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Discurso a Agentes Sanitarios



(RV).- La mañana del lunes el Papa Francisco recibió a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, encabezados por su presidente, Mons. Edmund Zimowski. El Papa recordó que en la Pasión de Jesús se encuentra «la más grande escuela» para todo el que quiera dedicarse al servicio de los hermanos enfermos y sufrientes. «Tengamos siempre presente la carne de Cristo presente en los pobres, en los sufrientes, en los niños, también los no deseados, en las personas con minusvalías físicas o psíquicas, en los ancianos», pidió Francisco. (RC-RV)

Discurso completo del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

les doy la bienvenida con ocasión de su Sesión Plenaria, y agradezco a Mons. Zimowski por sus amables palabras. El reconocimiento del Obispo de Roma va cada uno de ustedes por el compromiso que ponen hacia tantos hermanos y hermanas que cargan con el peso de la enfermedad, de la minusvalía, de una ancianidad difícil.



Su trabajo de estos días toma impulso de lo que el beato Juan Pablo II afirmaba, hace treinta años, sobre el sufrimiento : «hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre» (Cart. ap. Salvifici doloris, 30). Él vivió estas palabras, las ha testimoniado de manera ejemplar. El suyo fue un magisterio viviente, que el Pueblo de Dios ha recambiado con tanto afecto y tanta veneración, reconociendo que Dios estaba con él.


Es verdad, de hecho, que también en el sufrimiento ninguno está nunca solo, porque Dios en su amor misericordioso por el hombre y por el mundo abraza también las situaciones más deshumanas, en las cuales la imagen del Creador presente en cada persona aparece ofuscada o desfigurada. Así fue para Jesús en su Pasión. En Él cada dolor humano, cada angustia, cada padecimiento ha sido asumido por amor, por la pura voluntad de estarnos cercano, de estar con nosotros. Y aquí, en la Pasión de Jesús, se encuentra la más grande escuela para todo el que quiera dedicarse al servicio de los hermanos enfermos y sufrientes.


La experiencia del compartir fraterno con quien sufre nos abre a la verdadera belleza de la vida humana, que comprende su fragilidad. En la custodia y en la promoción de la vida, en cualquier estado y condición que se encuentre, podemos reconocer la dignidad y el valor de cada ser humano individual, desde la concepción hasta la muerte.


Mañana celebraremos la Solemnidad de la Anunciación del Señor. «Quien acogió ‘la Vida ‘ en nombre de todos y para bien de todos fue María, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relación personal estrechísima con el Evangelio de la vida» (JUAN PABLO II, Cart. enc. Evangelium vitae, 102). María ha ofrecido la propia existencia, se puso toda a disposición de la voluntad de Dios, convirtiéndose en “lugar” de su presencia, “lugar” en el que mora el Hijo de Dios. 


Queridos amigos, en el cotidiano desenvolvimiento de su servicio, tengamos siempre presente la carne de Cristo presente en los pobres, en los sufrientes, en los niños, también los no deseados, en las personas con minusvalías físicas o psíquicas, en los ancianos.


Por esto invoco sobre cada uno de ustedes, sobre todas las personas enfermas y sufrientes con sus familias, así como también sobre todos aquellos que se ocupan de ellas, la maternal protección de María, Salus infirmorum, para que ilumine su reflexión y acción en la obra de la defensa y de la promoción de la vida y en la pastoral de la salud. Por mi parte les aseguro la oración, la cercanía y siempre el agradecimiento por todo aquello que hacen en este campo de evangelización, mientras de corazón los bendigo. 


Que el Señor los bendiga.

Un milagro de nochebuena en Tucumán: Historia de la muriente que sobrevivió tras la unción

 El padre Ortiz y el laico Héctor Varela, en la Catedral.
Si no ocurren milagros en Nochebuena, ¿cuándo? Que lo cuente, sino, el padre Edmundo Ortiz, asesor espiritual del Servicio Sacerdotal de Urgencia de Tucumán. Recuerda una Navidad en el Hospital Padilla, en la que el sacerdote había ido a darle la unción de los enfermos a un desahuciado que estaba internado. “La familia estaba ahí reunida, llorando porque la persona estaba muy grave. Al mes, una mujer me busca en la parroquia y me pregunta si me acordaba de ella. Le contesto que no, entonces, ella me dice: ‘yo soy la mujer que estaba grave, a la que le dio la unción’. Ella me contó que en su agonía solo se acordaba que alguien le había leído la Palabra de Dios. Un mes después, le dieron el alta”, cuenta el sacerdote. Como ese milagro, en todos estos años, los voluntarios han sumado anécdotas de todo tipo.

Pero no sólo milagros. Navidad también es una velada de urgencias y auxilios espirituales. El servicio sacerdotal funciona todas las noches del año, incluida la de Nochebuena. Tiene 120 voluntarios y 30 sacerdotes que rotan para que la asistencia no se corte nunca desde hace 58 años. “La noche del 24 es como cualquier otra, la única particularidad es que cuando vas a asistir a un enfermo grave, por lo general, está la familia presente”, explica Héctor Varela, presidente del servicio.

En otras ocasiones la familia llama para que el sacerdote se acerque hasta la cama del enfermo, en una terapia o en una cama de hospital, pero si es de madrugada no están allí. “Si la familia se encuentra, entonces, se unen a la oración”, añade Héctor.

Si bien el sacramento de la Unción de los Enfermos no busca el milagro, muchas veces sí se produce. En otras ocasiones, esa asistencia espiritual es lo que el alma estaba esperando para partir en paz. Con el sacramento se perdonan todos los pecados. “No hay que esperar hasta último momento para llamar. Dar la Unción no significa que la persona va a morir. A veces la gente tiene miedo de llamar”, coinciden Héctor y el padre Edmundo. Es por eso que desde hace años que ya no se llama Extrema Unción y cualquier adulto o enfermo puede recibirla cada año.

“Uno nunca sabe si ese es el final o no, pero si está grave es bueno que reciban el sacramento”, aclaran. En el servicio también llevan la comunión, confiesan y hasta bautizan a los niños recién nacidos que están graves. “Una vez hasta nos llamaron para que casemos de urgencia a una pareja. Uno de ellos estaba grave y hace tiempo que convivían, pero no querían dejar de recibir el sacramento del matrimonio”, recuerda Héctor.

Los efectos de la Unción son espirituales, una sanación para el alma. “Recuerdo el caso de una chica que tenía Sida y ya estaba muy mal. Su mamá nos llamó para pedirnos que fuéramos, pero nos aclaró que la mujer no quería saber nada ni con sacerdotes ni médicos, ni siquiera con la familia. Estaba muy enojada porque su marido la había contagiado y nunca quiso recibir tratamiento médico”, relata Héctor. Sin embargo, cuando llegaron ella accedió a hablar con el sacerdote y hasta a confesarse. 

“A las semanas me llaman del hospital para preguntarme qué es lo que el padre le había dicho a la joven. Si bien ya había fallecido, durante sus últimos días había accedido a tomar los medicamentos, había hablado con su familia, se reconcilió con todos y hasta había confesado que si se iba su alma estaba en paz”. Esa experiencia fue la más fuerte que le tocó vivir desde que está en el servicio que funciona de 22 a 6 de la mañana; la línea gratuita es 133.

Cumplió 20 años el Servicio Sacerdotal de Urgencias de Paraná


Este 19 marzo el Servicio Sacerdotal de Urgencias (SSU) celebró 20 años de labor ininterrumpida en la Arquidiócesis de Paraná. La celebración será el domingo. Funciona entre las 21:30 y las 6 de la mañana todos los días.

La actividad central para festejarlo será el domingo 23 de marzo, a las 11.30, con la Misa que presidirá el arzobispo Juan Alberto Puíggari y luego un almuerzo con la familia del Servicio Sacerdotal. 

El servicio funciona diariamente desde las 21.30 hasta las 6.00 de la mañana en el edificio del Arzobispado de Paraná. Los números de contacto son 4221444 y 133. Actualmente es asesor el presbítero José Barreto. 

El 17 de febrero de 1994 se firmó el decreto 6/94 por el que se creó el SSU para que funcione en Paraná a partir del 19 de marzo entre las 21:30 y las 6 de la mañana todos los días. Por Decreto 7/94 se designó presidente de la Comisión Directiva del Servicio Sacerdotal de Urgencia a Roberto Carlos Quinodoz; vicepresidente al padre Tánger y asesor Espiritual al padre Mario Taborda. 

En Paraná, el SSU fue fundado bajo la protección de la Virgen del Rosario, Patrona de Paraná y San José, Patrono de la buena muerte. 

Esta misión exige a la guardia, un mínimo de preparación, dedicarle parte de su tiempo a estudiar y a formarse en el tratamiento pastoral de los enfermos de urgencia, de sus familiares o quienes deben una palabra y una actitud misericordiosa, comprensiva, evangelizadora, consoladora. Por eso debe tener y procurar una catequesis acorde con la responsabilidad que tienen.

Dos Himnos cuaresmales del P. Héctor Muñoz

(Publicado en “Vida Sobrenatural”, Enero-Febrero 2010, Nº 667 y la web del Arzobispado de Mendoza) 

Los grandes Tiempos litúrgicos despliegan una gran riqueza de textos y gestos, conmemorativos de acontecimientos del pasado y profecía del futuro que esos gestos anticipan.

El género “Himno” no ha sido demasiado desarrollado en la Iglesia Católica en Occidente, y esto es una pena grande, porque los himnos han sido un vehículo tradicional para la transmisión de la fe, a nivel popular.

Hoy transcribiré, en este artículo, dos himnos que compuse recientemente para Laudes y Vísperas de Cuaresma, dando un comentario espiritual/pastoral para el mejor aprovechamiento de su celebración y para una posible catequesis cuaresmal a partir de su texto.

Laudes

1. Que el sol ilumine nuestros rostros al pisar nuestros pies duro desierto;desnudos cruzamos el mar Rojo,vestidos ingresamos en lo incierto.
2. Llenos de temor se mueven nuestros pasos,cansados por el peso de la arena.Llenos de esperanza palpitan nuestras almas,conociendo el don de la alegría plena. 
3. Falsos dioses se esconden, aterrados,ante el rostro de Moisés y sus amigos;el Señor de la Alianza va ocupandohasta el último y recóndito escondrijo.
4. Arenas hirvientes detienen nuestra marcha,y postergan los tiempos elegidos.Sin embargo, más fuerte que ese pesoes el llamado que hiciste a tus hijos.
5. El monte Sinaí ya nos convoca,truenos y relámpagos a todos enceguecen;con la Ley de Dios firme en nuestras manos,ante el fulgor de la gloria que amanece.
6. Padre, jefe de desiertos antiquísimos,por tu Hijo, Palabra que ilumina,no te olvides de infundir tu santo Espíritusobre el pueblo que hoy canta y camina.

El primer Pueblo de Dios va caminando rumbo al Este: el sol golpea en sus caras y los inunda de luz. Hoy, nosotros, nuevo Pueblo del Señor, Iglesia de Cristo, salimos al encuentro del Señor que volverá como “sol que nace de lo alto”.

A pie desnudo la multitud conducida por Moisés cruzó el mar Rojo, pero tanto ese pueblo como nosotros, caminamos revestidos del don de Dios, del poder que otorga la elección, de la vocación de cristianos que -como peregrinos- caminamos con la vestidura blanca, con la vestimenta de los resucitados (1).

¿Qué pasó a nuestros primeros padres? ¿Eran temerarios o intrépidos que desconocían el peligro, que no sufrían el grito de alerta del miedo? Nada más lejano que eso. La esperanza no excluye el temor ante los peligros y ante lo desconocido. El pueblo de Dios tenía a sus espaldas al poderoso ejército enemigo. El desierto era eso: ¡desierto!, “lugar donde habitan los demonios”, al decir de los antiguos. Meterse en el desierto era sumergirse en el calor del día y el frío de la noche. Era meterse de lleno en la vida. Era comenzar a vivir la Cuaresma. Lo que hoy hacemos en la Cuaresma es dejar atrás Egipto, ingresar en un desierto bautismal, pisar con los pies desnudos arenas hirvientes, sufrir la tentación, caer, levantarse, llorar… Pero, aun en los momentos más difíciles y en los que el ánimo y la fe son puestas a prueba, saber que “llenos de esperanza palpitan nuestras almas”. ¿Motivo de esta actitud? Que caminamos a los tropezones “conociendo el don de la alegría plena”, alegría que posiblemente no gocemos ahora, pero que está “allí”, en el horizonte por Dios señalado a su pueblo (2).

Moisés y sus amigos eran líderes en lo humano y, sobre todo, hombres puestos por Dios con una vocación singular: para guiar al pueblo con la certeza de que “la nube y la columna de fuego” no eran otros sino el mismo Dios. Por eso “falsos dioses se esconden, aterrados”, porque no hay otro Dios sino el de Israel. Ante este hecho, Dios ocupa “hasta el último y recóndito escondrijo”, porque el desierto es suyo y porque su pueblo debe conocerlo, poseerlo, dominarlo, como tierra que Dios ha dispuesto providencialmente, permitiendo que los hombres tropiecen, por su propia debilidad, para que sepan que Dios los levanta y restaura, por el poder que tiene sobre todo y sobre todos (3).

¿Fue fácil la marcha por el desierto? Fue tan difícil como nuestro tránsito por la vida. Fue todo menos un tour o un crucero de placer. Sus arenas no eran las de una playa, con carpa y sombrilla, con bañeros y seguridad, con algunos tragos largos para calmar la sed y fomentar la charla amistosa. El pueblo dejó su sangre en las arenas, “arenas hirvientes” que frenaron el peregrinar. “Arenas hirvientes” que postergaron el ingreso a la patria prometida, a la bendita tierra de las promesas. Todo esto fue doloroso y causa de dolor grande. Muchos apostataron. No estuvieron “a la altura de las circunstancias”, dirían las noticias de hoy. Fueron débiles y no confiaron. Pero, para quienes conservaron la esperanza, supieron quién los llamaba y para qué los llamaba; para los que gustaron el sabor de la aventura (pues el desierto fue hecho para quienes son de esta raza…), para ellos y sólo para ellos, fue hecho el desierto, no cerrado en sí mismo como lápida que aplasta, sino como un puente entre la esclavitud y la libertad, como el precio que tienen que pagar los que desean ser libres. No es cualquier llamado. No es un aviso publicitario para que compre tal o cual cosa, sino “el llamado que hiciste a tus hijos”, la vocación que da el Padre. Tal llamado no puede caer en saco roto ni ser desoído. Reclama la respuesta que le dio “el resto de Israel”. Reclama la respuesta bautismal que nosotros podemos y, por lo tanto, debemos darle. ¿Es difícil? Sí… ¿Me cuesta mucho? Sí… ¿Me parece algo que va más allá de mis pobres fuerzas? Sí… Pero lo que para mí es imposible, no lo es para Dios, para un Dios que todo lo puede (4).

Pero hay algo que marcará a fuego al Pueblo de Dios: la entrega de la Ley en el monte Sinaí. Es una Ley que otorga una vocación. Para un israelita fiel, “cumplir la Ley”, no era observar disciplinadamente una ordenanza de tránsito. Era ser fiel al Dios autor de la Ley que da al pueblo, como quien da en custodia un tesoro a guardar.

Esa Ley fue dada de modo espectacular, entre “truenos y relámpagos (que) a todos enceguecen”. Y sabemos que podemos estar ciegos tanto por falta de luz como por exceso de la misma. Moisés retorna al pueblo “con la Ley de Dios firme en sus manos”, con esa Ley por la que tantos dieron su vida, vida entregada al Dios justo que, con su Ley, busca la felicidad de su Pueblo.
La noche quedó atrás… El día ya despunta… Somos testigos de esa entrega “ante el fulgor de la gloria que amanece”.

Creo de importancia destacar el valor de la Ley de Dios, para el Pueblo que Él eligió. No era un Código con artículos e incisos. Era Dios mismo que así se manifestaba. Esa Ley se sintetizó en un núcleo esencial: los Mandamientos, comenzando por el del amor a Dios y al prójimo.

“La gloria que amanece” es Dios que vuele a salir, día a día, como sale el sol en el Este, para iluminar el día, para dar alegría a los corazones, para vivificar lo que despunta a la vida, para hacer huir al frío y a la noche…

“La gloria con nosotros” es Dios-con-nosotros y en-nosotros. El sol que no tendrá ocaso. Eso será “el cielo”: la luz sin fin… (5).

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Las Vísperas de Cuaresma, ese “sacrificio vespertino” en el que la luz descansa para volver a brillar unas horas más tarde, quiere indicarnos la necesidad del reposo, no sólo para “descansar” y reponer fuerzas, sino para saber en qué punto del camino nos encontramos; cuánto trecho hemos recorrido y cuánto nos falta recorrer; qué obstáculos encontramos y cómo los salvamos.

Deben tener un tono reflexivo y, si bien harán alusión al momento del día, a la hora en que se celebran, no son, necesariamente, algo matemático que siempre debe ser observado.

Algo así veremos en el Himno sobre el que meditaremos. Luces y sombras van entremezclándose, no sólo en la materialidad de las mismas, sino en lo más hondo: nuestras luces y nuestras sombras, tonalidad que marca nuestra marcha cuaresmal, nuestra vida bautismal.

Vísperas
1. Lo oscuro ya dejó de ser tinieblas,pues las luces de la gloria lo iluminan;ya las horas han pasado, presurosas,acortando los pasos del camino. 
2. Cuarenta años fueron como un soplopara tu pueblo peregrino en rauda marcha;sus pasos titubeantes se cambiaron:constancia del que siempre y siempre avanza. 

3. Poco a poco, la luz se va encendiendoen las tiendas de campaña de tu pueblo;poco a poco, la luz de los fogonesanticipa el brillo de los cielos. 
4. Rebeldías sin fin se sucedieron,se diezmaron corazones elegidos;prefirieron ser esclavos de la noche,a la libre aventura de los hijos. 
5. ¿No será esto cansancio, muerte y vida,sacrificio de pasos peregrinos,huella de tu pueblo en el desierto,que en nuestra historia, tus hijos repetimos? 
6. Danos, Dios Padre, la fuerza y el aliento,para no renegar de tu bautismo;y que tu Hijo nos muestre el horizonteseñalado por el soplo de tu Espíritu.

Aun en los momentos más oscuros, la luz ilumina. Esto es claro en los viajes por avión. En el aeropuerto, cielo cerrado, nubes plomizas, lluvia densa. Apenas el avión atraviesa esa capa de nubes, el sol encandila y se hace dueño y señor de la situación.

“Las luces de la gloria” iluminan nuestras tinieblas y, por esto, los pasos del camino que nos falta recorrer, son menos… Se acerca el horizonte (1).

La marcha no fue en avión supersónico, sino a pie y zigzagueando. El pueblo tenía que ocupar espacios hostiles. Hubo titubeos: esto es innegable. Como los hay en nuestra vida. No siempre se muestra claro. No siempre la distancia más corta entre dos puntos es una recta. Vivir es el arte de lo posible. A veces, lo será caminar en línea recta. Otras, daremos vueltas sobre un mismo punto. En ocasiones, tendremos que dar largos rodeos para sortear obstáculos y hacernos un camino que, si bien no es recto, es el único camino posible. Sólo el que sale y camina, llega. La constatación de este hecho y la constante perseverancia en seguir caminando, más allá del desgano o de las pocas fuerzas, será clave para llegar al término de la senda (2).

Estamos celebrando Vísperas. Ya anochece. Y precisamente porque anochece, debemos encender lámparas, innecesarias cuando reina el día.

En nuestra vida necesitamos luces, para poder ver. Serán luces de lo alto: la luz de Dios. Serán luces de la tierra: lámparas en los fogones. Luz que me da el hermano. Luces que la misma vida y la experiencia cotidiana me regala, para que lo oscuro se haga claro. Toda luz procede de un Dios que es Esplendor. Por eso, cualquier luz, venga de donde venga, “anticipa el brillo de los cielos” (3).

No somos diferentes a los hombres de todos los tiempos. No somos diferentes a quienes emprendieron el Éxodo desde Egipto a Canaán. ¿Ellos fueron rebeldes y obstinados? Nosotros también lo somos. Somos de la misma pasta. Más de una vez Dios apareció cansado ante nuestra corta inteligencia. Más de una vez debe haber lamentado habernos lanzado a la aventura de la libertad y hubiera preferido que nos quedáramos en Egipto, fabricando ladrillos y sufriendo duras pruebas. No fuimos libres porque elegimos mal. Preferimos el estómago más o menos lleno en Egipto, a la libertad a la que Dios nos invitó en el desierto.

Pero, en el desierto hay viento, hay frío, hay calor, no hay agua, el alimento llega de modo incierto y escaso. Hay protestas y reclamos de todas partes. Hay rebeldía… ¡Pero hay libertad! ¿No nos pasará a nosotros que necesitamos un amo duro, fuerte y cruel, que nos imponga su parecer? ¿No nos da esto “seguridad”, la seguridad de que cada día pasará sin sobresaltos, aunque esa tranquilidad sea a costa de dolorosas pruebas?

El día en que prefiramos la esclavitud a la libertad, ese día habremos renunciado a nuestra vocación de hombres (4).

La Pascua a la cual la Cuaresma nos prepara, no es “vida”, sino “muerte y vida”, paso de la muerte a la vida.

Nuestro paso cuaresmal por el desierto, la vida que llevamos a diario -a veces, a la rastra…- es cansancio, muerte, sacrificio y también vida. Es, Señor, “huella de tu pueblo en el desierto”. Es volver a dar los pasos que, desde Adán, dieron nuestros antepasados. Son historia conocida y repetida. No hay nada nuevo bajo el sol. Los hombres de mi tiempo no inventaron ni la fidelidad ni la apostasía: existieron mucho antes, desde el albor de la Creación (5).

¿Qué nos queda? 
Caminar. Caernos. Levantarnos. Pedir ayuda. Ayudar. Llorar. Secarnos las lágrimas y secar las lágrimas del hermano. Buscar a Dios. No desesperar si no lo hallo. Vivir y dar vida. Ser feliz y hacer felices a otros. Compartir solidariamente el pan nuestro de cada día y los minutos de cada día y los afanes de cada día.

Al final de la larga senda, desde la Tierra prometida, poder decir: -¡Llegué! Y sólo podré pronunciar esa corta palabra si salí, caminé y no desistí del esfuerzo que la senda reclamaba.

La Cuaresma nos ayuda a no perder la esperanza, aunque todavía falte mucha senda a recorrer.

Fray Héctor Muñoz op

Nueva actualización de los audios de nuestro programa radial


Programa del viernes 7 de marzo de 2014. Tema: La Gracia del Sacramento. Invitado: Padre Lucas.

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Programa del viernes 28 de febrero de 2014. Tema: El Papa Francisco y los Sacramentos de sanación.

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Programa del viernes 21 de febrero de 2014. Tema: Los enfermos en la Iglesia.

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