de gozo. Tampoco podremos olvidar la manera en que el mismo Luis le hablaba y daba su testimonio a quienes iban a visitarlo. Parecía que había ocurrido al revés. En lugar de ser él el consolado, éramos nosotros quienes salíamos con el alma llena de paz y consolada.

Nunca habíamos escuchado que alguien diera gracias a Dios por su cáncer. “Es lo mejor que me pasó en la vida”, decía. Para a continuación levantar sus ojos al cielo y decirle al Señor: “¡Ay, como me querés Jesús!¡Cómo me querés!” y luego mirándonos a los ojos con alegría y literalmente a media lengua, nos lo repetía y agregaba: “Es lo mejor que me pasó en la vida”… “Esto es una caricia del Señor”.

Tenía el rostro de quién había conseguido el logro de su vida, que había encontrado el mejor de los trabajos, que había ganado lo más importante del mundo… y estaba dando gracias a Dios por su cáncer. Enfermedad que, como el mismo testimoniaba, había sido la oportunidad de recobrar a sus afectos más cercanos.

Luis nos dio lecciones de fortaleza cristiana, pero sobre todo de Fe, Esperanza y Caridad. Su inconmovible Fe aguantó los vientos mas feos que puede soplar una enfermedad casi incontrolable, que en sus últimos días le quitó la voz y la posibilidad hasta de tomar agua, motivo por el cual se tuvo que someter a una traqueotomía para poder respirar y una gastronomía para poder alimentarse. Como cada viernes, el 18 de octubre, mientras escuchaba por radio el programa “Cristo Peregrino” de este Servicio Sacerdotal (y cuya apertura estaba grabada con su propia voz), nos mandaba el siguiente mensaje de texto, ejemplo de su Fe:

“La Santidad es el premio y la pureza perfecta a la que estamos llamados todos los hijos de DIOS y él nos da la vida para alcanzarla de la mano de los sacramentos, no importa cuanto uno viva sino CÓMO vivas. DIOS es la respuesta.”

Su Esperanza, igual de inconmovible. Nunca la perdió. Y quizá porque nos transmitió esa Esperanza, su muerte nos tomó a muchos de sorpresa, a pesar de la gravedad de su cuadro. Siempre hacia adelante, con ganas y esperanza de sanar por amor a su esposa, a sus hijos, su familia. Pero con la convicción de que esta vida no es la meta final. Una Esperanza abonada y sostenida por la oración, como él mismo nos lo dijo en otro mensajito:

“Les aseguro que es así. En la enfermedad la oración es una gran arma que DIOS nos regala. Y sí que reconforta. Lo se por experiencia propia. Sin la oración mía y de todos lo que lo hacen intercediendo por mí, no transitaría mi enfermedad con la fuerza, amor y alegría con la que la llevo. Gracias por rezar.”

Luis era un enfermo alegre. Una noche en que un Sacerdote del Servicio Sacerdotal le llevó la Comunión, el padre le preguntó qué le pedía al Señor en esta noche. Y Luis contestó: “¡Alegría! Que nunca pierda la alegría.”

Y su Caridad nunca terminó de crecer y derramarse a todos los que lo rodeaban. Pues fue su gran amor, que brotaba de las fuentes del Corazón del Señor, lo que nos llegó a cada uno de sus hermanos y familiares. Siempre ofreció su dolor por los demás. Nos decía con toda sinceridad: “Si por este dolor yo lograra que uno, ¡tan sólo uno! Se convirtiera, me sentiría satisfecho”. Y cuando una vez Mariana, su esposa, le preguntó si estaba dispuesto a sufrir incluso por alguien que  ni siquiera conociera, con firme convicción le contestó: “Sí ¡Claro que si!”.

Su vivo testimonio cristiano fue el mejor testamento y la única herencia que ha dejado a sus hijitos, pues como todo Santo, vivió humildemente. Todos fuimos reconfortados con sus palabras y aún con su silencio cuando sólo podía comunicarse por señas. ¡Mucho amor verdadero! Y amor misericordioso. Quizá por eso le gustaba tanto que rezáramos con él la Coronilla de la Misericordia. Y daba mucha ternura verlo repetir mentalmente “Por su dolorosa pasión…” mientras contaba las decenas con sus deditos, pues nos señalaba su propio Rosario para que lo usáramos nosotros. ¡Hasta en eso fue generoso Luisito!

Creemos sinceramente que Luis fue un elegido del Señor. Nuestro Salvador y Rey Resucitado no quiso ascender al cielo sin llevar en su Cuerpo las marcas de su cruz cual joyas benditas y preciadas. Y esas mismas joyas sólo son dignas de llevarlas con hidalguía cristiana quienes más aman y son dignos de la confianza del Rey. Luis fue uno de ellos. Llevó las llagas del Señor con la valentía de los héroes, que eso son los santos. Una valentía y una claridad que le permitía conocer perfectamente la gravedad de su estado y enfrentar cada día con toda la fuerza que el mismo Señor le daba. Fuerzas que no eran físicas sino espirituales. Fuerzas que lo iban preparando conscientemente para el destino al que están llamados los Santos y los Mártires. Por eso, el último mensaje de texto que recibimos de él y  que queremos compartirles, fue del día 25 de octubre, durante otra emisión radial, dos meses justos antes de su entrada en el Cielo. En el nos confiaba:

“Le estoy poniendo tanta fuerza para vivir que estoy mas preparado para morir que para vivir, y esto es una gran GRACIA de DIOS.”

Querido Luisito, nunca te olvidaremos. Fuiste un gran ejemplo de Guardián del Servicio Sacerdotal. Guardián “a tiempo completo” y “del otro lado del mostrador” como nos decías riendo. Tus virtudes, tus esfuerzos, tu valentía y también tus debilidades, serán para nosotros una guía y una luz. Le damos infinitas gracias a Dios por habernos permitido compartir tu amistad. Sabemos que seguirás eternamente de guardia ahora desde el Cielo, desde donde intercederás por este Servicio tan amado por vos. Y por tu familia, amigos y hermanos en la fe. Desde ahora serás para todos nosotros, que aún navegamos en las aguas inestables de la vida terrena, un ancla firme en el Cielo para que no perdamos el camino. Gracias por tu amistad. Gracias por haber ofrecido tu cruz al Señor. Y gracias Señor por habernos regalado a Luis.

Que estas palabras sirvan para que tus hijitos nunca olviden lo que tu querida esposa les decía en el momento de tu partida y que todos coincidimos:

“Dios nos ha regalado un Santo”.


En memoria de Luis Malah,
Guardián del día 6 del SSN de Mendoza.
Muerto en olor de santidad

el 24 de diciembre de 2013.
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Programa "Cristo Peregrino" sobre su testimonio de vida


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Papa Francisco: “No te vengas abajo”


Cristina afrontó, este martes, su 15ª sesión de quimioterapia con fuerzas renovadas, gracias a la carta del Papa Francisco que acababa de recibir. Ella le había escrito unas semanas antes, hablándole de su enfermedad y su próxima Confirmación. El Santo Padre reconoce que «me hizo mucho bien» su fortaleza. Al acercarse la Navidad, le desea que viva estos días «muy unida a san José y a Nuestra Señora. Prepárate a recibir a Jesús con el mismo amor» que ellos

Queridísimo Papa Francisco:

Me llamo Cristina Sesé de Lucio, tengo 17 años y le escribo desde Madrid (España). Vivo con mis padres, María Jesús y Ernesto, y con mis hermanas Begoña, de 21 años, e Irene de 13 años. Estoy estudiando 2º de Bachillerato en el Colegio Sagrada Familia.

Mi vida ha sido como la de cualquier chica de mi edad hasta el pasado mes de abril, cuando, el día 4, me diagnosticaron sarcoma de Ewing, cáncer de hueso. Lo tenía localizado en la zona central del fémur derecho, en unos 10 cm. Tras los primeros momentos de preocupación, toda la familia decidimos ponernos en manos de Dios y de los médicos.

Para quitar el hueso cancerado me operaron el día 8 de agosto, sustituyéndolo por una prótesis. Actualmente, camino con muletas y me encuentro mucho mejor. Saco fuerzas para seguir adelante. Me volverán a operar para quitarme la prótesis y hacerme un injerto de hueso para volver a tener una cierta normalidad.

El principio no fue fácil, pero siempre he recibido el apoyo de Jesús que lo siento en mi vida. Enseguida se hizo una cadena de oración por mí y por mi familia, que nos ha reconfortado siempre.

Este cáncer me ha limitado físicamente, por lo que ahora necesito ayuda constante, pero no he dejado de rezar, ni de estudiar, ni de hacer mi vida normal, sobre todo gracias al esfuerzo de toda mi familia tan cristiana.

También ha sido fundamental en estos meses mi grupo cristiano que me han ayudado a confiar todavía más en el Señor, y me repito muchas veces al día: «Cuando Dios quiera, como Dios quiera, donde Dios quiera».

Él permite la enfermedad, y por tanto la mía, pero también da la cura, y, pese a todo, yo no puedo dejar de sentirme afortunada. Ofrezco mi enfermedad al Señor y pongo mi sufrimiento ante la cruz.

Le siento en mí y sé que me busca en cada esfuerzo que tengo que hacer cada día. En cada gesto de mi familia, de mis amigas, de mis profesores, el Señor me pone la mano para que no caiga y para que algún día pueda decir que todo me ha servido para ser más fuerte y ser testimonio para anunciar a Jesús a los demás.

Y me gustaría en un futuro poder ser de ayuda a personas que pasen por situaciones parecidas a la mía.

El próximo día 30 de noviembre, recibiré el sacramento de la Confirmación junto a otros 18 compañeros de mi edad. Pido al Señor con todas mis fuerzas, aunque esté débil por mi enfermedad, que el Espíritu Santo me ilumine para ser testigo de la fe y reflejar a Jesús a lo largo de mi vida.

Desde la humildad, le pido, Santidad, su Bendición para este grupo de jóvenes cristianos ilusionados ante tan importante paso hacia Dios. Muchas gracias por su vida, Papa Francisco. Como nos ha enseñado: Yo rezo por Su Santidad y, por favor, rece también usted por mí.

Cristina


Vaticano, 3 de diciembre de 2013. Apreciada Cristina:

Me ha alegrado mucho recibir tu carta del pasado 20 de noviembre. Que el Señor te retribuya la delicadeza. Me hizo mucho bien percibir la fortaleza con la que estás afrontando este período de tu vida, ciertamente especial: son momentos difíciles.

Por favor, no te vengas abajo. La enfermedad, si la miramos con espíritu de fe, es una escuela. En ella aprendes a conocer en profundidad el Corazón de Dios, que rebosa ternura. Aprendes a conocer a los demás, pues cuando el viento sopla a favor, todo son risas y parabienes. Es en medio del dolor cuando se descubre dónde están los auténticos amigos y las personas que te quieren de verdad. Y, por último, aunque no menos importante, en la enfermedad uno aprende a conocerse mejor a sí mismo y te das cuenta de que el Señor no te deja de su mano, antes bien te da una serie de recursos interiores para encarar la adversidad, que incluso uno mismo llega a maravillarse. Si a todo esto, como me dices en tu escrito, añades que hace pocos días que has recibido la luz del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación, pues mejor que mejor. Que este don de Dios te ayude a ser mejor cristiana y una mujer cada día más valiente, que mire la vida sin complejos. Sabes bien que Dios nunca te va a fallar.

Te aseguro que cuentas con mi cercanía y oración. Pediré por ti y le diré al Señor que te siga ayudando y aumente ese entusiasmo y confianza que respira tu carta. Por tu parte, no te olvides de rezar por mí: sola, pero también con tu familia y, cómo no, con los amigos que has conocido en la parroquia de Santa Ana y La Esperanza y en el Colegio Sagrada Familia. No os dejéis robar la alegría.

Saluda de mi parte a los médicos que te cuidan. No dudo que pondrán lo mejor de sí mismos a tu servicio. Un saludo también a tus padres, María Jesús y Ernesto, a tus hermanas, Begoña e Irene, a tus profesores y a tu párroco, el padre Ángel.

Al acercarse la Navidad, te deseo que sean unos días muy llenos de la gracia y el gozo de Dios, y que los vivas muy unida a san José y a Nuestra Señora. Prepárate a recibir a Jesús con el mismo amor con que ellos lo hicieron.

Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Y, por favor, te pido que reces por mí.

Afectuosamente, Francisco

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASIÓN DE LA XXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2014


Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16)

Queridos hermanos y hermanas:

1. Con ocasión de la XXII Jornada Mundial del Enfermo, que este año tiene como tema Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16), me dirijo particularmente a las personas enfermas y a todos los que les prestan asistencia y cuidado. Queridos enfermos, la Iglesia reconoce en vosotros una presencia especial de Cristo que sufre. En efecto, junto, o mejor aún, dentro de nuestro sufrimiento está el de Jesús, que lleva a nuestro lado el peso y revela su sentido. Cuando el Hijo de Dios fue crucificado, destruyó la soledad del sufrimiento e iluminó su oscuridad. De este modo, estamos frente al misterio del amor de Dios por nosotros, que nos infunde esperanza y valor: esperanza, porque en el plan de amor de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual; y valor para hacer frente a toda adversidad en su compañía, unidos a él.

2.  El Hijo de Dios hecho hombre no ha eliminado de la experiencia humana la enfermedad y el sufrimiento sino que, tomándolos sobre sí, los ha transformado y delimitado. Delimitado, porque ya no tienen la última palabra que, por el contrario, es la vida nueva en plenitud; transformado, porque en unión con Cristo, de experiencias negativas, pueden llegar a ser positivas. Jesús es el camino, y con su Espíritu podemos seguirle. Como el Padre ha entregado al Hijo por amor, y el Hijo se entregó por el mismo amor, también nosotros podemos amar a los demás como Dios nos ha amado, dando la vida por nuestros hermanos. La fe en el Dios bueno se convierte en bondad, la fe en Cristo Crucificado se convierte en fuerza para amar hasta el final y hasta a los enemigos. La prueba de la fe auténtica en Cristo es el don de sí, el difundirse del amor por el prójimo, especialmente por el que no lo merece, por el que sufre, por el que está marginado.

3. En virtud del Bautismo y de la Confirmación estamos llamados a configurarnos con Cristo, el Buen Samaritano de todos los que sufren. «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16). Cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención, llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios en medio de las contradicciones del mundo. Cuando la entrega generosa hacia los demás se vuelve el estilo de nuestras acciones, damos espacio al Corazón de Cristo y el nuestro se inflama, ofreciendo así nuestra aportación a la llegada del Reino de Dios.

4. Para crecer en la ternura, en la caridad respetuosa y delicada, nosotros tenemos un modelo cristiano a quien dirigir con seguridad nuestra mirada. Es la Madre de Jesús y Madre nuestra, atenta a la voz de Dios y a las necesidades y dificultades de sus hijos. María, animada por la divina misericordia, que en ella se hace carne, se olvida de sí misma y se encamina rápidamente de Galilea a Judá para encontrar y ayudar a su prima Isabel; intercede ante su Hijo en las bodas de Caná cuando ve que falta el vino para la fiesta; a lo largo de su vida, lleva en su corazón las palabras del anciano Simeón anunciando que una espada atravesará su alma, y permanece con fortaleza a los pies de la cruz de Jesús. Ella sabe muy bien cómo se sigue este camino y por eso es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Podemos recurrir confiados a ella con filial devoción, seguros decque nos asistirá, nos sostendrá y no nos abandonará. Es la Madre del crucificado resucitado: permanece al lado de nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la resurrección y la vida plena.

5. San Juan, el discípulo que estaba con María a los pies de la Cruz, hace que nos remontemos a las fuentes de la fe y de la caridad, al corazón de Dios que «es amor» (1 Jn 4,8.16), y nos recuerda que no podemos amar a Dios si no amamos a los hermanos. El que está bajo la cruz con María, aprende a amar como Jesús. La Cruz  es «la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos… La Cruz de Cristo invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda» (Via Crucis con los jóvenes, Río de Janeiro, 26 de julio de 2013).

Confío esta XXII Jornada Mundial del Enfermo a la intercesión de María, para que ayude a las personas enfermas a vivir su propio sufrimiento en comunión con Jesucristo, y sostenga a los que los cuidan. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 6 de diciembre de 2013

FRANCISCO

Actualizamos nuestros programas de radio



Programa del viernes 13 de diciembre de 2013. 
Tema: La Virgen de Guadalupe. 


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Programa del viernes 06 de diciembre de 2013. 
Tema del dia: La Inmaculada Concepción de la Virgen María. 


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Papa Francisco: "La Iglesia reconoce en los enfermos la presencia de Cristo sufriente"

Ciudad del Vaticano (AsiaNews)- "La prueba de la fe auténtica en Cristo es el don de sí, difundirse el amor por el prójimo, especialmente para quien no lo merece, para quien sufre, para quien está emarginado". Y "en fuerza del Bautismo y de la Confirmación estamos llamados a conformarnos a Cristo, Buen samaritano de todos los que sufren".
Esto, en síntesis, el sentido del mensaje del Papa Francisco para la XXII Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el 11 de febrero de 2014, se hizo público hoy, y que tiene por tema "Fe y caridad; "También nosotros debemos dar la vida por los hermanos" Jn.1,3-16).

Dirigiéndose en particular a los enfermos y a aquellos que los asisten, el Papa escribe que "la Iglesia reconoce en ustedes, queridos enfermos, una especial presencia de Cristo sufriente. Es así: junto, es más, dentro de nuestro sufrimiento está aquella de Jesús, que lleva junto con nosotros el peso y revela el sentido. Cuando el Hijo del Dios subió a la cruz destruyó la soledad del sufrimiento y ha iluminado la obscuridad. Estamos de tal modo frente al misterio del amor de Dios por nosotros, que nos infunde esperanza y coraje: esperanza, por qué en el designio o proyecto de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual, y coraje, para enfrentar toda adversidad en su compañía, unidos a Él".

"El Hijo de Dios que se hizo hombre no quitó la experiencia de la enfermedad, sino que asumiéndosela en sí, las ha transformado y redimensionadas. Redimensionadas, por qué no tienen la última palabra, que en vez es la vida, nueva en plenitud; transformadas, porque la unión a Cristo de negativas se pueden transformar en positivas. Jesús es el camino y con su Espíritu lo podemos seguir. Como el Padre donó a su Hijo por amor y el hijo se donó él mismo por el mismo amor, también nosotros podemos amar a los otros como Dios no ha amado, dando la vida por los hermanos. La fe en el Dios bueno se convierte en bondad, la fe en Cristo Crucificado se vuelve fuerza de amar hasta el final y también a los enemigos. La prueba de la fe auténtica en cristo Crucificado es el don de sí, el difundirse del amor por el prójimo, especialmente por quien no lo merece, por quien sufre, por quien está marginado".

"Cuando nos acercamos con ternura a aquellos que necesitan curaciones, llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios en las contradicciones del mundo. Cuando la dedicación generosa hacia los otros se vuelve el estilo de nuestras acciones, damos espacio al corazón de cristo y somos calentados, ofreciendo así nuestra contribución para la venida del Reino de Dios. Para crecer en la ternura, en la caridad respetuosa y delicada, tenemos un modelo cristiano al cual mirar con seguridad nuestra mirada. Es la Madre de Jesús y Madre nuestra, atenta a la voz de Dios y a las necesidades y dificultades de sus hijos.

"Ella sabe cómo se hace este camino y por esto es la Madre de todos los enfermos y sufrientes. Podemos recorrer confiados a ella con filial devoción, seguros que nos asistirá, nos sostendrá y no nos abandonará. Es la Madre del Crucificado Resucitado: se queda junto a nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la resurrección y la vida plena".

Ateo en coma recibe la unción de los enfermos, se cura y reclama 21.000 euros por daños inmateriales

El diario alemán “Berliner Zeitung” del 28 de noviembre recoge la asombrosa historia de un ciudadano polaco, Jerzy R., que se define como ateo y considera que sufrió un gravísimo “daño inmaterial” porque mientras estaba en coma en el hospital un sacerdote oró por él,pidiendo a Dios su curación y le ungió con óleo, aplicándole el sacramento de la unción de los enfermos. 

Poco después Jerzy se curó, que es uno de los objetivos de este sacramento, pero en vez de mostrarse agradecido (con Dios por curarle, o con el cura por rezar por él y desear para él lo mejor) denunció al hospital que le había cuidado reclamando 21.000 euros de compensación, alegando que había sufrido un grave “daño inmaterial”, a pesar de que la oración sucedió mientras estaba en coma y no supo de ella hasta que despertó.

El caso no ha quedado como anécdota local en la ciudad de Szczecin porque fue trepando por los tribunales hasta llegar al Tribunal Supremo de Polonia, invocando con éxito el principio de que la libertad de conciencia protege también la conciencia de los no creyentes y que al rezar un sacerdote por él se había violado su libertad de conciencia. Por este “grave daño inmaterial” reclama 21.000 euros. La compensación en realidad será determinada por un tribunal local.

No está claro hasta qué punto en el hospital tenían constancia de la militancia atea (o específicamente anti-sacramentos) de Jerzy R. En Polonia, como en otros países de fuerte cultura católica, los capellanes recorren las salas de los hospitales llevando los sacramentos a los enfermos, y más aún a los que están en coma y corren serio peligro de muerte. 

Evidentemente, un enfermo no católico puede negarse a recibir un sacramento, y ningún ministro católico lo administrará contra la voluntad de la persona, pero ¿puede un no católico pedir compensaciones económicas porque los católicos recen por él? ¿También si lo hacen a distancia? ¿Es el contacto físico un elemento definitorio en estos casos?

Si un católico dice a un ateo “rezaré por usted”, ¿puede el ateo denunciarle ante los tribunales por causar “grave daño inmaterial”? 

Esto, que sonaría absurdo hace poco incluso en el país más ateo, anticlerical o comunista, empieza a sonar como algo plausible en el Occidente democrático actual.

En cuanto al sacramento de la unción de los enfermos, está recogido de forma emocionante en esta escena de "Retorno a Brideshead", que incluso quien no sabe inglés entiende: el anciano, no creyente e incluso enemigo de la fe, en sus últimos momentos, toma una decisión.
 

 

Fuente REL