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"Recen por mí". No lo olvides. Ave María...

La Cruz siempre es redentora

En el árbol de la Cruz floreció el mejor fruto: ¡Cristo salvando! La Cruz es el mejor árbol, árbol de la vida, que repara aquel árbol del bien y del mal que trajo la ruina al hombre.


La fe de la Iglesia cantó a este árbol de la Cruz bendito y glorioso que nos trajo la salvación; "el árbol de la cruz en que estuvo clavada la salvación del mundo". Es el himno Crux fidelis:

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!


Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,
que reparase el daño paso a paso.

...

Tú solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo,
tú el arca que nos salva, tú el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido.


 En la cruz de Cristo se encuentra incluida nuestra propia cruz, o nuestras diversas cruces, y sólo en la medida en que estén incluidas en la cruz del Señor, contendrán algún bien para nosotros y para los demás. Es el misterio del dolor y del sufrimiento iluminados y transformados por el sufrimiento del Salvador: hay una fuerza oculta en el sufrimiento que es un misterio del bien, una semilla de redención. Es necedad para el mundo y locura, y sin embargo, es fuerza de Dios y sabiduría de Dios porque por el sufrimiento cargado y asumido por el Cordero ha venido la redención.
 
"Pidámosle poder comprender lo que Él pretende decirnos mediante el sufrimiento. A través del sufrimiento Dios nos habla, nos instruye, nos guía. Nos salva. ¡Oh, qué importante es comprender estas cosas! Ciertamente es algo que va más alla de nuestras capacidades humanas, de las leyes de nuestra psicología. Es una sabiduría superior, que no aniquila la humana, sino que la enriquece, superándola y acogiendo la "lógica" del pensamiento de Dios. Dichosos nosotros si sabemos ver la bondad de Dios incluso en el momento en el que nos manda la prueba. ¿Qué nos enseña Jesús? Precisamente esto: a confiar siempre en el Padre, aun en el momento de la cruz. Si el Padre manda la cruz existe un porqué. Y puesto que el Padre es bueno, ello no puede ser más que para nuestro bien" (Juan Pablo II, Audiencia general, 30-marzo-1988).
 
En este misterio, el sufrimiento es un lenguaje divino y a la vez un instrumento de salvación; la condición para que así sea es que se una al sufrimiento del Redentor y se viva con amor.
 
"Esta inmolación [de Cristo] encierra una gran enseñanza para todos nosotros, pues nos muestra que el amor alcanza su culmen mediante el sufrimiento. Dado que Cristo ha querido asociarnos a su misión redentora, estamos llamados también nosotros a compartir su cruz. Los sufrimientos, que no faltan en nuestra vida, están destinados a unirse al único sacrificio de Cristo" (Juan Pablo II, Audiencia general, 11-abril-1990).
Javier Sánchez Martínez 
autor, editor y responsable del Blog Corazón Eucarístico de Jesús, 
alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com

Lill y Bill, de 89 y 93 años, casados durante 73 años, han muerto con 5 minutos de diferencia


Lillian Karr Wilson, ´Lill´, y William Wilson, ´Wild Bill´, de 89 y 93 años respectivamente, han muerto con cinco minutos de diferencia. 

Ambos estaban enfermos de Alzheimer y vivían en centros diferentes en Lexington y Wilmore, ambas localidades del estado de Kentucky (EEUU). Esta coincidencia no sería noticia si Lill y Will no hubieran sido esposos durante 73 años.
Su hijo Doug, de 66 años, recibió dos llamadas con cinco minutos de diferencia durante la madrugada del 7 de abril. Le informaban de la muerte de sus dos padres. Doug declaró: "Todos lo vimos como una bendición porque tendremos un solo funeral para los dos".

Lillian había declarado una vez: "No me iré hasta que Bill se vaya". Y se cumplió, pues ella fue la que murió después.

Durante los últimos años de su vida se mantuvieron unidos: su hijo Doug se ofrecía a llevar en coche a su madre de su residencia en Lexington al centro de veteranos del cercano pueblo de Wilmore, a más de media hora de distancia. 


William y Lillian Wilson, 73 años casados hasta que la
muerte les separó, pero sólo 5 minutos

Nacidos ambos en la ciudad de Corbin (Kentucky), se casaron en 1941. La pareja se había conocido en la Universidad Western Ketucky. Con la Segunda Guerra Mundial, William fue alistado en el ejército y tuvo que renunciar a su plaza. Entonces decidieron fugarse juntos a pesar de las protestas de sus respectivos padres.

Cuatro años más tarde William quedó libre de sus obligaciones con el ejército y regresó a Corbin, en 1945, se dedicó a regentar varios grandes almacenes. Por aquella época impulsó y protagonizó un show matinal de radio para promocionar sus negocios. En este programa se hacía llamar ´Wild Bill Willson´.

La familia formada por Bill y Lill y sus tres hijos, Doug, Mike y Terry, se mudó a Atlanta, donde invirtieron sus ahorros en un centro comercial. Sin embargo, un plan para construir una circunvalación en esa zona les hizo renunciar a ese proyecto.

Entonces William levantó una exitosa empresa, con una inversión inicial de 800 dólares, mientras que Lill trabajó como cajera hasta que se retiró y pudo ayudar a su marido en sus actividades.

Como habían vivido juntos, murieron juntos, y así lo atestigua su hijo Doug, a quien sus padres dieron la última sorpresa entre las 3:52 y las 3:57 a.m. de la madrugada de este 7 de abril.


Francisco Delgado-Iribarren/Europa Press

La cruz frente a la muerte


Estos días nos estamos viendo envueltos en una nube de dolor y del sinsentido de la muerte. Hechos como el siniestro del avión que se estrelló en los Alpes, o como la matanza de cristianos el sábado en Nigeria, otros días en Irak, Siria,Túnez... nos hacen preguntarnos: ¿Hay una respuesta a tanto sinsentido? Los cristianos hemos recibido una respuesta, que no una solución, ni una explicación a lo inexplicable: la de la Cruz de Cristo.

Desde la Cruz nos alcanza la salvación, la abundancia de sentido, que no es otra que Dios mismo: misterio insondable de amor que asume nuestra cruz. Es en el vaciamiento de Dios en la cruz de su Hijo, sin reservarse nada, donde se manifi esta su benevolencia y su amor: porque nadie tiene más amor que el que da su vida por los demás. Jesucristo es Dios, don todo. Él, al dar su vida en la cruz por nosotros, da todo el amor de Dios; no se guarda nada para sí. Es ahí también donde acaece el juicio de Dios sobre la humanidad pecadora y hostil, la humanidad fratricida, perdida, pecadora. Juicio que no es otro que su infi nito amor actuante, su perdón, desde donde, por contraste, se hace patente nuestra maldad y nuestro pecado y se nos llama a la conversión: a asumir el amor que Dios mismo pone en nosotros para que lo llevemos a cabo consumando su obra. La muerte en la cruz es la señal y la prueba elocuente del amor de Dios a los hombres. Al entregar a su Hijo Jesús a la muerte, y una muerte de cruz, nos da su defi nitiva y suprema muestra de amor. Supone una seria y decisiva voluntad de entrar de veras en nuestro mundo injusto y brutal, de implicarse en él desde dentro y de exponerse al rechazo de la libertad del hombre, pero vaciando enteramente su amor que crea y recrea con su infi nito poder. Jesús, inocente y justo, se entrega a la muerte, interiormente animado por la más extrema fi delidad a Dios y amor al hombre. Jesús experimenta la oscuridad de la muerte y aun el alejamiento de Dios que ésta lleva consigo, pues es fruto del pecado. Pero también sufre la muerte con una confi anza total e inquebrantable en Dios su Padre, abandonándose en sus manos. Y esta actitud cambia por dentro el sentido de la muerte: Jesús, inocente y justo, misericordioso y fi el, confi ado y lleno de amor, convierte en la más extrema cercanía a Dios lo que era extrema lejanía de Él. Jesús no sufre la muerte como un destino fatal. Padece y muere libremente en perfecta comunión con la voluntad de su Padre y por amor a los hombres.

Gracias a este amor de Jesús, fiel a Dios y solidario de los hombres, podemos también nosotros responder con fidelidad y entrar en una nueva relación de amor con el prójimo e, incluso, con el enemigo: podemos amar sin fronteras porque, por la Cruz de Cristo, somos hijos de Dios. Al mismo tiempo que la pregunta «¿Dónde está vuestro Dios?», en la lectura de la Pasión según San Juan, escuchamos otra pregunta que hace el mismo Jesús en Getsemaní : «¿A quién buscáis?» y la respuesta de los que venían a apresarle para darle muerte fue «A Jesús, el Nazareno». Este Nazareno sigue hoy sufriendo, con las llagas y el costado abierto, con el grito desgarrado o con el resuello de la agonía en el largo viacrucis de nuestro tiempo, lleno de sangres y heridas, lleno de dolor y envuelto en escarnio y abandono de tantísimos hermanos nuestros. El Nazareno de hoy, la cruz de hoy, es ese conjunto de rostros de hombres y mujeres infamados, de los rostros escupidos o rotos por el hombre mismo: rostros muy concretos, ante los que nos tapamos los ojos o los giramos a otro lado porque no los queremos ver. Pero a pesar de nosotros, ese rostro lleno de sangre y heridas, cubierto de dolor o de burlas nos mira, y nos pide compasión y nos acusa. Es el mismo rostro de Jesús, en su más extremo sufrimiento de la cruz que sigue orando al Padre con aquella oración sobrecogedora del abandonado pueblo de Israel: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Este grito dirigido a Dios alcanza todo su signifi cado en la boca de Jesús, aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios a los hombres. Pero si Jesús se reconoce «abandonado» de Dios, entonces, ¿dónde podremos encontrar a Dios? ¿No es éste el eclipse de sol histórico, en el que se apaga la luz de este mundo? Hoy resuena en nuestros oídos el eco, redoblado, de este grito desde demasiados sitios. En la hora actual parece que nos hallamos en aquellos momentos de la pasión de Jesús en que surge la exclamación «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Se trata de una pregunta que no se puede responder con argumentos y palabras. La única solución es resistirla y sufrirla con Aquél y en Aquél que ha sufrido por todos nosotros. Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestro siglo XXI, tenemos que integrar el grito angustiado de nuestro siglo en el de Cristo, cambiarlo en una oración dirigida a Dios que, a pesar de todo, sigue estando cerca.

Pero, ¿se puede rezar honradamente antes de haber hecho nada por enjugar la sangre de los que sufren y secar sus lágrimas? ¿No es el gesto de la Verónica lo primero que debe hacerse? En efecto, sí, pero inseparablemente de la oración. Más aún, es en la oración donde nos identifi camos con Dios, donde no podemos quedarnos como espectadores. Jesús oró, participando de la angustia de los condenados.Y nosotros podemos percibir la cercanía de Dios, cuando, como Jesús, no somos meros espectadores. Los que verdaderamente sufren, o están al lado de los que sufren, precisamente en su sufrimiento descubren a Dios. La adoración sigue saliendo de los lugares donde los hombres sufren, y no de los espectadores del horror. No es casualidad que el hombre más torturado, el que más sufrió, Jesús de Nazaret, haya sido el revelador; mejor dicho, haya sido y sea la revelación misma. No es casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucifi cado. Y que el ateísmo tenga su lugar y su padre en un mundo de espectadores saciados. Este mundo de espectadores saciados necesita a Cristo, necesita a Dios, volver a Dios.

Cardenal Antonio Cañizares

© La Razón