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Sobre la necesidad de afecto de los ancianos

P. Pedro Trevijano
En ocasión del funeral del padre de un compañero mío de colegio, con más de noventa años de edad, y como me constaba que se habían portado muy bien con el anciano, aproveché la ocasión para plantear el problema del trato que estamos dando a los ancianos. Es indudable que muchas familias, como la de mi compañero, pueden tener la conciencia muy tranquila de no sólo no haber abandonado a su familiar realmente querido, sino de haberle atendido hasta el final.

Pero, desgraciadamente, no siempre sucede así. Estos días se ha desempolvado el discurso de la Beata Teresa de Calcuta en el Desayuno Anual de Oración de 1994 y tiene sobre el tema que nos preocupa, unas líneas preciosas: “Estoy acostumbrada a ver las sonrisas de la gente, aún  los que están muriendo sonríen. No puedo nunca olvidar la experiencia que tuve al visitar una casa en donde mantenían a todos estos viejos padres de hijos e hijas quienes los habían puesto en una institución y quizá los olvidaron. Vi que en esa casa estas gentes de edad tenían todo, buena comida, lugar confortable, televisión, todo, pero cada uno miraba hacia la puerta. Y no vi a ninguno con una sonrisa en la cara. Me dirigí a la Hermana y le pregunté: “Por qué estas gentes que tienen cada confort aquí, por qué están todos mirando a la puerta? ¿Por qué no están sonriendo?”. Y la Hermana me dijo: “Esta es la forma en que es casi cada día. Están esperando, están esperanzados de que un hijo o hija vendrá a visitarlos. Están dolidos porque están olvidados”. Y vean, este descuido para amar trae pobreza espiritual. Quizá en nuestra familia tenemos a alguien que se está sintiendo solo, que se está sintiendo enfermo, que se está sintiendo preocupado. ¿Estamos allá? ¿Estamos dispuestos a dar hasta que duela para estar con nuestras familias, o ponemos nuestros intereses primero? Éstas son las preguntas que debemos preguntarnos a nosotros mismos”.

La familia es el lugar natural del ocaso de la vida. El grado de civilización y humanidad de una sociedad tiene mucho que ver con el trato que se da a los ancianos. Tenemos que saber ‘perder nuestro tiempo’ con ellos, que además pueden darnos, por su experiencia, muy útiles consejos y enseñanzas. Sería muy de desear que las personas ancianas y las afectadas por una enfermedad crónica puedan permanecer en sus hogares y reciban para ello en sus domicilios todas las ayudas que puedan necesitar. De hecho, y como consecuencia del aumento de la vida media de las personas, cada vez es más frecuente el caso de personas que atienden a sus mayores. Muchos de ellos con enorme cariño, aunque es muy frecuente que, en ocasiones, les puedan los nervios y su comportamiento no sea el ideal. Cuando se me confiesan de ello, les recuerdo que están realizando la que, seguramente, es la mejor acción de su vida. Por ello les digo que no deben tener remordimientos, pero también que, con ese comportamiento si bien han perdido el diez, deben recordar que el nueve, el ocho, el siete, el seis y el cinco son buenas notas.

Como capellán de una residencia de enfermos de Alzheimer soy consciente que las necesidades de estos enfermos son fundamentalmente dos, que son las necesidades básicas de cualquier ser humano: alimentación y afecto. En este sentido nunca me olvidaré de una paciente a la que yo llamaba “el reloj biológico”, porque todos los días su hija iba a verla a determinada hora. La paciente, como todos los enfermos, carecía de reloj, pero en cuanto la hija se retrasaba un par de minutos, empezaba a llorar. Como capellán, mi tarea consiste fundamentalmente en darles cariño, aunque también les digo la Misa una vez por semana y ahí es  impresionante ver como enfermos que están ya bastante deteriorados, todavía se acuerdan de algunas oraciones y son conscientes de que están recibiendo la Comunión.

Creo que es uno de los últimos puntos en los que se desconectan con la realidad. Pero cuando se me pregunta para qué sirve un enfermo de Alzheimer, lo tengo muy claro: si bien es cierto que hay enfermos que son ignorados por sus familias, también es cierto que me encuentro allí con una serie de personas que visitan a sus seres queridos con gran frecuencia, incluso todos los días. Su buena acción, que no es otra cosa sino la realización del mandamiento cristiano del amor, les da una categoría humana y en ocasiones también cristiana, que no tendrían sin esa buena acción. Y es que los favores nunca son en una sola dirección, sino que son siempre en ambas direcciones, incluso en ese estado de decadencia senil.

En conformidad con la doctrina de la Iglesia Católica, estoy totalmente de acuerdo con que el aborto es un crimen horrible (Gaudium et Spes y todo el Magisterio de la Iglesia sobre el tema), pero la eutanasia otro, con la agravante para las personas mayores, si se aprueba la eutanasia, que nadie nos garantiza que no vamos a ser asesinados. De políticos, médicos y hospitales criminales, líbranos Señor. 


P. Pedro Trevijano

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