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Ejemplos: Un ángel en el corredor

La hermana Sonia de la Cruz, de 38 años, dirige la Clínica Divina Providencia fundada en Paraguay por padre Aldo Trento.

La hermana Sonia de la Cruz trabaja 24 horas al día en la clínica Divina Providencia, que cura gratuitamente a 47 enfermos terminales, discapacitados graves o enfermos con el virus HIV, en un país, Paraguay, en el que la asistencia es para quien pued epermitírsela y en el que las personas, sobre todo pobres, son abandonadas por las calles. 

Sí, la Providencia. A sus 38 años, la hermana Sonia dedica su vida a los «pequeños Cristos». Al lado de las camas del hospital hay flores, porque así «como adoramos la Eucaristía, adoramos a Jesús que sufre». En cada historia hay muchos matices que esperan ser descubiertos. Carmelitana en un convento de claurusa, la hermana Sonia se había ocupado de asistir a potra monja y fue entonces cuando entendió que, tal vez, su vocación necesitaba algo diferente que expresara la síntesis precisa entre la contemplación y la acción. 

Comprendió que ya había habido una “primera llamada” cuando, todavía más joven, Dios la había puesto al lado de dos novios enfermos y que necesitaban cuidados. Y así dejó, no sin dificultades, la vida del claustro para casarse con la causa de los que necesitan cuidado, de los que no tienen a nadie. «Vivir con los enfermos me ayuda a vivir y abrazar a Jesús que sufre. Una mujer está completa cuando es hija, esposa y madre: fui hija, soy esposa de Cristo y madre de todas las personas que tengo a mi lado». 

En la vida cada persona juega un papel determinante en los encuentros que vivimos. Así fue también para sor Sonia: «El abrazo con padre Aldo (Trento, nda) me redimió, me hizo descubrir que era una persona amada por el Señor a través de un rostro concreto. Y el verbo se hizo carne. Me salvó de un momento de vacío» con la madre de todas las preguntas: «¿qué quiere Dios de mí?». 

Su historia es semejante justamente a la del padre Trento, «salvado de la exasperación» gracias al carisma de don Giussani. En los gestos y en la premura de sor Sonia se puede releer el Evangelio de Mateo: «Tenía hambre y me dieron de comer; tenía sed...». «Para mí, vivir cada día al lado de los que sufren –explica sor Sonia– significa enamorarme cada vez más del Señor. Y este es uno de los motivos por los que en la clínica, fundada en Asunción por padre Aldo Trento, se parte siempre de la Eucaristía, «para reconocer a Jesús en quien está sufriendo». 

Y así, cada día por los corredores del hospital, construido según el modelo de las reducciones jesuitas tan queridas en estas partes de América Latina, una silenciosa procesión eucarística ilumina los rostros de los pacientes. «Antes de morir reciben los sacramentos y cuando mueren –subraya sor Sonia– no piden tanto ropa bonita, sino más bien ser recordados, no ser olvidados. En muchos casos no pueden agradecerte porque no ven, no oyen y no hablan, pero el Señor debe ser curado y cuidado hasta el último instante». 

A pesar del sufrimiento, Sonia y Aldo no renunciarían nunca a sus vida. Y, como a menudo recuerda el padre Aldo, esta es una respuesta para los que invocan la eutanasia.

LUCIANO ZANARDINIASUNCIÓN

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