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La etapa final de la vida y la vida eterna

Cuando visito en sus casas a personas mayores que están enfermas, una vez que les he confesado y dada la Sagrada Comunión y la Unción de los Enfermos, me suelo detener un rato con ellos para prepararlos para la etapa final de sus vidas. Sin apenas darse ellos cuenta, les voy introduciendo en un tema que si no se hiciera de ese modo produciría angustia y probablemente desesperación. Hecho de este modo y siguiendo un criterio regulado por la prudencia, comienzo a hablarles del cielo, del gozo de estar allí junto a Dios, la Virgen y los santos…, para de modo imperceptible decirles que si su alma es pura, en poco tiempo también ellos estarán gozando de esa dicha para toda la eternidad. A lo largo de toda mi experiencia sacerdotal no me he encontrado a nadie que se haya turbado ni desasosegado ante estas palabras; todo lo contrario, acabada la conversación, sus almas se han encontrado en paz y con deseos de ofrecerse a Dios en un último acto de amor y de entrega cuando Dios así lo estime oportuno.

La fe que tenemos los cristianos en la resurrección de los muertos y en la vida en un mundo futuro lleno de gloria y paz, es lo que nos aporta gran consuelo en esta vida ante los miles de sufrimientos que todos y cada uno hemos de padecer antes de encontrarnos cara a cara con Dios nuestro Creador.

Por todo ello, una de las cosas que más me entristecen como sacerdote, es ver el rechazo de los familiares de la persona enferma a la que deseo visitar. Con mucha frecuencia les he tenido que presentar serios argumentos para que hagan ese acto de caridad con sus padres. La respuesta de la gran mayoría es la manifestación de la falta de fe en la que se vive: “Si viene usted a mi casa, mi madre se va a asustar, pues se va a pensar que se va a morir”. Yo les digo que sólo en dos casos he sido rechazado directamente por el enfermo, casos en los que probablemente la persona estaba endemoniada, pues cuando supieron que estaba en el hogar comenzaron a gritar y a pronunciar blasfemias. En el resto de los casos, después de pasar por la primera barrera que me ponen los familiares, y que en ciertas ocasiones me impide acceder a los enfermos, cuando he dejado la casa, tanto los familiares como los enfermos quedaron profundamente consolados, fortalecidos y preparados para la prueba final.

La resurrección de los cuerpos
 
Con el nombre de resurrección de los muertos, o también llamada de los cuerpos o de la carne, se designa uno de los acontecimientos finales y culminantes de la historia: al final de los tiempos, cuando Dios intervendrá con todo su poder y Cristo vendrá en gloria y majestad para juzgar a todos los hombres, los cuerpos resucitarán, es decir, los hombres recuperarán su corporeidad y las almas se unirán de nuevo a sus cuerpos, y en este estado permanecerán por toda la eternidad. Esta verdad revelada es uno de los artículos básicos de la fe, y objeto de la esperanza cristiana, ya que es entonces, en la resurrección de los cuerpos o liberación de la sujeción a la muerte, cuando será llevado a su último cumplimiento la obra de redención de Cristo.

San Pablo lo dice con palabras claras: “si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe” (1 Cor 15: 13.14). Entonces no estaríamos redimidos, pues redención significa precisamente unión, comunión con el espíritu y vida de Cristo que habiendo padecido y habiendo sido glorificado, ha vencido al pecado y a la muerte.

1.- Doctrina de la Iglesia

El tema de la resurrección de los muertos ha sido objeto de predicación constante por la Iglesia. Doctrina que resumimos así: