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La etapa final de la vida y la vida eterna

Cuando visito en sus casas a personas mayores que están enfermas, una vez que les he confesado y dada la Sagrada Comunión y la Unción de los Enfermos, me suelo detener un rato con ellos para prepararlos para la etapa final de sus vidas. Sin apenas darse ellos cuenta, les voy introduciendo en un tema que si no se hiciera de ese modo produciría angustia y probablemente desesperación. Hecho de este modo y siguiendo un criterio regulado por la prudencia, comienzo a hablarles del cielo, del gozo de estar allí junto a Dios, la Virgen y los santos…, para de modo imperceptible decirles que si su alma es pura, en poco tiempo también ellos estarán gozando de esa dicha para toda la eternidad. A lo largo de toda mi experiencia sacerdotal no me he encontrado a nadie que se haya turbado ni desasosegado ante estas palabras; todo lo contrario, acabada la conversación, sus almas se han encontrado en paz y con deseos de ofrecerse a Dios en un último acto de amor y de entrega cuando Dios así lo estime oportuno.

La fe que tenemos los cristianos en la resurrección de los muertos y en la vida en un mundo futuro lleno de gloria y paz, es lo que nos aporta gran consuelo en esta vida ante los miles de sufrimientos que todos y cada uno hemos de padecer antes de encontrarnos cara a cara con Dios nuestro Creador.

Por todo ello, una de las cosas que más me entristecen como sacerdote, es ver el rechazo de los familiares de la persona enferma a la que deseo visitar. Con mucha frecuencia les he tenido que presentar serios argumentos para que hagan ese acto de caridad con sus padres. La respuesta de la gran mayoría es la manifestación de la falta de fe en la que se vive: “Si viene usted a mi casa, mi madre se va a asustar, pues se va a pensar que se va a morir”. Yo les digo que sólo en dos casos he sido rechazado directamente por el enfermo, casos en los que probablemente la persona estaba endemoniada, pues cuando supieron que estaba en el hogar comenzaron a gritar y a pronunciar blasfemias. En el resto de los casos, después de pasar por la primera barrera que me ponen los familiares, y que en ciertas ocasiones me impide acceder a los enfermos, cuando he dejado la casa, tanto los familiares como los enfermos quedaron profundamente consolados, fortalecidos y preparados para la prueba final.

La resurrección de los cuerpos
 
Con el nombre de resurrección de los muertos, o también llamada de los cuerpos o de la carne, se designa uno de los acontecimientos finales y culminantes de la historia: al final de los tiempos, cuando Dios intervendrá con todo su poder y Cristo vendrá en gloria y majestad para juzgar a todos los hombres, los cuerpos resucitarán, es decir, los hombres recuperarán su corporeidad y las almas se unirán de nuevo a sus cuerpos, y en este estado permanecerán por toda la eternidad. Esta verdad revelada es uno de los artículos básicos de la fe, y objeto de la esperanza cristiana, ya que es entonces, en la resurrección de los cuerpos o liberación de la sujeción a la muerte, cuando será llevado a su último cumplimiento la obra de redención de Cristo.

San Pablo lo dice con palabras claras: “si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe” (1 Cor 15: 13.14). Entonces no estaríamos redimidos, pues redención significa precisamente unión, comunión con el espíritu y vida de Cristo que habiendo padecido y habiendo sido glorificado, ha vencido al pecado y a la muerte.

1.- Doctrina de la Iglesia

El tema de la resurrección de los muertos ha sido objeto de predicación constante por la Iglesia. Doctrina que resumimos así:

  • Inmediatamente después de la muerte, cada hombre es objeto del juicio de Dios y recibe la sentencia definitiva, de modo que, según el estado en que se encuentre, es recibido en el cielo, condenado al infierno o destinado a la purificación antes de su admisión en la gloria.[2]
  • No hay, pues, después de la muerte, un estado de dormición, aletargamiento o desvanecimiento del hombre, sino que las almas, en cuanto que inmortales por naturaleza, entran ya, aunque separadas de sus cuerpos, a participar de su suerte eterna. Siendo, no obstante, almas humanas, es decir, hechas para informar un cuerpo, conservan la relación a éste, que así como estuvo unido a ellas durante la vida terrena, deberá participar de la situación eterna.
  • Habrá, pues, una resurrección de los muertos, es decir, un volver a tomar el cuerpo.[3]
  • La resurrección es universal, es decir, afecta a todos los hombres, tanto a los justos como a los pecadores.[4]
  • El cuerpo resucitado es el propio cuerpo, es decir, el mismo cuerpo que perteneció al alma durante la vida terrena, se trata no de una reencarnación, sino de una resurrección.[5]
  • Después de la resurrección de los cuerpos no habrá ya más cambio, sino que cada hombre permanecerá en su estado definitivo por toda la eternidad. Los cuerpos resucitados son, en ese sentido, inmortales e incorruptibles.
  • Aunque la resurrección es universal tiene sentido distinto en los justos y en los pecadores; en los primeros es para glorificación, en los segundos es para condenación.
2.- Sagrada Escritura
2.1 En el Antiguo Testamento

Para el Antiguo Testamento, el alma es la fuente de la vida. Cuando Dios inspiró su espíritu en el cuerpo humano formado del polvo de la tierra, el hombre quedó constituido como “alma viviente” (Gen 2:7), como ser vivo.

En los libros más antiguos del Antiguo Testamento, no hay una revelación de la resurrección de los muertos, sino que el hombre que sea bueno y fiel gozará de larga vida, y todas sus bendiciones pasarán a su descendencia. Con el paso de los siglos y la profundización en la revelación, va apareciendo la idea de la resurrección después de la muerte; primero como ansia del alma, y luego como realidad revelada.
En el Antiguo Testamento no se halla ningún término hebreo para designar la resurrección. De su realidad se habla cuando se declara expresamente la existencia de una vida futura después de la muerte. Es precisamente en torno al tema de la muerte y al de la suerte del justo o del pecador como se revela la verdad de la resurrección.

A lo largo del Antiguo Testamento está presente el convencimiento de que Dios tiene poder de “vivificar a los muertos” (1 Sam 2:6; Deut 32:39; Sab 16:13). Ante la visión de una llanura llena de huesos, el profeta Ezequiel pregunta si “estos huesos podrán revivir” a lo que contesta: “Señor Yahwéh, Tú lo sabes” (Ez 37:3). Queda claro que atribuye a Dios sabiduría y poder, y no excluye una resurrección universal, pero no la afirma todavía como parte integrante del tesoro de la fe del pueblo elegido.

El término “resurrección” tiene a veces un valor metafórico en el Antiguo Testamento: los cadáveres significan el pueblo en la “muerte” del exilio y la resurrección ha de entenderse como retorno a la patria. Análogamente deben tomarse las palabras de Amós (Am 5:2) y Oseas (Os 6: 1 y ss).

Ya en el profeta Isaías se comienza a ver una interpretación de la resurrección en sentido escatológico y real: “vivirán tus muertos, mis cadáveres se levantarán, despertarán y exultarán los habitantes del polvo…, y la tierra espíritus de muertos parirá” (Is 26:19). Dios sacará a los muertos del seol para que participen en el Reino.

El profeta Daniel es tajante. La vida nueva en la que entrarán los resucitados no será semejante a la vida del mundo presente, sino que será una vida transfigurada (Dan 12:3). La proclamación de una resurrección real en el apocalipsis de Daniel es indiscutida e indiscutible:

“Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, éstos para la vida eterna, aquéllos para oprobio, para eterna ignorancia” (Dan 12:2).

En los Salmos la idea aparece muy clara: “No has de abandonar en el seol mi alma, ni harás que tu santo la corrupción contemple” (Sal 16:10). Y más todavía en el Segundo Libro de los Macabeos:
“Tú, malvado, nos borras de la vida presente, pero el rey del mundo nos resucitará a una vida nueva y eterna a quienes hemos muerto por sus leyes” (2 Mac 7:9).

“De Dios he recibido estos miembros, y, por sus leyes, los desprecio; pero espero obtenerlos nuevamente de Él” (2 Mac 7:11).

2.2 En el Nuevo Testamento

Jesucristo enseña la verdad de la resurrección, que desde el tiempo de los Macabeos pertenecía ya de modo general -aunque no unánimemente aceptada- a la fe del judaísmo. La fe de los judíos creyentes en la resurrección es confirmada por Jesús (Mt 10:28; Lc 14:14) sobre todo en su conversación con Marta:
“Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Sé que resucitará en la resurrección en el último día. Díjole Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá” (Jn 11:23-25).

Jesús defiende decididamente la fe en la resurrección frente al sentido materialista de los saduceos (Mt 22:31 ss.); pero también corrige la opinión de los fariseos, para quienes la resurrección era un mero volver a la vida terrena. Hace notar que después de la resurrección los hombres tendrán un modo de existencia nueva: “no se casarán ellos ni ellas, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Mt 22:30).

Jesucristo anuncia, por otra parte, que el misterio de la resurrección será inaugurado por Él, a quien Dios ha dado el poder sobre la vida y la muerte (Jn 11).

Al hablar de la resurrección en el Nuevo Testamento se hace referencia principalmente a la resurrección de los justos, pero también se trata de la de los pecadores. Es sobre todo en la revelación del juicio universal donde se trata de una resurrección tanto de justos como de pecadores (Mt 11:22; 12:41).

El Evangelio de San Juan enseña que “todos los que están en los sepulcros oirán su voz”, que unos “saldrán para resurrección de vida” los otros “para resurrección de condenación” (Jn 5:29).

De “resurrección tanto de justos como de injustos” habla San Pablo en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 24:15); aunque de ordinario al tratar de la resurrección contempla en primer lugar la resurrección de los justos (1 Cor 15).

El mismo sentido de universalidad tiene el anuncio profético del Apocalipsis: cuando vuelva el Señor por segunda vez “le verá todo ojo, y también los mismos que le traspasaron” (Ap 1:7); de modo que todos serán juzgados “conforme a sus obras” (Ap 20:12).

3. Reflexión Teológica

3.1 La Revelación divina afirma la transformación del hombre entero con la resurrección: La esperanza cristiana tiene por objeto la vida eterna del hombre completo: alma y cuerpo.

Al primer hombre, Adán y Eva, aunque conforme a las leyes naturales su vida estaba sujeta a la muerte, le había sido ofrecido el don de la inmortalidad si era fiel a Dios. Pero el hombre no quiso obedecer, pecó. Dado que la inmortalidad no le era propia, sino un don de Dios, al aislarse de ÉI quedó abocado a la muerte. La muerte es consecuencia del pecado:

“Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5:12).

La resurrección corporal anunciada por Cristo, y en Él ya realizada, revela que los hombres no terminan con la muerte, sino que seguirán viviendo, y con una vida total, espiritual y corporal.

La resurrección es la culminación de la salvación del hombre. Con la muerte termina el tiempo de merecer, y el que muere en estado de gracia recibe el don de la visión beatífica. Pero aún no ha manifestado, en lo corporal, toda su virtualidad; eso lo hará con la resurrección gloriosa el día de la consumación final.
El sentido último de la justificación radica en que la vida de la Cabeza informe plenamente la vida de los miembros, haciéndoles participar en su vida de resucitado. En el bautismo hemos muerto y resucitado con Cristo (Col 2:12). La unión con Cristo durante la vida mortal no pasa de un estado imperfecto, pero tiende a un estado definitivo. Esa plenitud se alcanza después de la muerte, si se ha perseverado en la gracia, puesto que entonces se recibe la confirmación en la gracia y en la amistad con Dios, es decir, una existencia del todo libre de pecado, más aún, libre del mismo poder pecar; y finalmente, con la resurrección de los cuerpos, con la cual la muerte corporal, signo del pecado, es vencida y superada.

3.2 Situación del hombre entre la muerte y la resurrección final: El hombre no desaparece con la muerte, sino que su alma, sustancia espiritual incompleta, puesto que está hecha para informar un cuerpo, pero puesto que es incorruptible, continúa existiendo. Existe, pues, un estado intermedio entre la muerte y la resurrección, en el que las almas son recibidas en el cielo, acceden al purgatorio o caen en el infierno, según su estado de gracia y purificación.

3.3 El cuerpo resucitado: La doctrina de la resurrección implica que para un existir pleno del hombre se requiere el cuerpo. La unidad total del hombre es la llamada a gozar de la beatitud eterna o a padecer una eterna condenación. El fin último de la redención se alcanza con la resurrección del cuerpo. La redención debe expresarse también en el cuerpo y éste tiene, por tanto, que llegar a una forma de existencia diferente a la actual. Resucitar no significa, pues, comienzo de una repetición de la vida terrena, sino de una vida nueva (Mt 22:30).

3.4 Cualidades del cuerpo resucitado: San Pablo menciona en su Primera Carta a los Corintios cuatro cualidades  (1 Cor 15: 35-44): incorruptibilidad, gloria, poder y espiritualidad.
  • Incorruptibilidad: en contraposición al estado actual de sujeción a desgaste y muerte (Lc 20:36). Para los resucitados no habrá ya muerte ni pasibilidad, ni “tendrán ya más hambre ni más sed… y enjugará Dios toda lágrima de sus ojos” (Ap 7:16).
  • Gloria o claridad: palabra que nos recuerda que la gloria es una cualidad de Dios, así como de Cristo resucitado. De esa gloria es hecho partícipe el hombre salvado y resucitado: “los justos brillarán como el sol” (Mt 13:14).
  • Poder o fortaleza y agilidad: en contraposición a la debilidad actual.
  • Espiritualidad: propiedad que resume las tres anteriores.
Al cuerpo así transformado lo llama San Pablo cuerpo espiritual porque estará animado por el espíritu; entendiendo por tal el principio vital del hombre regenerado, el cual vive bajo influjo y moción del Espíritu Santo. El cuerpo sujeto a las leyes de crecimiento y corrupción es el que recibimos de Adán, hecho ser viviente por el alma que Dios le infundió; el cuerpo “espiritual”, en cambio, lo debemos a la virtud del segundo Adán, Jesucristo, hecho para nosotros “espíritu vivificante” (1 Cor 15:45), que nos transmite una vida muy superior a la del alma, capaz de transformar nuestros cuerpos.

El cuerpo resucitado es específicamente y numéricamente idéntico al terreno. “Porque es preciso que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal…” (1 Cor 15: 53-54). El empleo del demostrativo este, repetido cuatro veces, recalca la identidad del cuerpo resucitado con el que ahora tenemos, verdad que, como ya decíamos ha sido definida como dogma de fe.

3.5 La resurrección de los cuerpos de los condenados: Hasta aquí hemos hablado de la resurrección gloriosa, o resurrección de los cuerpos de los muertos en gracia, que es el objeto de la esperanza cristiana. Conviene decir algunas palabras sobre la resurrección para la condenación o para la muerte eterna. Obviamente esta resurrección es expresión de la unidad anímico-corporal del ser humano, de modo que es justo que “los cuerpos, de que usan los hombres como de compañeros del pecado, sean castigados o premiados juntamente con el alma[6] . Sobre las condiciones que tengan esos cuerpos la Tradición es muy escueta, limitándose prácticamente a repetir que es un reasumir los propios cuerpos, y un reasumirlos no para gloria sino para condenación, con todo lo que eso implica.

La vida en el mundo futuro
 
1.- Significado del término “cielo”

El término cielo tiene muchos significados: la atmósfera, el firmamento con sus astros, la vida divina con sus ángeles a la que se unen Cristo glorificado y los bienaventurados.

El término “coelum” en los clásicos latinos deriva de la palabra griega koilon, y significa el aire, la región del aire, la morada de los dioses, la gloria trascendente de la divinidad. De estos conceptos se pasa fácilmente al de morada de los bienaventurados. La palabra estaba, pues, preparada para recibir en el idioma latino y luego en los derivados de éste, el contenido bíblico de la revelación neotestamentaria acerca de la vida futura de los justos.

El cielo es primariamente un lugar, pues allí se encuentran los cuerpos resucitados y gloriosos de Cristo y María.

Es también una nueva forma de existencia, determinada primariamente por la profunda vinculación espiritual con Dios, la cual da al hombre una felicidad completa y para siempre.

Dicha forma celestial de existencia se alcanza plenamente después de la Parusía del Señor, pero se goza ya esencialmente antes de la resurrección del cuerpo en el estado de alma separada.

2.- Vida de unión con Dios a través de Cristo Jesús

El mismo Jesucristo no explica en qué consistirá el cielo. El destino final del hombre es estar con Él:
  • Jesús consuela a los Apóstoles en el sermón de despedida del Jueves Santo, diciéndoles que va a prepararles un lugar para que donde esté Él, estén también los suyos (Jn 14: 2-3).
  • A los misericordiosos les anuncia que en el día de su segundo advenimiento los llamará hacia sí: “Venid los benditos de mi Padre…”, en contraposición a lo que les ocurrirá a los inmisericordes a los que apartará: “Apartaos de mí…” (Mt 25:34.41).
  • Al ladrón arrepentido que muere junto a su cruz, le promete: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23:43).
2.1. Para San Pablo el cielo significa “estar con Cristo”: Lo vemos claramente reflejado en la Carta a los Filipenses cuando dice: “Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros”. (Fil 1: 23-24). Y también cuando anuncia la Parusía, y con ella, la reunión de los fieles con Cristo glorioso: “Seremos arrebatados a las nubes para salir al encuentro del Señor en los aires; y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes 4:17).

Este “estar con Cristo” incluye tres cosas fundamentales: semejanza en cuanto a la condición de vida, participación de los mismos bienes y comunión de vida, que arrancando de Cristo se difunde en todos los bienaventurados.

La alegoría de la vid y los sarmientos que encontramos en el evangelio de San Juan (Jn 15) al aplicarla a la vida celestial nos lleva directamente a la unión con Cristo, como causa de la vivificación y plenitud celestial.
El concepto del “estar con Cristo” tiene también en las mismas fuentes bíblicas una dimensión comunitaria. La Iglesia celestial se une con Cristo, como la Esposa con el Esposo.

2.2 El cielo como lugar donde se celebra el banquete: La imagen del banquete para significar el reino de Dios, es usada varias veces por Jesús:

Al principio de su vida pública nos decía Cristo: “Muchos de oriente y de occidente se sentarán a la mesa con Abraham e Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos; en cambio los hijos del Reino (del demonio) serán echados a las tinieblas de fuera” (Mt 8: 11-12),
En la parábola de los invitados descorteses dice Jesús: “Se parece el reino de los cielos a un rey que preparó las bodas de su hijo…” (Mt 22:2
En el discurso de la Última Cena dice: Por eso yo os preparo un Reino como mi Padre me lo preparó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. (Lc 22: 29-30).

Esta imagen del cielo como banquete subraya un conjunto de realidades que nos dan una idea más completa de lo que el cielo es: la presidencia de Dios en el cielo, la comunión con Cristo, el sentido fraternal del cielo, y la felicidad, expresada en la satisfacción de saciarse y paladear una buena comida.

Cuando a la imagen del banquete se le une el concepto de convite nupcial, se acentúa el ambiente de amor del convite celestial y se insinúan los místicos desposorios de Cristo con los invitados al banquete.

2.3 El Cielo como templo, santuario o casa de Dios: al que entra el justo gracias a Cristo redentor: “Teniendo confianza para entrar en el santuario con la sangre de Jesús…” (Heb 10:19), dice San Pablo iniciando un canto a la esperanza cristiana y a la misericordia de Dios. El templo celeste, en el que uno se encuentra ante la majestad de Dios, no es un templo material.

Hablando de la ciudad celestial dice San Juan que no vio templo en ella “pues su templo es el Señor Dios, el Dueño de todo, y el Cordero” (Ap 20:22). El lugar de encuentro con Dios es la misma divina intimidad y es Cristo por quien tenemos acceso al Padre.

El cielo también aparece como casa de Dios en la que hay muchas moradas, que el Señor ha ido a preparar para sus discípulos (Jn 14: 2-6). San Pablo lo explica con claridad meridiana: “Sabemos que si se destruye esta casa terrenal nuestra en que acampamos, tenemos casa que existe por Dios, Morada no hecha por manos, eterna, en los cielos” (2 Cor 5:1). Estando en la casa de Dios, se goza de la situación y los bienes de Dios así como de su vista y amistad.

2.4 Similar al cielo es la idea del Paraíso: Así lo menciona Jesucristo al Buen Ladrón cuando estaban en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23:43). Y en expresión profética dice también el Señor en el Apocalipsis: “Al que venza, le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios” (Ap 2:7).

3.- La visión beatifica

Como nos dice San Juan, Cristo como hombre, veía a Dios: “A Dios nadie le ha visto nunca; el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo ha manifestado” (Jn 1:18; 14:9). De esta visión filial nosotros participaremos en la consumación celestial: “Ahora somos hijos de Dios, y todavía no se ha manifestado qué seremos. Sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3:2).

San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios nos habla de ese modo especial de visión que ocurrirá en el cielo: “Ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía. Pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño. Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido” (1 Cor 13: 9-12). La contraposición entre el modo de alcanzar a Dios por el conocimiento meramente humano en la tierra y el del cielo es notorio; es lo imperfecto en contraposición a lo perfecto, es como ver por medio de espejo, que cambiará en visión facial o inmediata; y es conocimiento parcial y transitorio que pasará a total y permanente.

Ahora bien, esta “visión” de Dios no sólo lleva consigo un conocimiento intelectual, sino que implica a la persona por completo, es decir también en su facultad de amar. El amor correspondiente a la visión es continuación y sublimación del amor del creyente en este mundo: “el amor nunca muere” (1 Cor 13:8). Un diálogo amoroso que ahora en este mundo es un balbuceo, pero que en la otra vida será lúcido, pleno y total.

La definición dogmática de Benedicto XII recoge la explicación profunda de la visión de Dios: “Visión de la divina esencia, intuitiva y facial, sin creatura como medio, en razón de objeto previamente visto; visión de la divina esencia inmediata, que desnuda, clara y abiertamente se manifiesta; así en el cielo se goza de la divina esencia y con tal goce y visión se es bienaventurado y se tiene la vida y el descanso eternos”[7] .

Para que pueda darse esta “visión beatífica” el hombre necesita una luz especial: el “lumen gloriae”. Es una luz sobrenatural que ilumina la inteligencia humana para que la verdad infinita pueda en sí misma y no a través de raciocinio o analogía, ser conocida por el hombre (DS 895).

4.- La felicidad celestial

El maravilloso bienestar celestial nos viene repetidamente indicado en la Sagrada Escritura. Las bienaventuranzas (Mt 5) tienen indudablemente un sentido escatológico (aunque no único) y el Apocalipsis insiste en ella especialmente: “Felices los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí, dice el Espíritu, que reposen de sus fatigas” (Ap 14:13).

La alegría, que en la Biblia tiene también siempre un fundamento religioso, se refiere especialmente a la definitiva vinculación con Dios en la consumación celestial. Es un gozo que espera anhelantemente su plenitud celestial (Rom 12:12; 1 Pe 1: 3-9).

5.- El cielo como participación de la vida divina

Cuando hablamos de la vida eterna en los cielos no sólo nos referimos a una vida sin término, sino a una participación en la vida divina. En Cristo está la vida (Jn 1:4) y viene al mundo para darla a sus ovejas (Jn 10). Es una vida en íntima unión con Él (Jn 17:3). Aquí la vivimos a modo de primicias y se perfeccionará luego en el cielo.

San Pablo nos habla de la vida aquí y allá y establece la relación entre ambas: “Habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, nuestra vida, entonces también vosotros os manifestaréis gloriosos junto a Él” (Col 3: 3-4; 1 Cor 15:45; Fil 1:21).

A la luz de esta profunda relación entre la vida cristiana y el cielo, descubrimos que el cielo ha de enseñarnos el modo de vivir aquí en la tierra.

La vida eterna en nosotros, que se desarrolla plenamente en el cielo es, ni más ni menos, la participación de la misma vida trinitaria. La vida que arranca del Padre y se refleja en el Hijo y se da en el Espíritu Santo, es la que se tiene en participación por la posesión del Espíritu, dado por Cristo en su comunicación constante con cada uno de nosotros.

A semejanza de las divinas procesiones inmanentes del entender y del querer, la vida sobrenatural, ya sea aquí en la tierra por la fe y la caridad, ya sea en el cielo por la visión y la caridad, se expresa en las dos grandes operaciones espirituales del hombre, íntimamente conectadas: la inteligencia que ve a Dios o cree en Él, y la voluntad que ama.

Por otra parte la común participación de la misma vida divina por todos los bienaventurados, explica la profunda vinculación entre ellos y el sentido profundo de la comunidad celestial.

¡Que Nuestro Señor les bendiga por su paciencia conmigo y nuestra Madre Bendita les proteja desde los cielos!

Padre Lucas Prados

[2] Es dogma de fe; habiendo sido definido en: Concilio I de Lyon (DS 838); Concilio II de Lyon, (DS 856-858); Concilio de Florencia (DS 1304-1306).
[3] Es dogma de fe: Símbolo de los Apóstoles (DS 11); Símbolo niceno-constantinopolitano (DS 150); Profesión de fe Tridentina (DS 1862).
[4] Es dogma de fe: Símbolo Quicumque (DS 76); Concilio XI de Toledo (DS 510); Concilio II de Lyon (DS 859; Benedicto XII, Constitución Benedictus Deus (DS 1002).
[5] Es dogma de fe; Símbolo Quicumque (DS 76); Concilio XI de Toledo (DS 540); Concilio IV de Letrán (DS 854); Benedicto XII, Constitución Benedictus Deus (DS 1002).
[6] Catecismo
[7] Benedicto XII, Benedictus Deus, DS 1000.

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