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"Recen por mí". No lo olvides. Ave María...

Un anciano chino ha atendido a su esposa en la cama durante los 56 años que llevan casados


El diario británico Daily Mail introduce la historia de Du y Zhu, que recoge del diario chino People´s Daily Online, afirmando que "en ocasiones, la gente más normal es capaz de demostrar el amor más grande".

Es el caso de su protagonista, Du Yuanfa, un granjero de la pequeña aldea de Sunjiayu, en la provincia de Shandong, al este de China. Tiene 84 años y lleva 56 cuidando de su esposa Zhou Yu´ai, de 76, en una emocionante peripecia vital que deja así de ser conocida sólo para sus vecinos.

Prácticamente toda su vida matrimonial

Du y Zhou contrajeron matrimonio en 1959, él con 28, ella con 20. Pero sólo llevaban cinco meses casados cuando la joven se quedó repentinamente paralizada a consecuencia de una enfermedad de muy mal pronóstico.

Du trabajaba en las minas de carbón de la cercana localidad de Tai´an cuando un día recibió carta de su familia: "Tu mujer está enferma y obligada a estar en cama". Regresó y comprobó, efectivamente, la parálisis total de Zhou, que le impedía realizar cualquier tarea personal o doméstica. Tenía el cuerpo agarrotado, las cosas se le caían de las manos y había que alimentarla en la boca.
Fotos: Du Yubao.

A partir de entonces Du comenzó un duro recorrido de un hospital a otro, llevando a Zhou en silla de ruedas, por ver si había solución para su problema, pero fue en vano. Les dijeron que estaría de por vida obligada a estar en cama, y además no podría quedarse embarazada.

Una determinación inquebrantable


Fue entonces cuando algunos amigos sugirieron al hombre que se divorciase de ella para empezar una nueva vida, pero Du se negó y le dijo a su mujer: "No te preocupes, te cuidaré siempre".

Lo primero que hizo fue dejar su trabajo como minero para instalarse por su cuenta,trabajar en el campo y poder atenderla cada día a tiempo pleno en el lecho al que la joven quedó atada.
Fotos: Du Yubao.

Desde entonces y hasta hoy han vivido en una casa de piedra de mobiliario muy simple y donde Du hace todas las tareas del hogar, desde la cocina a la cama donde, bien envuelta por el frío, yace Zhou.

La felicidad de la entrega


Y Du no se da por vencido en cuanto a encontrar una cura para su mujer, o al menos un alivio a sus padecimientos. Si se entera de alguna nueva receta basada en hierbas, sale a la montaña, recoge los ingredientes, la prepara... y la prueba él antes, por si acaso es venenosa.

La generosidad de los vecinos de la zona, conocedores de su dedicación, les ha ayudado todos estos años, pues les facilitan comida y medicinas.

Pero Du reserva para sí la labor más amorosa: lavar, alimentar y masajear la carne de Zhou para que se mantenga viva. Es la historia de un matrimonio que se aproxima ya a los sesenta años y les hace a ambos tremendamente felices.

Resurrección, nueva creación



La resurrección de Jesucristo, centro del cristianismo, es el factor último que inicia la nueva creación que esperamos. Con Él todo empieza, todo es nuevo, todo es renovado.
La creación del cielo y de la tierra, de todo cuanto existe, de los seres vivientes, es leída, interpretada y recreada por la Pascua del Señor. Pensemos, por ejemplo, en la primera lectura de la Vigilia pascual: el relato de la creación inaugura la larga liturgia de la Palabra que culmina en el evangelio de la Resurrección y es interpretada por la bellísima oración de san León Magno, "oh Dios, que de manera admirable creaste al hombre y de manera más admirable aún lo redimiste...". Pensemos, también, como en las Laudes dominicales entonamos el canto de las criaturas de Daniel, alabando la creación al Señor por su santa resurrección.
 
Todo lo que ha sido creado, ha sido redimido. Entonces, por la Pascua del Señor, han comenzado ya los cielos nuevos y la tierra nueva porque algo creado, la materia, el cuerpo de nuestro Señor ha entrado ya en la nueva creación y atrae a todo hacia Él.

Pensemos teológicamente, y así reforzamos nuestro contenido doctrinal, en la resurrección de Cristo, en su corporalidad glorificada y en el cielo nuevo y tierra nueva, la nueva creación. Es un largo texto de Von Balthasar que pide varias lecturas para asimilarlo.
 
[El Resucitado] "no vino como proyección de la fe viva de sus discípulos, porque vino cuando ninguno de ellos creía lo más mínimo en esta posibilidad, e incluso él emprendió una dura controversia contra su casi tan dura incredulidad.
 
Este Uno vino y trajo así para todos la esperanza, sí, la certeza de la vida eterna, salida con él del reino de los muertos. Y trae precisamente lo que necesitamos, aunque no acertemos a ver ningún camino para poder conseguirla: la vida más allá de la muerte, que no es simplemente la continuación de la vida antigua -¡esto no, por favor, esto en ningún caso!, proque de ella hemos tenido bastante aquí abajo-; seguir viviendo, pero tampoco como algo completamente nuevo, diferente, por ejemplo, en un planeta distinto un nuevo comienzo de vida cósmica: esto no sería una solución, porque ya no seríamos nosotros mismos. En resumen, incomprensiblemente, las dos cosas a la vez: paso a la eternidad de Dios y, a la vez, plenitud transfigurada de todo aquello que quedó, sin esperanza, inacabado, incompleto en la tierra.
 
Esta vida terrenal, maravillosa, única, purificada de todas las impurezas y miserias, elevada a la eterna. Posibilidad inconcebible, que entre todas las religiones sólo la ofrece el cristianismo, tan hermosa, que muchos se atascan aquí y, como los discípulos de Jesús, "no acaban de creer por la alegría", porque aparentemente es demasiado hermosa para ser verdadera.
 
Que es verdadera, nos lo testimonian los mensajeros de la resurrección. Dejemos que sea verdadera: es nuestra única posibilidad. Únicamente aquí está la salida de la cárcel cósmica del tiempo, el espacio y la muerte. Únicamente aquí está la posibilidad de darle anticipadamente un sentido y un resplandor de vida eterna a la vida cotidiana... 
 
Nuestras obras, el mundo transformado por nosotros, nos acompañarán sin duda en la eternidad (Ap 14,13). La nueva Tierra, que vendrá un día, será tanto la conseguida por el hombre como, al mismo tiempo, la elevada por Dios a definitiva" (VON BALTHASAR, H.U., Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997, pp. 86-87).

Compartir la cruz


La cruz de Cristo reposa sobre sus hombros, como Cabeza de la Iglesia, pero reposa también sobre cada uno de los miembros de Cristo.

La llamada al seguimiento que nos hace Cristo incluye seguirle pero cargando con la cruz cada día. Será la cruz la clave del verdadero seguimiento, el signo de la pertenencia a Cristo y de la unión real con Él por el bien de las almas, de la salvación del mundo.
 
Con Cristo se comparte todo, incluida la cruz. Llamados a cargar con nuestra cruz diaria, vamos viviendo de manera que en nuestra propia carne se completan los dolores de la pasión de Cristo y su cruz, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24). La misma forma de vivir Cristo su Cruz redentora es un ejemplo para que sigamos sus huellas, como dirá san Pedro en el himno de su primera carta.
 
La vida cristiana toma una forma, la forma de Cristo, y su Cruz redentora, sobreabundante, es llevada también por el cristiano. No es que nuestra cruz personal se sume a la Cruz de Cristo, que nuestra cruz sea redentora al lado de la de Cristo, sino que es la misma Cruz del Señor que en su peso infinito cae sobre los hombros. Nuestra cruz, entonces, no es otra distinta a la de Cristo, sino una participación en la Cruz del Señor.
 
La cruz aparece en la vida cristiana, sobre todo, por encima de todo, cuando tomamos en serio el anuncio del Evangelio, la extensión del Reino de Dios, la vida apostólica en medio de las realidades temporales. Es decir, cuando la propia vida se ha puesto al servicio del Señor y se entrega a las obras de Cristo. El mundo -la mundanidad, el pecado- se revuelven y descargan golpes sobre quien se entrega de veras al Señor: persecuciones, rechazos, murmuración, críticas... Es una cruz que no viene más que por el rechazo a Cristo y a su Evangelio. Los santos lo saben bien. 
"Si demostramos celo por la causa de Dios en la tierra, no debe sorprendernos que no baste un poco de actividad apostólica, porque también a nosotros debe correspondernos una parte de la cruz. Dichoso el que sepa entonces reconocerla y agradecerla...
 
Pero lo que tenemos que sufrir imitando al Señor, nunca lo añadiremos a su pasión, como si sólo de los dos juntos resultara la suma total. Más bien, sabemos que el sufrimiento que nos llega procede de la totalidad sobreabundante de la cruz, como una obligación y un honor para nosotros" (VON BALTHASAR, H. U., Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997, p. 72).
P. Javier Martinez 

EL VIÁTICO, PLENITUD DE LA SALUD

El Papa Benedicto XVI, en una de sus primeras orientaciones, nos ha recomendado no olvidar el concilio Vaticano II, ya que su riqueza es tan grande que de ninguna manera podemos considerarla agotada.

Este simposio sobre el Viático brota de una necesidad de reflexionar más a fondo, en el Consejo pontificio para la pastoral de la salud, sobre lo que le imprime su forma específica, porque nos ofrece el princeps analogatum de la salud, y la meta hacia la que se dirige todo  nuestro esfuerzo pastoral. Constituye un magnífico marco para reflexionar en lo que se nos ofrece en este Año de la Eucaristía que estamos celebrando, y para  el cual presentamos este modesto estudio, como una pequeña contribución.

Refiriéndome a la recomendación de nuestro  Sumo  Pontífice, deseo partir de  tres párrafos tomados de dos constituciones  del concilio Vaticano II:  la Lumen gentium y la Sacrosanctum Concilium.

Sobre el sacramento de la unción de los enfermos, la constitución dogmática sobre la Iglesia nos dice:  "Con la sagrada unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve (cf. St 5, 14-16). Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rm 8, 17; Col 1, 24; 2 Tm 2, 11-12; 1 P 4, 13) y a contribuir, así, al bien del pueblo de Dios" (n. 11).

Más adelante, en el mismo número, la constitución afirma:  "Al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella. (...) Muestran de manera concreta la unidad del pueblo de Dios, que este santísimo Sacramento (...) realiza tan maravillosamente" (ib.).

La constitución sobre la sagrada liturgia dice:  "Y el mismo Apóstol nos enseña a llevar siempre la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal (cf. 2 Co 4, 10-11). Por eso, pedimos al Señor en el sacrificio de la misa que, "recibida la ofrenda de la víctima espiritual", haga de nosotros mismos "una ofrenda eterna para sí" (Misal Romano, Secreta del lunes de la octava de Pentecostés)" (Sacrosanctum Concilium, 12). 


Testigos de la redención: los enfermos

Tenemos experiencia de cómo algunos enfermos son realmente evangelizadores. Lo hemos visto y nos hemos quedado impactados por la vida y el testimonio que están ofreciendo en la enfermedad, extendiendo, como un bálsamo, luz, paz y serenidad a quienes le rodean, hablando con un amor infinito del Señor, para sorpresa de quienes le visitan y que, tal vez, esperarían palabras más amargas, de queja o reproche al Señor.
 
 
El enfermo evangeliza. El enfermo (santo) evangeliza dando testimonio de la fuerza del Señor en su debilidad, hablando palabras de fe, aceptando con paz el sufrimiento, orando y ofreciéndose.  
"En un tiempo en el que se oculta la cruz, vosotros, aceptándola sois testimonios de que Jesucristo quiso abrazarla para nuestra salvación" (Juan Pablo II, Disc. a los jóvenes enfermos y minusválidos, Santiago de Compostela, 19-agosto-1989).
 Normalmente esto no se improvisa. Previamente, durante años, habrá vivido de fe, esperanza y caridad; habrá estado unido realmente al Señor mediante la liturgia, los sacramentos y la oración que habrán configurado su alma. Cuando llega la enfermedad, aflora todo lo vivido antes, lo acumulado, lo preparado en horas de oración. Entonces evangelizará el enfermo.
 
Otras veces, como milagros de la gracia, es la misma enfermedad la que se constituye en una llamada del Señor a quien, tal vez, ha vivido muy fríamente su fe. Aquí se le manifiesta el Señor y la enfermedad se convierte en momento de conversión profunda y, transformándose, el enfermo es evangelizado y evangeliza a su vez.
 
El sufrimiento, y en general, la enfermedad, es también un camino de santidad posible, cuando se acepta unido a Cristo; por eso se puede evangelizar. 
"Ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en un don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia". Por esto, el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sufrimientos de Cristo. Es inconmensurable también la fuerza evangelizadora que posee el dolor" (ibíd.).
 Los enfermos evangelizan cuando viven conscientemente su situación de sufrimiento como un camino de santidad. ¡Magníficas lecciones de amor a Cristo crucificado!

P. Javier Sánchez Martínez.
Córdoba, España.

Carta del Papa Francisco a la Federación de Servicios Sacerdotale de Urgencia y Nocturnos


El Papa Francisco ha escrito al Presidente de los Servicios Sacerdotales de Urgencia y Nocturno de Argentina, Señor Manuel Martín, la siguiente carta en respuesta a la suya en la cual contaba al Santo Padre los avances que se han realizado en estos años tanto en el país como la nueva sede del SSN en Quito, Ecuador.

En la afectuosa carta del Papa invita a todos los voluntarios que formamos este Apostolado de la Iglesia, a que aprovechemos el próximo Jubileo de la Misericordia para intensificar la colaboración con nuestros Pastores en "la misión de acudir con afecto y asistir con ternura a los enfermos y moribundos".

Y finalmente, luego de citar la Bula donde convocó a toda la Iglesia al Año de la Misericordia, anima a todos los que ya realizan el servicio o se sumarán a hacerlo y pide, con la humildad de siempre, que recemos por él.

Los Servicios Sacerotal de Urgencia es un servicio gratuito que brinda la Iglesia para poder llegar a los más necesitados de los Sacramentos en horarios en los que no es fácil encontrar un Sacerdote. Las guardias de este servicio están constituidas por un Sacerdote y dos a cuatro laicos que entre las 21:30 y las 6:30 de la mañana siguiente están atentos a los llamados para asistir con el Santo Viático, la Unción de los enfermos y la Confesión a enfermos graves en hospitales o casas de familia.

Este Apostolado surgió en 1952 en la ciudad de Córdoba, Argentina,cuando el Dr. Armando C. Sánchez fue a buscar un sacerdote para que su padre recibiera la Unción de los Enfermos pero no pudo encontrar a ninguno pese a recorrer varias parroquias, capillas y hasta el convento de la ciudad.  Fue entonces que concibió la idea de que la Iglesia tuviera un servicio de guardia nocturna. La propuesta fue elevada al Arzobispado de Córdoba quien apoyó la iniciativa. De esta forma, se crea por primera vez en el mundo el Servicio Sacerdotal de Urgencia. Un año más tarde se fundó en Buenos Aires, en 1954 en Mendoza y en 1955 en Tucumán. Actualmente, son 16 diócesis de la Argentina las que cuentan con los Servicios Sacerdotales de Urgencia. Además, desde el lunes 17 de junio de 2013, comenzó a funcionar el Servicio Sacerdotal Nocturno de Quito en Ecuador.

A continuación la carta completa enviada por el papa Francisco:



La Cruz siempre es redentora

En el árbol de la Cruz floreció el mejor fruto: ¡Cristo salvando! La Cruz es el mejor árbol, árbol de la vida, que repara aquel árbol del bien y del mal que trajo la ruina al hombre.


La fe de la Iglesia cantó a este árbol de la Cruz bendito y glorioso que nos trajo la salvación; "el árbol de la cruz en que estuvo clavada la salvación del mundo". Es el himno Crux fidelis:

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!


Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.

...

Tú solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo,
tú el arca que nos salva, tú el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido.


 En la cruz de Cristo se encuentra incluida nuestra propia cruz, o nuestras diversas cruces, y sólo en la medida en que estén incluidas en la cruz del Señor, contendrán algún bien para nosotros y para los demás. Es el misterio del dolor y del sufrimiento iluminados y transformados por el sufrimiento del Salvador: hay una fuerza oculta en el sufrimiento que es un misterio del bien, una semilla de redención. Es necedad para el mundo y locura, y sin embargo, es fuerza de Dios y sabiduría de Dios porque por el sufrimiento cargado y asumido por el Cordero ha venido la redención.
 
"Pidámosle poder comprender lo que Él pretende decirnos mediante el sufrimiento. A través del sufrimiento Dios nos habla, nos instruye, nos guía. Nos salva. ¡Oh, qué importante es comprender estas cosas! Ciertamente es algo que va más alla de nuestras capacidades humanas, de las leyes de nuestra psicología. Es una sabiduría superior, que no aniquila la humana, sino que la enriquece, superándola y acogiendo la "lógica" del pensamiento de Dios. Dichosos nosotros si sabemos ver la bondad de Dios incluso en el momento en el que nos manda la prueba. ¿Qué nos enseña Jesús? Precisamente esto: a confiar siempre en el Padre, aun en el momento de la cruz. Si el Padre manda la cruz existe un porqué. Y puesto que el Padre es bueno, ello no puede ser más que para nuestro bien" (Juan Pablo II, Audiencia general, 30-marzo-1988).
 
En este misterio, el sufrimiento es un lenguaje divino y a la vez un instrumento de salvación; la condición para que así sea es que se una al sufrimiento del Redentor y se viva con amor.
 
"Esta inmolación [de Cristo] encierra una gran enseñanza para todos nosotros, pues nos muestra que el amor alcanza su culmen mediante el sufrimiento. Dado que Cristo ha querido asociarnos a su misión redentora, estamos llamados también nosotros a compartir su cruz. Los sufrimientos, que no faltan en nuestra vida, están destinados a unirse al único sacrificio de Cristo" (Juan Pablo II, Audiencia general, 11-abril-1990).
Javier Sánchez Martínez 
autor, editor y responsable del Blog Corazón Eucarístico de Jesús, 
alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com

Lill y Bill, de 89 y 93 años, casados durante 73 años, han muerto con 5 minutos de diferencia


Lillian Karr Wilson, ´Lill´, y William Wilson, ´Wild Bill´, de 89 y 93 años respectivamente, han muerto con cinco minutos de diferencia. 

Ambos estaban enfermos de Alzheimer y vivían en centros diferentes en Lexington y Wilmore, ambas localidades del estado de Kentucky (EEUU). Esta coincidencia no sería noticia si Lill y Will no hubieran sido esposos durante 73 años.
Su hijo Doug, de 66 años, recibió dos llamadas con cinco minutos de diferencia durante la madrugada del 7 de abril. Le informaban de la muerte de sus dos padres. Doug declaró: "Todos lo vimos como una bendición porque tendremos un solo funeral para los dos".

Lillian había declarado una vez: "No me iré hasta que Bill se vaya". Y se cumplió, pues ella fue la que murió después.

Durante los últimos años de su vida se mantuvieron unidos: su hijo Doug se ofrecía a llevar en coche a su madre de su residencia en Lexington al centro de veteranos del cercano pueblo de Wilmore, a más de media hora de distancia. 


William y Lillian Wilson, 73 años casados hasta que la
muerte les separó, pero sólo 5 minutos

Nacidos ambos en la ciudad de Corbin (Kentucky), se casaron en 1941. La pareja se había conocido en la Universidad Western Ketucky. Con la Segunda Guerra Mundial, William fue alistado en el ejército y tuvo que renunciar a su plaza. Entonces decidieron fugarse juntos a pesar de las protestas de sus respectivos padres.

Cuatro años más tarde William quedó libre de sus obligaciones con el ejército y regresó a Corbin, en 1945, se dedicó a regentar varios grandes almacenes. Por aquella época impulsó y protagonizó un show matinal de radio para promocionar sus negocios. En este programa se hacía llamar ´Wild Bill Willson´.

La familia formada por Bill y Lill y sus tres hijos, Doug, Mike y Terry, se mudó a Atlanta, donde invirtieron sus ahorros en un centro comercial. Sin embargo, un plan para construir una circunvalación en esa zona les hizo renunciar a ese proyecto.

Entonces William levantó una exitosa empresa, con una inversión inicial de 800 dólares, mientras que Lill trabajó como cajera hasta que se retiró y pudo ayudar a su marido en sus actividades.

Como habían vivido juntos, murieron juntos, y así lo atestigua su hijo Doug, a quien sus padres dieron la última sorpresa entre las 3:52 y las 3:57 a.m. de la madrugada de este 7 de abril.


Francisco Delgado-Iribarren/Europa Press

La cruz frente a la muerte


Estos días nos estamos viendo envueltos en una nube de dolor y del sinsentido de la muerte. Hechos como el siniestro del avión que se estrelló en los Alpes, o como la matanza de cristianos el sábado en Nigeria, otros días en Irak, Siria,Túnez... nos hacen preguntarnos: ¿Hay una respuesta a tanto sinsentido? Los cristianos hemos recibido una respuesta, que no una solución, ni una explicación a lo inexplicable: la de la Cruz de Cristo.

Desde la Cruz nos alcanza la salvación, la abundancia de sentido, que no es otra que Dios mismo: misterio insondable de amor que asume nuestra cruz. Es en el vaciamiento de Dios en la cruz de su Hijo, sin reservarse nada, donde se manifi esta su benevolencia y su amor: porque nadie tiene más amor que el que da su vida por los demás. Jesucristo es Dios, don todo. Él, al dar su vida en la cruz por nosotros, da todo el amor de Dios; no se guarda nada para sí. Es ahí también donde acaece el juicio de Dios sobre la humanidad pecadora y hostil, la humanidad fratricida, perdida, pecadora. Juicio que no es otro que su infi nito amor actuante, su perdón, desde donde, por contraste, se hace patente nuestra maldad y nuestro pecado y se nos llama a la conversión: a asumir el amor que Dios mismo pone en nosotros para que lo llevemos a cabo consumando su obra. La muerte en la cruz es la señal y la prueba elocuente del amor de Dios a los hombres. Al entregar a su Hijo Jesús a la muerte, y una muerte de cruz, nos da su defi nitiva y suprema muestra de amor. Supone una seria y decisiva voluntad de entrar de veras en nuestro mundo injusto y brutal, de implicarse en él desde dentro y de exponerse al rechazo de la libertad del hombre, pero vaciando enteramente su amor que crea y recrea con su infi nito poder. Jesús, inocente y justo, se entrega a la muerte, interiormente animado por la más extrema fi delidad a Dios y amor al hombre. Jesús experimenta la oscuridad de la muerte y aun el alejamiento de Dios que ésta lleva consigo, pues es fruto del pecado. Pero también sufre la muerte con una confi anza total e inquebrantable en Dios su Padre, abandonándose en sus manos. Y esta actitud cambia por dentro el sentido de la muerte: Jesús, inocente y justo, misericordioso y fi el, confi ado y lleno de amor, convierte en la más extrema cercanía a Dios lo que era extrema lejanía de Él. Jesús no sufre la muerte como un destino fatal. Padece y muere libremente en perfecta comunión con la voluntad de su Padre y por amor a los hombres.

Gracias a este amor de Jesús, fiel a Dios y solidario de los hombres, podemos también nosotros responder con fidelidad y entrar en una nueva relación de amor con el prójimo e, incluso, con el enemigo: podemos amar sin fronteras porque, por la Cruz de Cristo, somos hijos de Dios. Al mismo tiempo que la pregunta «¿Dónde está vuestro Dios?», en la lectura de la Pasión según San Juan, escuchamos otra pregunta que hace el mismo Jesús en Getsemaní : «¿A quién buscáis?» y la respuesta de los que venían a apresarle para darle muerte fue «A Jesús, el Nazareno». Este Nazareno sigue hoy sufriendo, con las llagas y el costado abierto, con el grito desgarrado o con el resuello de la agonía en el largo viacrucis de nuestro tiempo, lleno de sangres y heridas, lleno de dolor y envuelto en escarnio y abandono de tantísimos hermanos nuestros. El Nazareno de hoy, la cruz de hoy, es ese conjunto de rostros de hombres y mujeres infamados, de los rostros escupidos o rotos por el hombre mismo: rostros muy concretos, ante los que nos tapamos los ojos o los giramos a otro lado porque no los queremos ver. Pero a pesar de nosotros, ese rostro lleno de sangre y heridas, cubierto de dolor o de burlas nos mira, y nos pide compasión y nos acusa. Es el mismo rostro de Jesús, en su más extremo sufrimiento de la cruz que sigue orando al Padre con aquella oración sobrecogedora del abandonado pueblo de Israel: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Este grito dirigido a Dios alcanza todo su signifi cado en la boca de Jesús, aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios a los hombres. Pero si Jesús se reconoce «abandonado» de Dios, entonces, ¿dónde podremos encontrar a Dios? ¿No es éste el eclipse de sol histórico, en el que se apaga la luz de este mundo? Hoy resuena en nuestros oídos el eco, redoblado, de este grito desde demasiados sitios. En la hora actual parece que nos hallamos en aquellos momentos de la pasión de Jesús en que surge la exclamación «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Se trata de una pregunta que no se puede responder con argumentos y palabras. La única solución es resistirla y sufrirla con Aquél y en Aquél que ha sufrido por todos nosotros. Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestro siglo XXI, tenemos que integrar el grito angustiado de nuestro siglo en el de Cristo, cambiarlo en una oración dirigida a Dios que, a pesar de todo, sigue estando cerca.

Pero, ¿se puede rezar honradamente antes de haber hecho nada por enjugar la sangre de los que sufren y secar sus lágrimas? ¿No es el gesto de la Verónica lo primero que debe hacerse? En efecto, sí, pero inseparablemente de la oración. Más aún, es en la oración donde nos identifi camos con Dios, donde no podemos quedarnos como espectadores. Jesús oró, participando de la angustia de los condenados.Y nosotros podemos percibir la cercanía de Dios, cuando, como Jesús, no somos meros espectadores. Los que verdaderamente sufren, o están al lado de los que sufren, precisamente en su sufrimiento descubren a Dios. La adoración sigue saliendo de los lugares donde los hombres sufren, y no de los espectadores del horror. No es casualidad que el hombre más torturado, el que más sufrió, Jesús de Nazaret, haya sido el revelador; mejor dicho, haya sido y sea la revelación misma. No es casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucifi cado. Y que el ateísmo tenga su lugar y su padre en un mundo de espectadores saciados. Este mundo de espectadores saciados necesita a Cristo, necesita a Dios, volver a Dios.

Cardenal Antonio Cañizares

© La Razón

Curada de esclerosis múltiple tras recibir la Unción de los enfermos

Marion Carroll, en el centro, poco después
de su curación en 1989, con su hija Cora
y su marido Jimmy

Desde que se produjeron en Irlanda las apariciones de Knock en 1879 (explicadas aquí en CariFilii), cientos de miles de personas han visitado su santuario (www.knock-shrine.ie) y se han recogido testimonios de gracias recibidas por intercesión de la Virgen, pero sin duda el caso más radical y asombroso es el de la curación repentina y médicamente inexplicable de la esclerosis múltiple de Marion Carroll en 1989.

Aún hoy esta mujer, devota de la Virgen desde niña, se mantiene sana y viaja por el mundo contando su experiencia y testimonio. Lo ha contado con detalle a televisiones internacionales y a la prensa regional, como el Independent Westmeath.
Un aparición sin palabras y muy peculiar


La aparición, aunque cuenta con reconocimiento eclesiástico, en sí ya es peculiar. La tarde del 21 de agosto de 1879, Mary Mcloughlin y Mary Byrne regresaban a casa bajo la lluvia y al pasar junto a la parte trasera de la parroquia de la aldea de Knockvieron, asombradas, a una mujer vestida de blanco en actitud de oración, con una corona brillante ajustada en la frente con una rosa. 

A la derecha vieron un hombre con túnica blanca y otro hombre vestido como obispo con ropaje blanco predicando. Junto a las figuras había un altar grande, y sobre él un cordero, y detrás una gran cruz. Llamaron a más testigos y durante dos horas, en este escenario, revoloteaban ángeles en torno al cordero. 

Seis semanas después de la visión, el Arzobispo de Tuam, John McHale, constituyó una comisión de investigación, en la que se examinaron a los 15 testigos. Sus conclusiones fueron rotundas: los testimonios de los 15 videntes eran coherentes entre sí y fiables. En 1936, el arzobispo de Gilmartin constituyó otra comisión para examinar a tres videntes sobrevivientes: Mary O´Connell (Mary Byrne), Patrick Byrne y John Curry. Los tres confirmaron sus declaraciones originales de 1879. 

La Iglesia interpretó la visión (que no contaba con mensajes hablados ni palabras) como una aparición de la Virgen María, San José, San Juan Evangelista (el obispo) yJesucristo como Cordero y Cruz, remitiéndose al Libro de Apocalipsis, atribuido a Juan. 

Una curación para asombro de la ciencia


Pero las curaciones y gracias que se han recibido en Knock durante más de un siglo se vieron reforzados en 1989 con un caso que ha asombrado a la medicina del siglo XX y la del XXI y que se ha enviado a dicasterios vaticanos para su análisis. El análisis incluye dejar pasar décadas para ver si la curación es definitiva, duradera, y 26 años después parece que así es

Marion Carroll vive aún en Athlone, la ciudad donde su familia durante varias generaciones tuvo una zapatería. De niña, en los años 50, poco después de hacer su primera comunión, sufrió un brote de tuberculosis que casi la mata. Se curó en el hospital y su padre, Joe McCormack, en agradecimiento a la Virgen hizo construir una capillita con una imagen. 

Desde niña Marion fue devota de la Virgen, y de joven ingresó en la Legión de María (www.legiondemaria.org). Siempre dedicó mucho tiempo a la iglesia, y le gustaba rezar el rosario desde su juventud.

Se casó en 1971 con Jimmy Carroll. Ya en su primer embarazó notó que tenía extraños problemas de salud, pero en esa época se conocía poco la esclerosis múltiple. Sólo se le diagnosticó oficialmente en 1978. 

Cada vez más partes de su cuerpo empezaban a fallar, sus miembros no le obedecían. A veces, mejoraba momentaneamente, pero enseguida se agravaban sus síntomas. Desde 1985 ya no hubo mejorías y quedó prácticamente paralizada en casa.

Marion mantuvo su fe y no se enfadó con Dios ni lo criticó. Veía acercarse la muerte y pensaba que Dios era bueno por haberle dado un buen marido e hijos, que muchos otros no habían podido tener. Su marido se levantaba varias veces cada noche para atenderla, y madrugaba luego para llevar los niños al colegio. Estuvo en Lourdes y en algunos otros encuentros donde sintió paz y confianza en Dios, pero no pedía nunca su curación, sólo fuerza para sobrellevar la enfermedad.

En camilla a Knock: unción de enfermos


Un domingo de septiembre de 1989 todo cambió. Su hígado tenía varias infecciones, estaba paralizada y quizá le quedaban pocos días de vida. Unos amigos del hospital St Vincent de Athlone le habían ofrecido llevarla al santuario de Knock en camilla, a una oración por los enfermos. Ella había aceptado tan solo para que su marido e hijos no tuvieran que atenderla durante unas horas y pudieran descansar.

Una vez en el santuario, la llevaron atada en su camilla frente al altar principal, bajo la estatua de la Virgen. El obispo Colm O´Reilly le administró la Unción de los Enfermos. La llamó por error Mary, en vez de Marion, y ella se puso de mal humor, incluso enfadada, porque no decían bien su nombre.

"Recibí después la Santa Comunión, y sentí un dolor malísimo en mis tobillos... y cuando ese dolor se fue, todos los dolores de mi cuerpo se fueron", explica. "Tenía una sensación hermosa en mi interior; como si una brisa susurrante me hubiera dicho que si se quitaban las correas de mi camilla, podría levantarme y caminar".

No lo hizo allí, en la iglesia, ante todos. Pero al acabar la misa pidió a sus amigos que quitaran las correas. "Mis dos piernas colgaron... y me mantuve en pie, y fue como si nunca hubiera enfermado", explica Marion.

En el camino de vuelta iba sentada y bebiendo té. Cuando llegó a casa, su marido salió para recogerla con la silla de ruedas... y quedó anonadado al ver que ella bajaba caminando de la ambulancia.


El asombro de los técnicos sanitarios


Ese día le acompañaban dos profesionales sanitarios de Athlone que la conocían bien y que han contado cómo lo experimentaron al "Independent Westmeath" y a todos los que les preguntan: la enfermera residente en Athlone Ann Flanagan y el técnico de emergencias médicas Gerry Glynn.

Los dos visitaron a Marion al día siguiente... y la que había estado paralizada 24 horas antes les preparó un té. "Caminaba por la casa, un poco furtivamente, pero por todas partes y no podíamos creerlo. Era una experiencia irreal. Sus músculos deberían haber estado laxos después de tanto tiempo inmóbiles, pero ahora ponía un pie delante de otro y caminaba", recuerda la enfermera Ann Flanagan.

Marion, que durante años estuvo protegida y escudada del mundo por su marido, ahora lleva ya varios años viajando y contando su testimonio. Cuando habla con gente que dice haber recibido algún don de la Virgen o de Dios suele comentarles que puede tratarse de dones sólo para la persona en sí, que no necesariamente deben difundirse, pero en su caso concreto está convencida de que debe hablar de lo que ha vivido. "Me gusta hacer lo que hago, pero no para que me reconozcan como Marion Carroll, sino porque el Señor me ha llamado y me ha dado un cubo y una fregona, no una corona", comenta alegre.

Bajo estas líneas, un vídeo de nuestros días; Marion y su marido Jimmy hablan (en inglés) 26 años después de la curación, agradecidos a Dios 




P.J.Ginés/Cari Filii