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Santo Cura Brochero: "¡Hay cosas peor que la lepra!"


Cada piedra, yuyo o matorral durante años lo vieron pasar, incansable en su mula. No lo detenía el frío, la nieve, el calor o el cansancio. No lo paraba un río crecido o desbordado. Debía llevar a los hombres a Dios y no le tocó una tarea fácil. Lo llamaban el cura gaucho.
Brochero es reconocido como pastor de los enfermos. "El enfermo va a morir, Brochero está a su cabecera", señaló Ramón Cárcano... el autor que se refiere a la tarea desplegada por el sacerdote durante la epidemia del cólera morbus, en los años 1867, 1868, y 1869, mientras Brochero se desempeñaba como capellán de coro en la Catedral o también teniente cura de la misma.
 
Mientras mucha gente huía del flagelo llegando aun a abandonar a sus parientes, Brochero permaneció en la ciudad, consolando a los enfermos con los auxilios de la fe. Su piadosa acción sacerdotal se extendió a todo lo que humanamente pudo su actividad extraordinaria en la práctica del bien.
 
El cólera volvía a recrudecer con espantosos estragos, sembrando la desolación en todas partes. Brochero abandonó el hogar donde apenas había entrado, para entregarse al servicio de la humanidad doliente, y en la población y en la campaña se le veía correr de enfermo en enfermo, recogiendo la última palabra del moribundo, y cubriendo la miseria del huérfano, arrojado por la desgracia solo y aislado en la vorágine humana. Este ha sido uno de los períodos más peligrosos, más fatigantes y más heroicos de su vida.
 
Brochero atiende y se preocupa por las religiosas enfermas de la comunidad de las Esclavas del Tránsito, cuestionando la actitud de la Superiora, que le impide visitar a una hermana enferma: "¿Cómo es entonces que no me ha convidado a ver a la hermana Elena, que hacen dos meses, que esta en cama?".
 
Más tarde, dirigiéndose a la madre provincial, dice: "Como un Señor Médico, que está en casa, ha visto a casi toda la comunidad, y resulta, que para las hermanas María Cáceres, Elena, y Urbana, no hay elementos en el Tránsito, para sanarlas, es necesario llevarlas. Por consiguiente opina que se deben llevar a Córdoba. Ahora la Rectora del Tránsito le pregunta a Usted ¿quiere que la haga llevar por Deán Funes, en la mensajería que sale del tránsito el 24 del corriente, acompañadas por mí hasta entregárselas a Usted? El contesto sí, o no, lo hará por telégrafo, porque el conductor de esta vuelve a destiempo al Tránsito".
 
La atención a los enfermos de su Curato lo llevó a cruzar ríos crecidos, a innumerables sacrificios, a tantas caídas en sus cabalgatas, y finalmente, para sus contemporáneos, también a causa de su muerte. Así lo refiere un diálogo reportado en Los Principios:
 
"Es sabido que el Cura Brochero contrajo la enfermedad que lo ha llevado a la tumba, porque visitaba largo y hasta abrazaba a un leproso abandonado por ahí. Un feligrés que, como todos, consideraba de inapreciable valor la vida del Cura, se atrevió a decirle un día.
–Señor Cura: no se exponga tanto a enfermarse; mire que más vale su vida que la de ese hombre. Ya lo ha confesado, déjelo que muera en paz.
-¡Caray que habías sido bárbaro! Si la lepra no vale nada! Si Dios quiere, ni el Diablo me ha de contagiar. La lepra hedionda es la de adentro; y esa no se pega; esa se lava con la caridad.
-Pero exponerse, sin necesidad, refregándose con el leproso…
-¡Dejate de zonceras! Que hay cosas peor que la lepra."

Durante su intensa vida apostólica, el Cura Brochero conoció el dolor de las pruebas. Sufrió las inmerecidas críticas e incomprensiones de otros sacerdotes unidas a la indiferencia de las autoridades, que acompañaron su camino y su duro trajinar a favor de sus pequeños.
Finalmente, fue diagnosticado con el terrible mal de la lepra, adquirida por atender y acompañar a un enfermo de ese mal, con el que hasta tomaba mate. Y pudo ver cómo muchos de aquellos en los que confiaba, se apartaban de él asustados por la espantosa enfermedad, siendo su hermana Aurora su única compañía.
El 2 de febrero de 1908, a los 68 años de edad, casi ciego y sordo, renunció a su parroquia, imposibilitado de atenderla. Con admirable resignación abrazó la pesada cruz con que Dios quiso probar su trabajosa ancianidad y sus últimos años fueron cátedra elocuente de probada virtud.
Tanto la lepra como la angustiosa soledad, descubrieron de manera impensada la fecundidad de su entrega como sacerdote.
Pocos días después de su muerte, el diario católico de Córdoba escribe: “Es sabido que el Cura Brochero contrajo la enfermedad que lo ha llevado a la tumba, porque visitaba largo y hasta abrazaba a un leproso abandonado por ahí”. Debido a su enfermedad, y respondiendo a la solicitud de sus antiguos feligreses, regresó a su casa de Villa del Transito, muriendo leproso y ciego el 26 de enero de 1914.

¡Santo Cura Brochero, bendice a nuestros Sacerdotes!

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