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Cuando la cruz une


La cruz de Cristo nunca tiene un nombre especial. Es la cruz de Cristo, la cruz de la entrega, del amor hasta el extremo. La cruz pobre, un madero. La cruz de la humillación y la victoria. La cruz del odio y del amor. La cruz de la traición y la vida. El árbol verde que quisieron destruir. La vida ofrecida. Gotas de sangre. Costado abierto. El peso y la caída. Las manos que sostienen al Hijo. Las manos que se alzan queriendo tocar su manto. El silencio roto en una roca al entregar su espíritu.
 
Tal vez no hace falta ponerle un nombre a la cruz. Porque la cruz, nuestra cruz, siempre tiene un nombre. Un nombre gris a veces, otras heroico. Un nombre fuerte, rudo, impronunciable muchas veces, insostenible por momentos.
 
Mi cruz tiene nombre propio, con apellidos. Tiene mi olor y mi alma. Tiene mi silencio y mis lágrimas. Por eso no es necesario ponerle nombre a la cruz en general. Porque la cruz no tiene un nombre abstracto que valga para todos. Tiene mi nombre único e irrepetible.
 
Al cumplirse cien años de historia de nuestra alianza con María en el Santuario nos entregaron una cruz con nombre propio: La cruz de la unidad. Una cruz que muestra lo central de nuestra espiritualidad. María, en la cruz, unida a Cristo.
 
Decía el Padre José Kentenich: «Al igual que todo su ser, también su vida y su actuar, están totalmente ordenados a Cristo, a su persona y su misión. Ella sólo existe a causa de Él. No hay otra razón para su existencia»[1].
 
Es una cruz que habla de unidad. De la unidad entre Cristo y María. Entre Cristo y los hombres. Entre los mismos hombres como hermanos. La cruz del cáliz abierto en el que se derrama su sangre. Hasta su última gota. La unidad entre la Madre y el Hijo. Entre Ella y nosotros.
 
La unidad anhelada por nuestra alma dividida. Rota por las heridas que nos deshojan. En las caídas que nos deshacen. Desunidos ante una cruz que se llama de la unidad.
 
Nuestra vocación tiende a la unidad. Nacemos unidos a una madre y toda nuestra vida es querer volver a estar unidos para siempre. La muerte es el nacimiento a una vida nueva en la que nos unimos a Dios.
 
Soñada unidad. Un solo corazón. Una sola alma. Un solo deseo. Un encuentro. Unidad en la diferencia. Unidad en la distancia. Unidad superando las barreras que separan, los límites, las incongruencias, las caídas. Unidad más allá de la afirmación de nuestra verdad, renunciando a nuestro orgullo.
 
Sufrimos tanto por afirmarnos que acabamos negando a otros. Por elevarnos pisamos otras vidas. Nos empeñamos tanto en valer que desvalorizamos a los demás. Nos ofuscamos buscando quiénes somos, queriendo ser. Y no nos miramos en el espejo de aquellos a los que amamos.
 
Una cruz de la unidad. María elevada ante la cruz, alzada casi en el aire. Sosteniendo un cáliz abierto. Recogiendo la vida. Los pies en la tierra, en las manos de los hombres. Las manos alzadas tocando el cielo, en medio de una muerte.
 
El amor que asciende. El amor que desciende. La mirada de Jesús cerca ya de perderse. Su aliento, sus palabras. Sostenido en un gesto difícil de describir. El sí de María a Jesús. El sí de Jesús a María. El sí que es unidad. La unidad de esa sangre que es nuestra sangre. De ese amor que es el nuestro.

 
P. Carlos Padilla
ALETEIA
[1] J. Kentenich, 1954