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Dos Himnos cuaresmales del P. Héctor Muñoz

(Publicado en “Vida Sobrenatural”, Enero-Febrero 2010, Nº 667 y la web del Arzobispado de Mendoza) 

Los grandes Tiempos litúrgicos despliegan una gran riqueza de textos y gestos, conmemorativos de acontecimientos del pasado y profecía del futuro que esos gestos anticipan.

El género “Himno” no ha sido demasiado desarrollado en la Iglesia Católica en Occidente, y esto es una pena grande, porque los himnos han sido un vehículo tradicional para la transmisión de la fe, a nivel popular.

Hoy transcribiré, en este artículo, dos himnos que compuse recientemente para Laudes y Vísperas de Cuaresma, dando un comentario espiritual/pastoral para el mejor aprovechamiento de su celebración y para una posible catequesis cuaresmal a partir de su texto.

Laudes

1. Que el sol ilumine nuestros rostros al pisar nuestros pies duro desierto;desnudos cruzamos el mar Rojo,vestidos ingresamos en lo incierto.
2. Llenos de temor se mueven nuestros pasos,cansados por el peso de la arena.Llenos de esperanza palpitan nuestras almas,conociendo el don de la alegría plena. 
3. Falsos dioses se esconden, aterrados,ante el rostro de Moisés y sus amigos;el Señor de la Alianza va ocupandohasta el último y recóndito escondrijo.
4. Arenas hirvientes detienen nuestra marcha,y postergan los tiempos elegidos.Sin embargo, más fuerte que ese pesoes el llamado que hiciste a tus hijos.
5. El monte Sinaí ya nos convoca,truenos y relámpagos a todos enceguecen;con la Ley de Dios firme en nuestras manos,ante el fulgor de la gloria que amanece.
6. Padre, jefe de desiertos antiquísimos,por tu Hijo, Palabra que ilumina,no te olvides de infundir tu santo Espíritusobre el pueblo que hoy canta y camina.

El primer Pueblo de Dios va caminando rumbo al Este: el sol golpea en sus caras y los inunda de luz. Hoy, nosotros, nuevo Pueblo del Señor, Iglesia de Cristo, salimos al encuentro del Señor que volverá como “sol que nace de lo alto”.

A pie desnudo la multitud conducida por Moisés cruzó el mar Rojo, pero tanto ese pueblo como nosotros, caminamos revestidos del don de Dios, del poder que otorga la elección, de la vocación de cristianos que -como peregrinos- caminamos con la vestidura blanca, con la vestimenta de los resucitados (1).

¿Qué pasó a nuestros primeros padres? ¿Eran temerarios o intrépidos que desconocían el peligro, que no sufrían el grito de alerta del miedo? Nada más lejano que eso. La esperanza no excluye el temor ante los peligros y ante lo desconocido. El pueblo de Dios tenía a sus espaldas al poderoso ejército enemigo. El desierto era eso: ¡desierto!, “lugar donde habitan los demonios”, al decir de los antiguos. Meterse en el desierto era sumergirse en el calor del día y el frío de la noche. Era meterse de lleno en la vida. Era comenzar a vivir la Cuaresma. Lo que hoy hacemos en la Cuaresma es dejar atrás Egipto, ingresar en un desierto bautismal, pisar con los pies desnudos arenas hirvientes, sufrir la tentación, caer, levantarse, llorar… Pero, aun en los momentos más difíciles y en los que el ánimo y la fe son puestas a prueba, saber que “llenos de esperanza palpitan nuestras almas”. ¿Motivo de esta actitud? Que caminamos a los tropezones “conociendo el don de la alegría plena”, alegría que posiblemente no gocemos ahora, pero que está “allí”, en el horizonte por Dios señalado a su pueblo (2).

Moisés y sus amigos eran líderes en lo humano y, sobre todo, hombres puestos por Dios con una vocación singular: para guiar al pueblo con la certeza de que “la nube y la columna de fuego” no eran otros sino el mismo Dios. Por eso “falsos dioses se esconden, aterrados”, porque no hay otro Dios sino el de Israel. Ante este hecho, Dios ocupa “hasta el último y recóndito escondrijo”, porque el desierto es suyo y porque su pueblo debe conocerlo, poseerlo, dominarlo, como tierra que Dios ha dispuesto providencialmente, permitiendo que los hombres tropiecen, por su propia debilidad, para que sepan que Dios los levanta y restaura, por el poder que tiene sobre todo y sobre todos (3).

¿Fue fácil la marcha por el desierto? Fue tan difícil como nuestro tránsito por la vida. Fue todo menos un tour o un crucero de placer. Sus arenas no eran las de una playa, con carpa y sombrilla, con bañeros y seguridad, con algunos tragos largos para calmar la sed y fomentar la charla amistosa. El pueblo dejó su sangre en las arenas, “arenas hirvientes” que frenaron el peregrinar. “Arenas hirvientes” que postergaron el ingreso a la patria prometida, a la bendita tierra de las promesas. Todo esto fue doloroso y causa de dolor grande. Muchos apostataron. No estuvieron “a la altura de las circunstancias”, dirían las noticias de hoy. Fueron débiles y no confiaron. Pero, para quienes conservaron la esperanza, supieron quién los llamaba y para qué los llamaba; para los que gustaron el sabor de la aventura (pues el desierto fue hecho para quienes son de esta raza…), para ellos y sólo para ellos, fue hecho el desierto, no cerrado en sí mismo como lápida que aplasta, sino como un puente entre la esclavitud y la libertad, como el precio que tienen que pagar los que desean ser libres. No es cualquier llamado. No es un aviso publicitario para que compre tal o cual cosa, sino “el llamado que hiciste a tus hijos”, la vocación que da el Padre. Tal llamado no puede caer en saco roto ni ser desoído. Reclama la respuesta que le dio “el resto de Israel”. Reclama la respuesta bautismal que nosotros podemos y, por lo tanto, debemos darle. ¿Es difícil? Sí… ¿Me cuesta mucho? Sí… ¿Me parece algo que va más allá de mis pobres fuerzas? Sí… Pero lo que para mí es imposible, no lo es para Dios, para un Dios que todo lo puede (4).

Pero hay algo que marcará a fuego al Pueblo de Dios: la entrega de la Ley en el monte Sinaí. Es una Ley que otorga una vocación. Para un israelita fiel, “cumplir la Ley”, no era observar disciplinadamente una ordenanza de tránsito. Era ser fiel al Dios autor de la Ley que da al pueblo, como quien da en custodia un tesoro a guardar.

Esa Ley fue dada de modo espectacular, entre “truenos y relámpagos (que) a todos enceguecen”. Y sabemos que podemos estar ciegos tanto por falta de luz como por exceso de la misma. Moisés retorna al pueblo “con la Ley de Dios firme en sus manos”, con esa Ley por la que tantos dieron su vida, vida entregada al Dios justo que, con su Ley, busca la felicidad de su Pueblo.
La noche quedó atrás… El día ya despunta… Somos testigos de esa entrega “ante el fulgor de la gloria que amanece”.

Creo de importancia destacar el valor de la Ley de Dios, para el Pueblo que Él eligió. No era un Código con artículos e incisos. Era Dios mismo que así se manifestaba. Esa Ley se sintetizó en un núcleo esencial: los Mandamientos, comenzando por el del amor a Dios y al prójimo.

“La gloria que amanece” es Dios que vuele a salir, día a día, como sale el sol en el Este, para iluminar el día, para dar alegría a los corazones, para vivificar lo que despunta a la vida, para hacer huir al frío y a la noche…

“La gloria con nosotros” es Dios-con-nosotros y en-nosotros. El sol que no tendrá ocaso. Eso será “el cielo”: la luz sin fin… (5).

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Las Vísperas de Cuaresma, ese “sacrificio vespertino” en el que la luz descansa para volver a brillar unas horas más tarde, quiere indicarnos la necesidad del reposo, no sólo para “descansar” y reponer fuerzas, sino para saber en qué punto del camino nos encontramos; cuánto trecho hemos recorrido y cuánto nos falta recorrer; qué obstáculos encontramos y cómo los salvamos.

Deben tener un tono reflexivo y, si bien harán alusión al momento del día, a la hora en que se celebran, no son, necesariamente, algo matemático que siempre debe ser observado.

Algo así veremos en el Himno sobre el que meditaremos. Luces y sombras van entremezclándose, no sólo en la materialidad de las mismas, sino en lo más hondo: nuestras luces y nuestras sombras, tonalidad que marca nuestra marcha cuaresmal, nuestra vida bautismal.

Vísperas
1. Lo oscuro ya dejó de ser tinieblas,pues las luces de la gloria lo iluminan;ya las horas han pasado, presurosas,acortando los pasos del camino. 
2. Cuarenta años fueron como un soplopara tu pueblo peregrino en rauda marcha;sus pasos titubeantes se cambiaron:constancia del que siempre y siempre avanza. 

3. Poco a poco, la luz se va encendiendoen las tiendas de campaña de tu pueblo;poco a poco, la luz de los fogonesanticipa el brillo de los cielos. 
4. Rebeldías sin fin se sucedieron,se diezmaron corazones elegidos;prefirieron ser esclavos de la noche,a la libre aventura de los hijos. 
5. ¿No será esto cansancio, muerte y vida,sacrificio de pasos peregrinos,huella de tu pueblo en el desierto,que en nuestra historia, tus hijos repetimos? 
6. Danos, Dios Padre, la fuerza y el aliento,para no renegar de tu bautismo;y que tu Hijo nos muestre el horizonteseñalado por el soplo de tu Espíritu.

Aun en los momentos más oscuros, la luz ilumina. Esto es claro en los viajes por avión. En el aeropuerto, cielo cerrado, nubes plomizas, lluvia densa. Apenas el avión atraviesa esa capa de nubes, el sol encandila y se hace dueño y señor de la situación.

“Las luces de la gloria” iluminan nuestras tinieblas y, por esto, los pasos del camino que nos falta recorrer, son menos… Se acerca el horizonte (1).

La marcha no fue en avión supersónico, sino a pie y zigzagueando. El pueblo tenía que ocupar espacios hostiles. Hubo titubeos: esto es innegable. Como los hay en nuestra vida. No siempre se muestra claro. No siempre la distancia más corta entre dos puntos es una recta. Vivir es el arte de lo posible. A veces, lo será caminar en línea recta. Otras, daremos vueltas sobre un mismo punto. En ocasiones, tendremos que dar largos rodeos para sortear obstáculos y hacernos un camino que, si bien no es recto, es el único camino posible. Sólo el que sale y camina, llega. La constatación de este hecho y la constante perseverancia en seguir caminando, más allá del desgano o de las pocas fuerzas, será clave para llegar al término de la senda (2).

Estamos celebrando Vísperas. Ya anochece. Y precisamente porque anochece, debemos encender lámparas, innecesarias cuando reina el día.

En nuestra vida necesitamos luces, para poder ver. Serán luces de lo alto: la luz de Dios. Serán luces de la tierra: lámparas en los fogones. Luz que me da el hermano. Luces que la misma vida y la experiencia cotidiana me regala, para que lo oscuro se haga claro. Toda luz procede de un Dios que es Esplendor. Por eso, cualquier luz, venga de donde venga, “anticipa el brillo de los cielos” (3).

No somos diferentes a los hombres de todos los tiempos. No somos diferentes a quienes emprendieron el Éxodo desde Egipto a Canaán. ¿Ellos fueron rebeldes y obstinados? Nosotros también lo somos. Somos de la misma pasta. Más de una vez Dios apareció cansado ante nuestra corta inteligencia. Más de una vez debe haber lamentado habernos lanzado a la aventura de la libertad y hubiera preferido que nos quedáramos en Egipto, fabricando ladrillos y sufriendo duras pruebas. No fuimos libres porque elegimos mal. Preferimos el estómago más o menos lleno en Egipto, a la libertad a la que Dios nos invitó en el desierto.

Pero, en el desierto hay viento, hay frío, hay calor, no hay agua, el alimento llega de modo incierto y escaso. Hay protestas y reclamos de todas partes. Hay rebeldía… ¡Pero hay libertad! ¿No nos pasará a nosotros que necesitamos un amo duro, fuerte y cruel, que nos imponga su parecer? ¿No nos da esto “seguridad”, la seguridad de que cada día pasará sin sobresaltos, aunque esa tranquilidad sea a costa de dolorosas pruebas?

El día en que prefiramos la esclavitud a la libertad, ese día habremos renunciado a nuestra vocación de hombres (4).

La Pascua a la cual la Cuaresma nos prepara, no es “vida”, sino “muerte y vida”, paso de la muerte a la vida.

Nuestro paso cuaresmal por el desierto, la vida que llevamos a diario -a veces, a la rastra…- es cansancio, muerte, sacrificio y también vida. Es, Señor, “huella de tu pueblo en el desierto”. Es volver a dar los pasos que, desde Adán, dieron nuestros antepasados. Son historia conocida y repetida. No hay nada nuevo bajo el sol. Los hombres de mi tiempo no inventaron ni la fidelidad ni la apostasía: existieron mucho antes, desde el albor de la Creación (5).

¿Qué nos queda? 
Caminar. Caernos. Levantarnos. Pedir ayuda. Ayudar. Llorar. Secarnos las lágrimas y secar las lágrimas del hermano. Buscar a Dios. No desesperar si no lo hallo. Vivir y dar vida. Ser feliz y hacer felices a otros. Compartir solidariamente el pan nuestro de cada día y los minutos de cada día y los afanes de cada día.

Al final de la larga senda, desde la Tierra prometida, poder decir: -¡Llegué! Y sólo podré pronunciar esa corta palabra si salí, caminé y no desistí del esfuerzo que la senda reclamaba.

La Cuaresma nos ayuda a no perder la esperanza, aunque todavía falte mucha senda a recorrer.

Fray Héctor Muñoz op

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